Hoy Miércoles, 07 de enero de 2009 | 15:26

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encuentro 5

Encontrar a Jesús
para Encontrar a Dios

 

«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. (Jn 14,16)

OBJETIVO:

Profundizar en nuestra fe por medio del conocimiento de Jesús camino, verdad, y vida, para iluminar nuestra Historia de Salvación encaminada hacia la eterna plenitud del Padre.

AMBIENTACIÓN:

Dinámica: Un Camino, esceni­ficado con altares. El camino con flores o aserrín, El Padre, El Hijo con la cruz y un signo de muerte y al final Cristo Resucitado.

CANTO

Señor, permite que te hable hoy,

del dulce encuentro que me cambió

la hora feliz en que yo escuché tu mensaje de amor.

 

Dime cómo pudo suceder:
Si en la luz que el sol vierte al surgir

o fue en el calor que me hace vivir,
o fue en la noche al volver.

INTRODUCCIÓN:

El encuentro con Jesucristo es la raíz, la fuente y la cumbre de la vida de la Iglesia y el fundamento del discipulado y de la misión, La Iglesia vive por ese encuentro y es la razón más profunda de nuestra fe, de nuestras esperanzas y de nuestra caridad. Con razón dice San Pablo: “Todo lo considero pérdida al lado de la experiencia superior de haber conocido a Cristo, Jesús, mi Señor” (Fip 3,8).

Cristo es y será siempre “la verdadera novedad que supera todas las expectativas de la humanidad” (IM 1.4). Por el encuentro con Él, los humanos sabemos quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Y por eso, el mejor servicio que podemos hacer al mundo contemporáneo es dar testimonio de Él y, anunciarlo vivo, resucitado y presente, y que con su Espíritu dirige la historia hacia el cumplimiento de sus promesas.

En la Exhortación apostólica Ecclesia in América el Papa Juan Pablo II nos enseñó que “el encuentro con Jesucristo vivo” (I) es el punto de partida de toda acción pastoral. El hoy de nuestra América (II), Él ilumina nuestra vida y todo trabajo evangelizador. Es así como la preparación a la V Conferencia General es una ocasión propicia para hacer un profundo discernimiento acerca de la calidad de nuestra vida, de la acción social y solidaria, preguntarnos si ellas conducen al encuentro vivo con Jesús, si lo celebran, si lo prolongan y lo anuncian a quienes están lejos de Él o no lo conocen. Podremos repasar nuestra vida personal y comunitaria a la luz de los encuentros con el Señor en el Nuevo Testamento (n 8s), que se prolongan en el tiempo de la Iglesia (n 10). Recurramos a la riqueza mariana de nuestros pueblos, para encontrar a Jesús (n 11) y descubramos los lugares de encuentro con Cristo (n12), conscientes de buscarlo para convertirnos en discípulos y seguidores suyos. (Hacia la V Conferencia general del Episcopado Latinoamericano y del Caribe en su documento de participación nn, 39-42).

CONTEMPLEMOS:

La Palabra de Dios: del Evangelio de Juan 14

1 "No se turben; crean en Dios y crean también en mí.

2 En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. De no ser así, no les habría dicho que voy a prepararles un lugar.

3 Y después de ir y prepararles un lugar, volveré para tomarlos conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes.

4 Para ir a donde yo voy, ustedes ya conocen el camino."

5 Entonces Tomás le dijo: "Señor, nosotros no sabemos adónde vas, ¿cómo vamos a conocer el camino?"

6 Jesús contestó: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí.

7 Si me conocen a mí, también conocerán al Padre. Pero ya lo conocen y lo han visto."

8 Felipe le dijo: "Señor, muéstranos al Padre, y eso nos basta."

9 Jesús le respondió: "Hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces, Felipe? El que me ve a mí ve al Padre. ¿Cómo es que dices: Muéstranos al Padre?

10 ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Cuando les enseño, esto no viene de mí, sino que el Padre, que permanece en mí, hace sus propias obras.

11 Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanme en esto; o si no, créanlo por las obras mismas.

12 En verdad les digo: El que crea en mí hará las mismas obras que yo hago y, como ahora voy al Padre, las hará aún mayores.

