Hoy Miércoles, 07 de enero de 2009 | 15:13

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ANEXO 6:

Homilía del Sr. Obispo

(Is 49, 1-6; Hch 13, 22-26; Lc 1, 57-66. 80)

Hermanas y hermanos, celebramos hoy con solemnidad la fiesta del nacimiento de Juan el Bautista, profeta de la frontera entre el Antiguo y el Nuevo Testamento; profeta que tuvo la oportunidad de entrar en la tierra prometida que otros solamente contemplaron con esperanza; pero a él si le tocó señalar con el dedo a Aquel que, en medio de los hombres, era el Cordero de Dios, es el que quita el pecado del mundo.

Juan el Bautista, profeta del Señor, no vino a contemporizar con los suyos o a procurar estar bien y conservar un buen nivel de popularidad. Esta actitud está reñida con el profetismo y más bien es signo de que el profetismo es auténtico, es no sólo con la palabra, sino con los hechos, verse envuelto en situaciones semejantes en las que se vio envuelto Aquel que vino a hacerse semejante en todo a nosotros, menos en el pecado.

Es verdadero precursor de la Palabra, y con el testimonio de su propia vida y de su propio martirio. Es alguien a quien la liturgia hoy aplican este extracto del segundo poema del Siervo de Yavé. La Palabra del Señor, nos dice otro texto de la Escritura, es como espada de dos filos, que penetra hasta las coyunturas más íntimas y deja al descubierto las intenciones más secretas del corazón. La palabra del profeta, si es palabra del Señor, es flecha puntiaguda, y es también espada; y la flecha no se lanza para acariciar su objetivo, y la espada no es tampoco en primer lugar para provocar alivio de quien ha recibido alguna herida, sino más bien para provocarla con intención ciertamente de sanar.

No sólo la palabra. Cuando la palabra y el testimonio son de veras actitudes proféticas, este testimonio también estorba. La presencia del justo -dice otro lugar de la Palabra- nos parece insoportable, su palabra es palabra molesta. Nuestra misión, a ejemplo de Juan, si queremos desarrollar un verdadero profetismo, que venga a reconocer la obra de Dios, a cuestionar lo que se desarrolla en contra del plan de Dios, y también a denunciar y con firmeza, pero jamás con violencia aquello que, radicalmente se opone a estos planes de Dios, si así ha de ser el profetismo, no vamos a recibir aplauso, ni tampoco es un signo de éxito la popularidad, sino tal vez lo contrario.

Juan anuncia maravillas de Dios, denuncia al pueblo su pecado, e invita insistentemente a todos a la conversión. Y la denuncia de Juan –sabemos- llega como flecha puntiaguda y como espada doblemente filosa hasta el palacio del propio rey: “No te es lícito vivir en concubinato con la mujer del hermano”.

Hace tiempo me tocó, con mucha gente en la catedral de Toluca, participar en el inicio del ministerio del Señor Obispo y, entre tantos participantes, tenía un lugar muy importante el entonces gobernador del Estado con la que era su compañera, que no su esposa, según el sacramento del matrimonio. Y darle un lugar de preferencia a las autoridades está bien, pero cuando se vive así públicamente ¿por qué se le tiene que llevar la Sagrada Comunión hasta su banca a quien públicamente vive en un adulterio, en un concubinato? Pues sucedió. Como si los católicos tuviéramos que negociar con las cosas más sagradas que tenemos: La Palabra de Dios y lo más sagrado: la Comunión. Como si, por imagen, tuviéramos que condescender en algo que no nos toca condescender, porque no somos dueños de la Palabra y no somos tampoco dueños de los sacramentos, sino administradores.

Cuando al principio se vio la unión legal entre el Presidente y su señora, no faltaron prelados que hablaron, suavizando la situación irregular que aquellos empezaban a vivir, como si, tratándose de un alto personaje, el adulterio no tuviera que llamarse adulterio. Si hay que hablar, hay que hablar interpretando la voluntad de Dios, o mejor callarse, y que los demás interpreten el silencio, que no se atreve a comprometerse precisamente con su tiempo, con su historia.

Juan el Bautista habló, porque su nombre y su misión no se lo escogió él solo, ni se lo dijeron sus papás. “Juan es su nombre”, esto es proyecto de Dios, porque en el hombre va incluida la misión y la misión no es iniciativa de él, sino encomienda del mismo Dios. Juan, que significa “Dios es misericordioso”, como lo reconocen las gentes e Isabel misma en la página del evangelio de Lucas que hemos escuchado, y como lo reconoce el propio Zacarías en ese bellísimo cántico que la Iglesia nos hace recitar cada mañana, como lo haremos hoy en la oración de las Laudes. Dios ha obrado con misericordia en favor de su pueblo.

La figura de Juan es atractiva y de él -bíblicamente de él- ha dicho Jesucristo la alabanza aquélla: que entre todos los nacidos de mujer, no hay un hombre de esta talla, de la talla de Juan. Tuvo una encomienda muy importante al ser precursor y no se pasó más allá, y no se quedó más acá. Hizo lo que le correspondía, entendió el alcance de la misión y supo también retirarse con discreción: “Yo no soy el que esperan”. Mientras que el Otro sí es la Palabra, yo soy apenas la voz; mientras que Aquél es la Luz, yo no soy más que lámpara; yo no soy digno ante Él de desatar o desabrocharle la correa de sus sandalias.

Juan, consciente de su misión, cumplió lo que tenía que cumplir y luego desaparece -y en qué forma- de la escena. Pienso yo que esta actitud suya es ejemplar para nosotros, en el sentido de ser conscientes de que tenemos encomendada una misión, y esta misión, profética. Pienso yo que es ejemplar la actitud de Juan, en el sentido de que no pretendemos hoy ni nunca ser el centro de atracción, ni el punto de referencia, sino que el centro es Jesucristo y Él mismo es el Camino y el mismo es la Verdad.

Juan es su nombre, porque a través de él, Dios muestra su misericordia y esto, de generación en generación, para todos los que creen en él e invocan su nombre. Juan ha venido como el que tiene que hablar y actuar preparando el camino del Señor; y habla y actúa de tal manera que su palabra y su acción, lo llevan a dar el máximo testimonio de derramar su sangre por el mismo Jesucristo.

Nosotros bendecimos a Dios y, ante la diferente reacción del sacerdote Zacarías, en la anunciación en el templo; y la de la doncella María, ante la anunciación fuera del templo; uno, cuya incredulidad inicial lo deja mudo; otra, cuya fe de total abandono en los planes de Dios, la hace hablar y hablar maravillas ‑inspirada- en la casa de Isabel. Nosotros, habrá que -como nos lo señala San Pablo en su carta los Romanos- a ejemplo de María, esperar contra toda esperanza, porque, ciertamente nada hay imposible para Dios.

En el poema del Siervo de Yavé que hemos escuchado, al inicio pareciera que el que ha sido escogido para llevar el mensaje de salvación, se desanima porque ve que resulta inútil su esfuerzo. Pero, cayendo en la cuenta de que la encomienda es de Dios, que el éxito depende de Él y éste vendrá a su tiempo y a su modo, al tiempo y al modo de Dios.

Nos queda, contemplando esta figura elogiada por el mismo Jesucristo, abandonarnos a los planes de Dios, no decir ante Él y ante la Iglesia más que: Siervos inútiles somos, que hacemos lo que teníamos que hacer. A Él sea la gloria, la alabanza y el honor por los siglos de los siglos.