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Hoy
Miércoles, 07 de enero de 2009 | 10:54
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Domund 22 de Octubre
de 2006 INTRODUCCION: Antes de
acercarnos al texto sagrado, nos preparamos personal y comunitariamente; nos ponemos en
presencia del Señor en oración: con oración de alabanza, con un canto y pidiéndole al
Señor nos envíe su Espíritu y prepare nuestros corazones para comprender su Palabra. 1.- LECTURA
DEL TEXTO. (Se proclama en voz alta el texto. Todos leen el texto ayudados de
las notas de la Biblia. Se leen y comentan los siguientes subsidios). Mateo 28,
16-20. El fragmento nos sitúa en el lugar clave de Mateo, la Galilea de los
paganos: signo de la universalidad del acontecimiento Jesús. Desde aquí Jesús proclama
su último discurso, articulado en tres sentencias: 1. Una declaración sobre su autoridad (exousia) universal, en
indicativo: Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. 2. Un mandamiento a los discípulos sobre su misión a todos los pueblos,
en imperativo, y dos principios con el mismo valor: Vayan, pues, y enseñen a todas
las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y
enseñándoles a cumplir todo cuanto yo les he mandado. 3. Una palabra de garantía, de seguridad, en indicativo: ... y
sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo. Nos encontramos, pues, ante un típico esquema literario bíblico de
misión o investidura profética. 1) palabra de revelación: presentación de Dios; 2)
mandato-instrucción; 3) promesa-garantía. La misión actual de los discípulos a los pobres y a la vida de la
comunidad eclesial están bajo el signo de esta presencia del Señor Jesús. La eficacia
de la misión de los discípulos y la autoridad de su enseñanza se fundamentan en esa
promesa-seguridad de Jesús. La fidelidad y perseverancia de los que son de Jesús por el
bautismo y la obediencia al Evangelio, derivan de esta promesa-garantía del Señor
resucitado. Para Mateo, la comunidad eclesial, si actúa con fidelidad al Evangelio
de Jesús, se convierte en signo de la presencia liberadora y salvadora de Dios en la
historia humana. La primera misión consistía en anunciar, como Jesús, que el reino de
los cielos está cerca: la nueva misión, inaugurada por la Pascua, consiste en hacer
discípulos del Señor Jesús en todos los pueblos de la tierra. La mención explícita
del bautismo confirma el carácter eclesial del hecho de ser discípulo y de la misión
inaugurada por la Pascua. El bautismo es dado en el nombre de, es decir,
en relación con el Padre, el Hijo y el Espíritu. El discípulo no tiene que hacer discípulos exclusivamente, sino que
debe observar también la enseñanza de Jesús. El término exousia indica aquella autoridad que
caracteriza tanto la acción como la palabra de Jesús en conexión con su misión
reveladora de la voluntad de Dios y de protagonista de su proyecto salvífico. (Se puede comentar con los demás lo siguiente: Personajes del texto;
sus actitudes; el género literario; se aclara lo que no se ha entendido y se manifiesta
lo que nos ha sorprendido). 2.-
MEDITACION (En este segundo momento la preocupación debe ser descubrir el
mensaje del texto, tomando en cuenta la situación personal, comunitaria, social, etc.
Ayuda para la comprensión traer a la memoria otros textos bíblicos con la misma
temática). Se responde a las siguientes preguntas: 1.- ¿Qué datos sabes sobre la población mundial y qué porcentaje
de entre ellos somos católicos?. 2.- ¿Por qué la Iglesia se preocupa
por la Evangelización de todos los pueblos de la tierra?. 3.- ¿De qué forma puedo colaborar yo
al trabajo misionero?. 4.- ¿Qué exigencia trae para mí
esta fiesta del Domund?. 3.- ORACION (Este es el momento de responder personal y comunitariamente a la
Palabra de Dios. Cada uno expresa a Dios aquello que el pasaje bíblico le sugiere). 4.-
CONTEMPLACION (Es el momento de la respuesta agradecida para con Dios. Lo hacemos
concretizando nuestro compromiso personal, y si se puede, uno comunitario). CONCLUSION (Se puede recitar la siguiente oración. Se puede hacer en grupo o
recitada por uno sólo). PLEGARIA COMUNITARIA. Señor, tú has dicho que debemos ser la sal
de la tierra. La sal da sabor a los alimentos. Ella impide que la corrupción penetre o sea
extendida. Pero, si ha de ser útil, tiene que
conservar su fuerza. Señor, yo debo ser la sal de la tierra;
debo comunicar a los hombres gusto por la vida, atrayéndolos a tu servicio; debo
enseñarles que el trabajo, unido al tuyo, no es amargo, ni el sufrimiento ni la pobreza,
ni la incomprensión. Debo impedir que el pecado sea corrupción
del alma, penetre todavía más en el mundo, he de combatirlo, eliminarlo, si fuera
posible. Mas para que mi acción sea eficaz, Señor,
dame la fuerza del reactivo, que yo no sea como
esa sal desabrida que hay que tirar porque no sirve para nada. Amén.
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