13 Todo lo que pidan en mi Nombre lo haré, de manera que el Padre sea glorificado en su Hijo.

14 Y también haré lo que me pidan invocando mi Nombre.

15 Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos,

16 y yo rogaré al Padre y les dará otro Protector que permanecerá siempre con ustedes,

17 el Espíritu de Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Pero ustedes lo conocen, porque está con ustedes y permanecerá en ustedes.

18 No los dejaré huérfanos, sino que volveré a ustedes.

19 Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes me verán, porque yo vivo y ustedes también vivirán.

20 Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre y ustedes están en mí y yo en ustedes.

21 El que guarda mis mandamientos después de recibirlos, ése es el que me ama. El que me ama a mí, será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él”.

Pautas para la reflexión

Para encontrar a Dios, ¿dónde hay que buscar? En el discurso de despedida propuesto por Juan entre los capítulos 14 y 17, Je­sús dirige nuestra búsqueda a la fe y al amor: tened fe; quien me ama será amado por el Padre y yo me manifestaré a él. Así, pues, encontramos a Dios a través de la fe y del amor. Como dice el salmo 42-43: Envía tu verdad y tu luz... Me llevarán a tu monte santo. Los antiguos judíos subían al templo para encontrar a Dios; muchas religiones proponen prácticas ascéticas, largas me­ditaciones, búsquedas metafísicas para encontrar al Ser Supre­mo. El cristianismo conoce sólo un camino: Jesús. Creer en Él, seguirlo hasta el final, más allá de la muerte. Él es quien nos ma­nifiesta al ‘Padre en la verdad y en la vida. Él es la imagen del Dios invisible (Col 1,15), irradiación de su gloria e impronta de su sus­tancia (Heb 1,3).

Yo soy el camino, la verdad y la vida. Esta es la identidad de Jesús. Él nos conduce al Padre, porque, por medio de Él, todas las cosas encuentran un sentido, un principio y un fin. Él es la fuerza y el modelo de todo hombre que quiera dar un significado a la propia existencia: destinados a ser conformes a la imagen del Hijo para que Él sea el primogénito de muchos hermanos (Rom 8, 29). Él es la compañía concreta de Dios a lo largo del camino de la historia («Enmanuel, es decir, Dios con nosotros»). A través de Jesús entramos en la comunión con Dios, ahora y para siempre, también más allá de la muerte. Si ya no tememos separaciones, sufrimientos, derrotas, es porque Jesús nos ha mostrado que cualquier mal puede ser derrotado con Él.

Jesús revela a los discípulos cuál será su nueva existencia: ser una cosa sola con el Padre («conocer» y «ver»), gracias al Espíritu Santo («Dios en nosotros»); Juan nos presenta a los tres, pero como una sola cosa. Vuelto al Padre, Jesús proseguirá su obra de salvación con los creyentes (v. 12-14): éstos recibirán del Padre el don del Espíritu Paráclito (el Consolador: v. 15-17). Así tendrá lugar una nueva relación con Jesús, y, por medio de Él, con la Vida misma de la Trinidad. Con los discípulos están asociados todos los creyentes. Dios no nos abandona a nuestro destino: ya no estamos huérfanos, tenemos a alguien que nos ama y al que nosotros podemos amar para ser felices. Nuestra vida se cumple en el amor de Cristo: Dios en nosotros y nosotros en Él. Es el paraíso, es la plenitud de la Vida y de la Verdad. En las obras re­alizadas por Jesús -su palabra, sus milagros, su muerte y resu­rrección- nosotros los cristianos logramos encontrar el amor de Dios y en el día de hoy debemos continuar ofreciendo a todos su presencia, manifestando las mismas obras realizadas por Jesús.

El Evangelio de Juan pone de relieve la singular unión de Jesús con el Padre [...]. La unidad del Hijo con el Padre es tal que, viendo a uno, se ve al otro: son uno en el otro, son una sola cosa. El Pa­dre, que en sí mismo es invisible, se revela y se da a través del Hijo. Su amor inaudito por los hombres se manifiesta a través del amor del Hijo (1 Jn 4,9). La unidad de revelación del Hijo con el Padre supone la unidad de ser. El Hijo se distingue del Padre en cuanto ha sido enviado por Él; no obstante, no es inferior, puesto que ac­túa con Él en todas sus obras... «Dios de Dios, luz de luz, Dios ver­dadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma na­turaleza que el Padre».

