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Hoy
Miércoles, 07 de enero de 2009 | 13:21
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ANEXO 3: Homilía del Sr. Obispo. (2Re 2, 6-14; Mt 6, 1-6. 16-18) Hermanas y hermanos, lo que los padrinos de bautismo hacen al acompañar al hijo o al ahijado y que luego los confirmandos asumen por sí mismos antes de recibir este sacramento de la confirmación: la profesión de fe y las renuncias, parecería que tendría que ser rito más preparado no en el sentido de que aprendan a decirlo, sino asimilen y se comprometan con lo que dicen. Hay una pregunta que el obispo que confirma dirige a los confirmandos: ¿Renuncian ustedes a Satanás y a todas sus obras y seducciones? Y la respuesta en el rito es: “Sí”, y en la vida: “Quién sabe”. La seducción del demonio existe. Él es un ser personal e inteligente descrito por San Pedro en su primera carta como aquel que anda rondando buscando a quien devorar y por eso la invitación del apóstol es a resistirle firmes en la fe. El demonio es astuto y engañador y seductor como en el paraíso, con esa seducción que es una amable invitación para convencer a otro a hacer el mal. Alguien señala que seducir es engañar con arte y magia o también cautivar el ánimo. Pienso que Dios llega también a ser seductor y esta seducción la ha ejercido a lo largo de la historia con aquellos a los que invita a colaborar libremente en sus planes. Y los planes de Dios exitosos en sus efectos, no son fáciles de cumplir, ni son siempre cuesta abajo para aquel que se involucra en los planes de Dios. Es el caso de los profetas a los que Dios ha elegido y la elección, que es un privilegio, no lo es en cuanto que la vida del profeta y la elección que Dios hace de él, sea como la oportunidad de pasarla bien siendo el confidente y el amigo de Dios. Jeremías, en aquel capítulo 20, en lo que la Biblia de Jerusalén llama el extracto de las confesiones, llega a decir: “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir”. Y vaya que los planes de Jeremías no eran como para que alguien lo considerara un candidato al profetismo. Joven, poeta, tranquilo, dedicado a lo suyo, de repente ve que Dios irrumpe en su vida y lo llama a tener que advertir al pueblo de castigos y anunciarle amenazas si no se enmienda de su conducta. Es rechazado por su gente y es maltratado por aquellos que tendrían que haber escuchado el mensaje de Dios para enmendar su conducta. Esta llamada “confesión de Jeremías”, nos hace recordar aquella otra de alguien que, como San Agustín y toda esa serie de santos a lo largo de la historia ha habido, sienten esa atracción irresistible de Dios a responderle con su propia vida y a colaborar en sus planes. “Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón no va a descansar hasta que descanse en ti”. Algo parecido a lo que le pasó al patriarca pastor que, ante las amenazas del sacerdote encargado del santuario de Betel, de que se retire a su tierra porque su palabra molesta, él tiene claro que no anda por ganarse la vida en esta profesión que Dios le encomendó. Porque “yo no era profeta, ni hijo de profeta, era pastor y cultivador de higos”, tenía mi trabajo tenía de qué vivir. Pero cuando el profeta es llamado por Dios no basta que tenga de qué vivir, sino que es necesario que descubra que hay que tener de qué morir. Hay que tener razones para vivir y razones para morir; y éstas las encuentra con claridad, aunque no sin sufrimiento de profeta. Ahora sí, el pastor cultivador de higos tiene de qué vivir y muy precariamente tal vez, a diferencia de cuando era agricultor y pastor, pero tiene de qué morir. Y es éste verse asociado a los planes de Dios. Hoy, el segundo libro de los Reyes, presenta la figura de un profeta emblemático, muy significativo en el Antiguo Testamento: Elías. No fue fácil su misión, tuvo que luchar contra aquella multitud de profetas y ante el pueblo expectante que estaba viendo a ver qué resultaba. Si ganaban los muchos, dramatizando, o este hombre solo con su soledad, pero acompañado por Dios que, finalmente le responde y hace bajar al fuego que consume el holocausto. Esto causa admiración, pero luego persecución por el celo de la multitud de falsos profetas ante Jezabel. Tiene que verse perseguido y