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Miércoles, 07 de enero de 2009 | 13:38
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EDPIP 108
Temas para los Encuentros Generacionales 2000-2001
1. EL ENCUENTRO CON JESUCRISTO EN LA PASTORAL
2. Filosofía del encuentro
3. Autoreflexión Pbro. Lic. Luis Manuel Macías -------------
1. EL ENCUENTRO CON JESUCRISTO
En sintonía con la Iglesia universal, nuestra diócesis ha vivido con gozo el año jubilar. Asimismo, culminamos la vigencia de nuestro tercer Plan de Pastoral que, con sus logros y deficiencias de toda obra humana, nos acompañó en nuestra tarea como pastores: Cabe entonces preguntarnos: ¿hacia dónde caminaremos ahora? El Papa nos ofrece un camino: «No se trata, pues, de inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste... Sin embargo, es necesario que el programa formule orientaciones pastorales adecuadas a las condiciones de cada comunidad. El Jubileo nos ha ofrecido la oportunidad extraordinaria de dedicarnos, durante algunos años, a un camino de unidad en toda la Iglesia. Sin embargo, ahora ya no estamos ante una meta inmediata, sino ante el mayor y no menos comprometedor horizonte de la pastoral ordinaria» (NMI 29). Según esta invitación del Papa, nuestro trabajo ordinario se convierte en un espacio privilegiado para encontrarnos con Cristo tratando de cumplir la misión de la Iglesia en el tiempo que nos toca vivir. Aportando una manera concreta de encarnar los valores evangélicos en el mundo. Esforzándonos por testimoniar nuestro compromiso y entrega a los demás, a la manera de Jesús que es el principio, el centro, el modelo y el término de toda pastoral. Se trata, pues, del ministerio fundamental que busca realizar un proyecto de ser humano, de Iglesia y de sociedad, inspirado en el Evangelio. Esta es nuestra pastoral ordinaria. Para llevarla a cabo, programamos determinados proyectos, siempre limitados y no siempre escritos, que nos permitan responder a los desafíos pastorales en un momento de la historia. Nuestros Obispos mexicanos, en su última carta pastoral, hicieron del «encuentro» la categoría principal para analizar y proyectar la vida de la Iglesia en nuestra nación. Con esta misma categoría queremos motivarnos para encontrarnos con Cristo en nuestro trabajo pastoral, a partir de lo que hacemos, lo que reflexionamos y lo que se refiere a nuestra vida espiritual.
Nuestra pastoral ordinaria es un compromiso práctico y concreto, una serie de actividades en favor de las personas, los grupos y las comunidades. Con este propósito estimulamos nuestra creatividad para que los medios empleados nos permitan cumplir mejor nuestra misión. Aun así, nos recuerda el Papa: «No nos satisface ciertamente la ingenua convicción de que haya una fórmula mágica para los grandes desafíos de nuestro tiempo. No, no será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros!» (NMI 29b). Encontrarnos con Cristo en lo que hacemos significa también superar la tentación del activismo que nos lanza a «hacer» sin dejarnos tiempo para «ser». De ahí la importancia de que, lo que nos propongamos hacer, con la ayuda de Dios, esté fundado en la contemplación y en la oración. Así transformaremos la burocracia en espacio de encuentro del pastor con los fieles a quienes sirve.
No sólo hacemos cosas. Formal e informalmente investigamos, analizamos, programamos, discernimos y meditamos los contenidos que hemos de abordar en nuestro servicio evangelizador ordinario. También la reflexión es un espacio para encontrarnos con Cristo. Nunca como ahora cobra importancia la necesidad de nutrir nuestra reflexión en la Palabra de Dios, sobre todo cuando constatamos que los problemas de hoy son tratados a la luz de las diversas ideologías de moda. Es tiempo de aportar nuestra visión de pastores que iluminan la realidad desde el plan salvífico de Dios contenido en la Escritura.