CONFRONTEMOS NUESTRA VIDA:

La pérdida del sentido cristiano de la vida

Es una realidad palpable que el hombre de nuestros días vive en medio de un mundo tan acelerado y tan cambiante, le es muy difícil detenerse un poco para pensar en los demás, y menos tiene tiempo para dejarse encontrar por Jesucristo. La loca carrera de la vida nos absorbe tanto y estamos tan preocupados en nuestros problemas que no somos capaces de descubrir en la persona de quienes están a nuestro alrededor a Cristo vivo, sufriendo, dándonos la oportunidad de desprendernos y compartir.

En nuestros días ha caído en gran medida el sentido cristiano de la vida. Nuestra mirada se dirige hacia la humanidad donde muchos hombres aún no han oído o no han comprendido todavía bien el anuncio de la salvación traída por Cristo. Muchos cristianos, habiendo tenido una experiencia fuerte de Dios, pronto nos olvidamos, no vivimos ni comunicamos lo que hemos recibido.

El relativismo

Es un hecho dolorosamente real: existen personas que han oído hablar de Jesucristo pero que parecen conocer y aceptar su doctrina simplemente como un conjunto de valores éticos. Es elevado el número de bautizados que se alejan del seguimiento de Cristo y que viven un estilo de vida marcado por el relativismo donde el hombre es la medida de las cosas. El papel de la fe cristiana se ha reducido en muchos casos a un factor puramente cultural a una dimensión meramente privada, sin ninguna relevancia en la vida social de los hombres y de los pueblos. Bautizados que, aún manteniendo quizás una cierta fe, viven en el indiferentismo religioso y moral, alejados de la Palabra y de los sacramentos, fuente esencial de la vid cristiana.

El vacío del hombre

Es muy común encontrar a nuestro alrededor mucho dolor y vacío, porque nos olvidamos de Cristo vivo. Las constantes experiencias de la sociedad bombardeada de antivalores, materialismo y consumismo y vivencias constantes de injusticia y violencia, nos hacen buscar nuevas opciones y esperanzas en nuestra vida. Hombres atrapados en un afán sin medida en el tener, con un fuerte “apego a las riquezas, que se convierten en un obstáculo para acoger el llamado a un seguimiento generoso y pleno de Jesús” (IA 8). La inseguridad hace que el hombre se refugie en sus propios miedos y lo imposibilita a descubrir en su mundo de realidades contrarias, la presencia de Jesús, una luz que permite encontrar signos del Reino de Dios que Jesucristo trae al encontrarse con él.

- ¿Qué otras situaciones de la realidad social y qué otras actitudes nos impiden ser testigos de Jesucristo?

- ¿Qué experiencias, acontecimientos o personas concretas me han ayudado a conocer a Jesucristo?

RESPUESTA PERSONAL:

El discípulo entra en comunión de vida y de mi­sión con Jesucristo. Es una relación tan personal y estre­cha, que Cristo la compara con la unión de los sarmien­tos a la vid (cf. Jn 15; 1-17).

Jesús llamó a los apóstoles «para que estuvieran con Él» (Mc 3,14); para que así «to­dos sean uno lo mismo que lo somos tú y yo, Padre. Y que también ellos vivan unidos a nosotros» (Jn 17,21). Justamente en el amor de unos a otros se les reconocería como discípulos de Cristo (cf. Jn 13,35).

Además, declara su amistad con ellos: «Ustedes son mis amigos» (Jn 15,14). Con esta profunda amistad de vida, Jesús tam­bién implica a «sus amigos» en su propia misión (cf. Jn 17,18) y los envía a anunciar el Evangelio a todos los pueblos.

Para que esa comunión con Él fuera cada vez más plena, Jesucristo se entregó a sus discípulos como el Pan de vida eterna y los invitó en la Eucaristía a participar de su Pascua. «Como el Padre que me envió posee la vida y yo vivo por Él, así también, el que me coma vivirá por mí» (Jn 6,57). Estas palabras se constituyeron en una prueba para sus discípulos. Unos lo abandonaron (cf. Jn 6,66). Pero permanecieron como discípulos suyos los que creyeron en Él (cf. Jn 6,68).