hay momentos en que desfallece su ánimo porque no ha encontrado comprensión en el ejercicio de su misión de profeta. Y es el Señor que acude en su auxilio diciéndole: Aquí hay pan y aquí hay agua, toma y bebe y sigue hablando, porque te espera una larga jornada. El profeta predilecto de Dios es alguien de plano a quien Dios ya ha cautivado el ánimo, lo ha seducido de tal manera que la atracción resulta irresistible y aunque tiene que enfrentarse a situaciones tan difíciles, el profeta sigue adelante porque no es su misión la que anda desempeñando, sino la de Aquel que puede más y sabe más y sin duda que a su tiempo le dará mayor premio que el que podría esperar dedicándose a trabajo por él intentado y aparentemente exitosos. Llama la atención en el pasaje que hoy nos propone la liturgia, el interés que muestra su discípulo Eliseo. Y, si consideramos que Eliseo es el discípulo primogénito de Elías y que conoce muy de cerca la vida del maestro, llama la atención cómo quiere acompañarlo más allá y quiere heredar su espíritu, no para disfrute egoísta, sino para continuar con esta misión profética. Y el profeta Elías, que se dirige a este encuentro con el Señor, quisiera, al discípulo primogénito, mantenerlo alejado, pero él sigue y atraviesa con él el Jordán y es testigo de aquel espectáculo admirable. Aquella teofanía en la que Dios manifiesta su poder y majestad con el carro y caballo y el fuego, en medio de los cuales elementos se ve arrebatado Elías. Eliseo hereda el manto y con el manto, el espíritu. Y señal de ésto es que, al tocar por segunda vez con el manto enrollado el río Jordán, invocando al mismo Dios de Israel, y al mismo Dios al que sirvió Elías, las aguas se abren. Dios tiene que tomar lo que es suyo y en este último encuentro, en este último viaje, cada quien se va solo. Elías, ya era del Señor porque es profeta. Y en esta misión de ser profeta, resulta claro que es misión de Dios y que el seducido es un hombre o una mujer que Dios ha escogido. Profeta quiere decir el que habla por otro, el que está a las órdenes de otro, para comunicar de parte de él, el mensaje a los demás. Dios toma lo que es suyo y esta misión continúa porque Dios va a seguir suscitando quienes se dejen cautivar por él, quienes experimenten esta atracción irresistible, aunque la vida no sea gratificante -la del profeta, la del que se deja cautivar por Dios- no sea gratificante en el sentido sentimental, emotivo, material. No lo fue la vida del Santo que hoy consideramos: Luis Gonzaga, primogénito de un Conde, hijo de familia noble, le tocaba heredar el título de su padre al que renuncia en favor de su hermano. Desde muy pequeño –dicen-, ha sentido esta atracción de Dios y de las cosas de Dios, y desde muy pequeño –señalan sus biógrafos- hace el voto de castidad, antes de cumplir los 10 años. Le llamaba también la atención la milicia y sabía desde muy pequeño manejar armas y colocarse armaduras, y anduvo también en varios palacios como paje, quizá entrenándose, por lo que pudiera suceder. Renuncia finalmente a esto para, muy joven, entrar en la Compañía de Jesús. Y allí, sirviendo a aquellos enfermos que en Roma habían sido contagiados por la peste, él mismo contrae el contagio, y a los 23 años muere. Nosotros hemos dirigido hoy nuestra oración colecta a Dios, pidiendo la intercesión de este Santo y también que podamos imitarlo, si no en su inocencia, sí en esta práctica heroica de la caridad. Será importante, ante estos signos de hombres de Dios, que han entrado en este misterio del amor de Dios y que se han dejado cautivar por Él; pedir al Señor que nos envuelva en su misterio, que nos haga saborear la miel amarga de su amor, para poder encontrar gozo en este deseo de servirle a Él; de enrolarnos en su misión, sabiendo que sí va a ser exitosa con el éxito que Dios sabe imprimir a sus proyectos a su tiempo. Y que mientras tanto si, como seducidos por El, nos quiere dar cruz, nos quiere dar amargura y nos hace pasar también en medio por muchas y variadas consolaciones, que venga de todo, sabiendo que viene de Aquel que seduce, para que juntos hagamos realidad su sueño: “Que todos los hombres se salven y que todos lleguen al conocimiento de la verdad”.
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