Si los pastores no nutrimos nuestro misterio pastoral con el estudio, la investigación y la meditación de la Palabra de Dios, pronto nos volvemos repetitivos, la realidad nos supera, se nos acaba la creatividad y estaremos en desventaja ante los nuevos problemas que cada día van surgiendo en nuestro mundo. Estamos, pues, llamados a encontrarnos con Cristo en la riqueza de su Palabra. Al respecto el Papa nos dice: «Precisamente con esta atención a la palabra de Dios se está revitalizando principalmente la tarea de la evangelización y la catequesis... Es necesario, en particular, que la escucha de la Palabra se convierta en un encuentro vital, en la antigua y siempre válida tradición de la lectio divina, que permite encontrar en el texto bíblico la palabra viva que interpela, orienta y modela la existencia» (NMI 39).
Lo que hacemos y reflexionamos sería insuficiente si no están vinculados a la experiencia de Dios de donde nacen los valores, las convicciones y las motivaciones más profundas. Si los pastores no nutrimos nuestro ministerio pastoral con el Misterio de Dios, nuestra práctica pastoral será superficial y vacía nuestra ciencia. El Papa nos comparte su experiencia así: «Frecuentemente me he parado a mirar las largas filas de peregrinos en espera paciente de cruzar la Puerta Santa. En cada uno de ellos trataba de imaginar la historia de su vida, llena de alegrías, ansias y dolores; una historia de encuentro con Cristo y que en el diálogo con él reemprendía su camino de esperanza» (NMI 8a). Nuestra pastoral ordinaria no puede ser un desfile de personas que pasan por nuestras oficinas, sino un encuentro con Cristo vivo en las personas a quienes servimos. Nuestras mismas programaciones pastorales, escritas o no, están llamadas a colaborar para que nuestra búsqueda de ser santos se viva en lo que hacemos y lo que reflexionamos. Así dice el Papa: «En realidad, poner la programación pastoral bajo el signo de la santidad es una opción llena de consecuencias. Significa expresar la convicción de que, si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial» (NMI 31b). En nuestro trabajo pastoral ordinario no podemos olvidad la importancia de la oración. Los espacios institucionales (Liturgia de las horas, meditación, ejercicios, dirección espiritual, etc.) que como pastores le dedicamos a la vida espiritual, tendrían que ser como un proceso educativo en la oración personal y comunitaria para que ésta «se convierta de alguna manera en un punto determinante de toda programación pastoral» (NMI 34), y no recuerde la primacía de la gracia. El mismo Papa nos advierte: «La oración nos hace vivir precisamente en esta verdad. Nos recuerda constantemente la primacía de Cristo y, en relación con él, la primacía de la vida interior y de la santidad. Cuando no se respeta este principio, ¿ha de sorprender que los proyectos pastorales lleven al fracaso y dejen en el alma un humillante sentido de frustración?» (NMI 38b). Capital importancia tiene también vivir la comunión como fruto de la caridad. Sólo realizando esta comunión de amor, la Iglesia podrá manifestase como sacramento, como signo e instrumento de la íntima unión con Dios. Este es el deseo de Cristo y el distintivo de todos los cristianos. Ignorar este proyecto del Señor es poner en riesgo nuestro ser y quehacer de cristianos y pastores. «No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento» (NMI 43b). Es, entonces, en la dimensión espiritual donde reside el sentido más profundo del ministerio pastoral que realizamos. No asumir esta exigencia sería tanto como exponerse a una actividad sin la savia que brota de las raíces de la fe, y haber perdido la oportunidad de encontrarnos con Cristo en nuestra pastoral ordinaria.
Cuando nos estamos disponiendo a entrar en un proceso de planeación, conviene que nuestra pastoral diocesana vea en tres direcciones: De cara al pasado nuestra pastoral deberá entenderse a sí mismo como memoria histórica. Que ha recibido como herencia una riqueza de sabiduría, de experiencia, de valores, de criterios y aún de errores que le exigen reconocimiento y fidelidad a su pasado histórico. Encontramos con Cristo en nuestra historia diocesana, es beber de nuestro pasado, sobre todo de aquellas fuentes que le dan su mayor autenticidad: la Palabra de Dios, la docilidad al Espíritu, el fervor misionero, la creatividad de los ministerios, la responsabilidad comunitaria, la catequesis presacramental, etc. De cara al presente nuestra pastoral es un desafío. Por un lado, con el anuncio del Evangelio, provoca al mundo, y por el otro se siente provocada por los innumerables signos de Dios presentes en la situación actual. Como desafiante, nuestra pastoral ha de tener la suficiente clarividencia, audacia y fortaleza para entregar sin deformaciones el mensaje liberador de Jesús, que no siempre es popular a causa de las renuncias que exige. Como desafiada, nuestra pastoral ha de saber que solo estando atenta al movimiento de la historia y conociendo las legítimas aspiraciones de las personas será capaz de ofrecer la respuesta que de ella se espera. Urge, pues, encontrarnos con Cristo en los desafíos de nuestro mundo actual. De cara al futuro nuestra pastoral es un proyecto que, esperamos, cristalice en un IV Plan Diocesano de Pastoral. Este quiere ser una ocasión más para descubrir el designo amoroso y liberador de Dios. El encuentro con Cristo, de quien recibimos el don de la fe, será como la matriz en donde reside la fuerza, la inspiración y el criterio para entregar a los hombres y a las mujeres de nuestra diócesis un mundo reconstruido con los valores del Reino de Dios.