Para sus discípulos Jesu­cristo es el Pan de Vida. Las primeras comunidades, fieles al mandato del Señor, se caracterizaban precisa­mente porque» participaban en la fracción del pan y en las oraciones» (Hch 2,42).

Sus discípulos con frecuencia llaman Maestro al Señor. Le tienen una profunda admiración, porque no les enseña como los fariseos, sino con sabiduría y autori­dad. Arde su corazón cuando les explica las profecías y las parábolas. Además les enseña a vivir conforme a la voluntad del Padre con confianza filial.

1.- Con frecuencia nos preguntamos: ¿Por qué somos cristianos? ¿Qué diferencia existe entre nosotros y los fieles de otras religiones? ¿Cuál es tu respuesta a estas preguntas?

2.- ¿Qué papel ha representado Jesús en tu vida para ayudarte a encontrar a Dios, o incluso sólo para darle un sentido a tu vida?

3.- ¿Has reflexionado sobre los lugares en que se manifiesta Dios: no en los lugares solitarios, no sobre las nubes, sino en una persona, es decir en Jesús? ¿Qué significa esto?, Según tú, ¿Qué relación existe entre Dios, El Padre, El Hijo, El Espíritu Santo?

ENCUENTRO CON DIOS:

Colocar en un lugar especial de la casa los siguientes signos:

Ø Un Cristo, que es nuestra fortaleza en las caídas.

Ø La Biblia, la Palabra que nos nutre y nos da fuerza para el camino.

Ø Cirio, la luz que recibimos en el bautismo y nos recuerda que es Cristo Resucitado en medio de nosotros.

El sagrario es el lugar en las Iglesias católicas donde se conserva el pan consagrado y delante del cual arde siempre una lámpara.

En el Sagrario encontramos al mismo Jesús, realmente presente en la Eucaristía. Pasa 10 minutos en la Iglesia pidiendo a Jesús que te manifieste al Padre. Como Felipe, puedes repetir: Jesús, muéstrame al Padre y me basta.

Podemos meditar el discurso de despedida en el Evangelio de Juan capítulo 14-17, frente al Santísimo sacramento, sobre todo haciendo nuestra la oración final de Jesús, para que lleguemos a ser una sola cosa con Él y con el Padre.

EVALUEMOS:

Por ser día último de nuestros temas, podemos dar opiniones más globales, sobre toda la semana y sería interesante recopilar las opiniones por escrito, aquellas que sirvan al equipo diocesano de evangelización y catequesis, en cuanto a contenidos, y aquellas que ayuden al equipo parroquial, responsable de llevar a cabo la dinámica de la exposición de los temas

¿Qué fue lo que más te gustó de este (os) tema (s)?

¿Qué aspectos habrá que mejorar?

¿Qué sugieres para la Celebración final?

CELEBRACIÓN LITÚRGICA:

“Entrega del signo de la cruz”

INDICACIONES

Puede hacerse dentro de una celebración Eucarística; si no es posible, dentro de una celebración de la palabra.

Será necesario preparar una cruz o crucifijo adornado con flores, cruces que se entregarán a los que han terminado la etapa del kerigma y tener un Biblia grande.

MONICIÓN DE ENTRADA

Nos hemos reunido con la finalidad de dar gracias a Dios porque estos hermanos nuestros han terminado la primera etapa que llamamos kerigmática y están dispuestos a proseguir el camino del conocimiento y aceptación de Jesucristo como el Señor de sus vidas.

PROCESIÓN DE ENTRADA

Las personas que terminaron su etapa kerigmática, entran junto con el sacerdote al lugar preparado, precedidos por la Biblia que se lleva en el altar y la cruz alta. La comunidad los recibe con alegría y muestras de entusiasmo cantando:

Vienen con alegría, Señor...

LITURGIA DE LA PALABRA

Iª. Lectura: De la carta de San Pablo a los Romanos 8, 28-39.

“Quién nos apartará del amor de Dios”.

Salmo Responsorial (Salmo 22): “El que quiera seguirme, que tome su cruz”.

Homilía.