2. Filosofía
Todo encuentro humano ha de tener las condiciones que menciona el apóstol Pedro: ha de ser con dulzura y con respeto (1 Pe. 3, 16). La traducción latina del P. Bover, en su ya clásica versión, las interpreta como mansedumbre y miramiento. Las palabras latinas son mansetudine et timore, que a su vez viene del griego phobou que significa temor reverencial o también objeto que inspira terror y praútetos que viene a ser dulzura. En todo encuentro humano existen estos elementos: el respeto, el temor, la ternura y también el terror y el des-encuentro; decir no al otro es siempre posible.
La palabra encuentro, como toda realidad, es también objeto de la filosofía. La filosofía ha buscado siempre lo más profundo, lo más alto, lo más íntimo, lo más universal y lo debe expresar con un lenguaje accesible a todos. La filosofía según Aristóteles es la ciencia buscada y nunca suficiente encontrada. Su definición tradicional decía así: «Cognitio rerum omnium per altísimas causas, sola rationis lemine comparata». Etimológicamente sería amor a la sabiduría; pero corrijo y añado que sólo se trata de amor, no de la sabiduría misma. Santo Tomás dirá que el sabio es aquél que sabe ordenar la realidad y dar órdenes... Sapientis est ordinare... Y también es el que vive una vida ordinaria, ajena a la excentricidad, entregado más bien a lo modesto. Para Platón el sabio será aquél que se prepara a bien morir (preparatio mortis), ya cristianizado en San Agustín será el que sabe todos los modos de amar (ordo amoris). Amor y muerte, encuentros sustanciales con eso que llamamos vida.
Alguien dijo de la vida: ¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida Una ilusión, una sombra, una ficción. No sueño pues toco y creo lo que he sido y lo que soy que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son. El problema de la vida nace como un problema cósmico: estamos en una inmensa casa móvil llamada universo. Bergson dice que el universo es una fábrica de hacer dioses, dioses maravillosos enigmáticos y necesarios: el tiempo, la eternidad, la belleza, el bien, la muerte.... Del universo, los romanos siempre prácticos, dijeron que se trataba de un pulcherrimum carmen o preciosísimo verso; el poeta Horacio, el don del non omnis moriar (no moriré del todo), de la vida dirá que es mejor aprovecharla: Carpe diem. Decían los escolásticos: primum enim ocurrit homini discretionem habenti est quod de seipso cogitet... Cuando el hombre llega a la edad de la discreción lo primero que le ocurre -primum enim quod ocurrit homin habenti- es pensar por sí mismo: de seipso cogitet. ¿Para qué piensa el hombre una vez maduro?, sin duda para resolver el único asunto que le inquieta verdaderamente: el asunto de su vida.
La vida plantea enigmas que pueden ser descifrados, pero el descifrados, el hombre mismo, es un enigma indescifrable. El hombre es más que la suma de sus partes: alma, cuerpo, espíritu y algo más... Este algo más ha inquietado a los filósofos desde la antigüedad. El hombre ha sido definido como animal racional, animal que ríe, animal que juega, animal que trabaja, animal religioso, etc. La cuestión arranca desde una petición de principio: el yo que nace y muere. El hombre es el UNICO animal que entierra a sus muertos, que habla de sus muertos, que habla de la muerte y que habla de su muerte.
Así resulta que el hombre es un indigente, pero al mismo tiempo es una unidad totalizante (un yo) y una inteligencia que siente, sentiente. Desde aquí se ven las notas esenciales de toda vida humana: - Inabarcabilidad: el hombre es una sorpresa para sí mismo y para los demás. - Inacabamiento: el hombre es un despliegue continuo de potencialidades. También es un constante despedirse, un coleccionista de despedidas. El hombre siempre está en alguien o en algo, en el seno de la Madre o en el seno del universo, no posee el ser en plenitud, no está simplemente, sino que esta en alguien o en algo.
Llamado a la perfección y a la comunión con el absoluto, el hombre tiene la triste capacidad de contentarse con muy poco. Puede ser una melodía de dicha o un compás de frustración. El hombre es criatura (limitación e imagen de Dios (trascendencia de la limitación); es pecado (negatividad increíble) y gracia (positividad inesperada). Es para sí mismo un asombro desconcertado pero también una esperanza solidaria con los de su misma suerte.
Un tú me encuentra sólo desde el horizonte de la gracia, de la gracia como libre aparición. Martín Buber dice que mediante la búsqueda no es posible encontrar un tú, éste se ha de hacer encontradizo. Esto es posible porque la persona posee una estructura de interioridad en clave de realidad abierta. El hombre es: Insistencia, vive dentro de sí, es decir, tiene conciencia de ser un yo; Ex-sistencia sale fuera de sí para conocerse como un yo sólo a través de un tú. La dialéctica del encuentro será ex-in-sistencia: repliegue de intimidad y salida de comunidad. La conciencia no se despierta después de la infancia, es una conquista tardía: de niños vivimos fuera, en brazos de mamá o en las cosas, por eso jugábamos. Después nos volvemos hacia nosotros y el juego desaparece... Con nosotros no nos divertimos, nos hemos convertido en un problema. Un problema de encuentros o des-encuentros.
Todas mis cosas están de pie a su modo, después, agotadas de silencio vanos, seguirán a las sombras de sus sombras en lenta fuga de peones solitarios. Sabrán que me he ido sin ellas al costado, su desdén fingido vivirá en otras manos: libreros, llaves, cajones, otras tantas cosas, serán ya anoréxicas y fingirán desmayos. Sabrán sin dudar que nos hemos ido a otra patria inmensa que fue su patria donde nada eran, donde no tenían sentido, donde ni nosotros somos ávidos dueños fuimos. Humildes, en lenta procesión iremos sin velo ya juntos a esa inmensa cosa llamada cielo. De aquí la maravilla de esa genialidad jurídica llamada testamento, como forma humana de pacificar las cosas.
Para orar.
Para bendecir. Para consagrar. Para perdonar. Para cobrar. Para recibir. La enfermedad es otro encuentro que tenemos con nuestro cuerpo. El poeta Octavio Paz define en estos términos el dramático encuentro con esa realidad: ...cuando me disponía a volver a mis quehaceres, la no invitada, la enfermedad, golpeó a mi puerta. Abrí y ella, sin decirme nada, me miró con una mirada que me traspasó pero que no puedo definir: no era cólera ni piedad ni siquiera indiferencia. Era lo que llamamos, en nuestra pobreza para decir lo que sentimos, padecimiento.
E) Somos responsables de las palabras que hemos pronunciado, de las promesas incumplidas, de las frases mal dichas. El sentido auténtico de la palabra está en la oración, lugar de encuentro con Jesucristo y principio de comunión con los hermanos. Fecisti nos ad Te et inquietum est cor nostrum, donec requiescat in te... San Juan de los Lagos, Jal., enero 25 del 2001 Encuentro generacional
3. A) Fraternidad sacerdotal El encuentro con los compañeros
Reflexión a propósito de una encuesta. Oslam No. 28.1995.