Terminada la homilía, el sacerdote vuelto al publico dice la Oración de los fieles:

“Después de un camino de preparación, nuestros hermanos llegan hoy a este gran momento y reciben nuestra felicitación por esta gracia de Dios. Ahora, todos nosotros vamos a orar por ellos, para que puedan felizmente continuar el camino, hasta llegar a participar plenamente de la vida de Cristo, el Señor. Roguemos al Señor.

R. Te rogamos, Señor.

Para que acojan con valiente y decidido corazón la voluntad de Dios: Roguemos al Señor.

Para que en su camino reciban nuestra ayuda sincera y constante. Roguemos al Señor.

Para que prosigan su camino sostenidos por nuestro amor y nuestro apoyo. Roguemos al Señor.

Para que sus corazones y los nuestros sean cada vez más sensibles a las necesidades de los demás. Roguemos al Señor.

Se pueden añadir otras peticiones.

- El celebrante con las manos extendidas hacia los hermanos dice:

Oremos: Dios Nuestro, Creador de todas las cosas, te rogamos que mires con bondad a estos siervos tuyos para que siempre sean fervorosos en su espíritu, alegres por la esperanza y servidores fieles de tu nombre; condúcelos, Señor, por el camino de tu Hijo para que, unidos a la comunidad de los creyentes, lleven una vida feliz y logren los bienes eternos que nos has prometido. Por Jesucristo nuestro Señor.

Todos: Amén.

SIGNOS Y ENTREGA DE LA CRUZ

S. Hermanos y hermanas: ustedes han iniciado un camino de encuentro con Jesucristo que es la “Luz del Mundo”. A ustedes que han encontrado esta luz, se les abre ahora el camino del Evangelio para que, después de estos primeros pasos, reconozcan al Dios vivo que realmente habla a los hombres y, caminando iluminados por la luz de Cristo, se entreguen de todo corazón a su designio salvador, creciendo constantemente en Él. Por este camino de fe, Cristo les conducirá mediante la caridad para que obtengan la vida eterna. Ahora yo les pregunto:

S. ¿Están dispuestos, guiados por el Espíritu, a seguir el camino de Jesucristo?

R. Si estamos dispuestos.

S. ¿Se comprometen a seguir la educación en la fe que la comunidad les vaya proponiendo?

R. Si nos comprometemos.

S. Acérquense para que reciban la señal de la Cruz, que es la señal del cristiano: “Queridos hermanos, por el asentimiento que han tenido, ustedes han aceptado una vida y esperanza en Cristo. Ahora, para indicar su aceptación de seguir el camino de Jesús, serán signados con la señal de cruz de Cristo. Toda la comunidad los recibe con amor y les ofrece su ayuda”.

Recibe la señal de la cruz en la frente: Cristo te fortalece con el signo de su amor, aprende a conocerlo y a seguirlo”.

Si las circunstancias lo permiten se pueden hacer la signación de los sentidos como sigue.

Mientras signa los oídos:

“Recibe la señal de la cruz en los oídos, para que escuches la voz del Señor”.

Mientras signa los ojos:

“Recibe la señal de la cruz en los ojos, para que veas la luz de Cristo”.

Mientras signa la boca:

“Recibe la señal de la cruz en la boca, para que respondas a la Palabra de Dios”.

Mientras signa el pecho:

“Recibe la señal de la cruz en el pecho, para que Cristo habite por la fe en tu corazón”.

Mientras signa la espalda

“Recibe la señal de la cruz en la espalda, para que lleves sobre tus hombros el yugo suave de Cristo”.

Si se cree oportuno, se canta un canto apropiado mientras se hace la signación.

Después el celebrante solo, hace la señal de la cruz sobre los hermanos, mientras dice:

Oremos: Padre de bondad, escucha benignamente nuestras oraciones y a estos hermanos y hermanas a quienes hemos marcado con la señal de la cruz de Cristo, protégelos con tu fuerza, para que, prosiguiendo el camino de su iniciación salvadora, puedan llegar, por la observancia de tus mandamientos, a la gloria de renovar la vida bautismal. Por Jesucristo nuestro Señor.

Todos: Amén.

Enseguida se bendicen las cruces que se entregarán a los que han terminado, según el Bendicional.

El sacerdote o ministro da a besar al catequizado la santa cruz y se la coloca en el cuello diciendo:

Reciban la señal del Cristiano: la Santa Cruz.

Bendición solemne.