Para amar, tomar en cuenta al otro, realizar el encuentro y valorarlo se necesita fundamentalmente, a nivel humano:
La carencia dará, entre otras manifestaciones, una personalidad apartada o agresiva. La falta de autoestima y, por tanto, da confianza en sí mismo, seca la personalidad, pues aparta a quien la padece de nuevas experiencias y empobrece la vida porque limita a lo sabido y trillado. Es una toxina que circula por la corriente de la vida y envenena emocionalmente, impidiendo las relaciones con los demás o viviéndolas con muchas limitaciones y complejos. P. García Faílde, dice que el 70% de los sacerdotes tiene baja autoestima, (en La salud psicológica del clero). Con estudiantes de filosofía y teología un diagnóstico: el 64% presentan baja autoestima. Cómo se realiza la fraternidad cuando hay limitación en el trato personal y en el aprecio personal. (Reflexión con otro documento personal sobre autoestima).
El sacerdote de los demás, para estas atento a sus propias necesidades y la de los demás. A él le corresponde por servicio la asesoría. K. Egan analiza los resultados de una investigación donde habla de lo poco eficiente en ella de este grupo porque le falta no resolver a su modo la vida de los demás sino respetarlos. De allí vienen las críticas, el negativismo, el que solamente lo propio es lo bueno... La sensibilidad a la vida del otro me indica la capacidad de respeto.
Hablar mal de los demás, desprestigiarlos, negarles sus capacidades, reconocer sus logros, burlarse de sus errores.... Desprestigiar la autoridad, no reconocer el papel de cada uno en la iglesia.
Guardarle el secreto al compañero. No comunicar lo que todavía no está bien decidido. No prejuzgar...
El encuentro con los demás es gratuito. Además somos los dispensadores de la gracia. Cómo cobramos nuestra presencia ante los demás. El estar en los demás....
La iglesia es de Jesucristo, no es nuestra. Hacemos un servicio. No somos los profesionales de la religión sino los llamados a hacer un servicio.
B) Autoreflexión
Dentro del contexto del compromiso de vida propio, como laico, seminarista o novicio, sacerdote, religioso o religiosa, y partiendo de la experiencia vivida hasta el presente de participación en dinámicas grupales para el crecimiento personal y las relaciones fraternas. 1.- ¿En qué tipos de experiencias grupales he participado? ¿Han sido estas satisfactorias, regulares o insatisfactorias? ¿En qué criterios me baso para juzgarlas de esa manera? 2.- ¿Creo que la vivencia de pequeños grupos de vida fraterna es necesaria para una experiencia más plena de vida cristiana y un mejor cuidado pastoral de las personas, en cualquier contexto eclesial a que pertenezcan? 3.- ¿Qué diferencias deberían existir en la dinámica grupal que reúna a grupos de laicos, a grupos de seminaristas o novicios, y a grupos de sacerdotes, religiosos o religiosas? ¿Qué elementos deberían constituir un denominador común para este tipo de experiencia de dinámicas de grupos, sin importar el estado de vida eclesial que caracterice a sus miembros? 4.- ¿Cuáles de los siguientes criterios, definidos anteriormente como «puntos de convergencia» entre las distintas agrupaciones laicales, han sido parte de mi experiencia grupal en contextos eclesiales? ¿Existía en el grupo una auténtica apertura al amor de Dios y un sincero reconocimiento del pecado? ¿Se vivía una experiencia de conversión personal a Cristo como fruto de la proclamación directa del kerygma? ¿Se enfatizaba la necesidad de transformación personal mediante la apertura al poder de la Palabra revelada por Dios? ¿Se cultivaban en el grupo las diversas expresiones de la vida de la gracia y su celebración sacramental? ¿Reflejaban los miembros del grupo un sincero amor a la Iglesia y una plena inserción en ella? ¿Se compartía entre todos una vivencia genuinamente comunitaria de amor y compartir fraterno en el contexto de los pequeños grupos? ¿Se le daba énfasis a la formación d líderes maduros que guiaran este tipo de dinámica grupal? ¿Se ofrecía enseñanza práctica sobre la vocación al servicio cristiano? ¿Se predicaba con entusiasmo el llamado a la evangelización? ¿Se apreciaban signos concretos de crecimiento en la mayoría de los miembros del grupo hacia la plena madurez en Cristo? 5.- En caso contrario, ¿cuáles eran los principales vacíos experimentados en mi grupo? ¿Qué podría hacerse para solventarlos en futuras experiencias grupales?
8.- De no ser así, ¿qué medidas podría tomar para superarme en estas dimensiones cognitiva, emocional, social o moral de mi maduración afectiva y sexual?
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