![]() |
![]() |
![]() |
|
|
Hoy
Miércoles, 07 de enero de 2009 | 12:06
|
|||
![]() |
![]() |
|
|
|
|
EDPIP 119 Temas
I NUESTRO SACERDOCIO EN FIDELIDAD A CRISTO Y A LA IGLESIA, COMO LO HICIERON LOS SANTOS MARTIRES II. LOS SANTOS MARTIRES MEXICANOS III SAN PEDRO ESQUEDA RAMIREZ
Arquidiócesis de Guadalajara
Nuestra vida de sacerdotes y apóstoles descansa sobre un cimiento único: Jesucristo, el Redentor. No es correcto querer edificar nuestro propio sacerdocio con arreglo a conceptos personales. Nuestros análisis y prácticas, nuestra reflexión y trabajo pastoral puede ser en variados campos, casi inagotables. Pero tiene que detenerse con gran respeto al momento de acercarse a definir qué es y cómo debe ser el sacerdocio. El sacerdocio, o se le acepta tal como se nos da o se le traiciona al recibirlo. Toda precisión que hagamos en torno al mismo, una vez recibido, para aclarar y explicarnos a nosotros mismos y a los fieles su contenido y exigencias, suponen un hecho previo: el sacerdocio como Dios lo ha instituido y como lo encontramos en su Hijo, Cristo el Señor. Nosotros los sacerdotes:
«Es de ánimos nobles el ser agradecidos». Y San Pablo dice: «Sean agradecidos».
Leer y meditar los textos siguientes: Jn 13-31-14-21 Rom 12, 3-18 2 Cor 5, 11-6;10
Básico en el sacerdote es el amor, amor a Cristo y a la Iglesia; amor sin límites a quien nos ha participado del sacerdocio y a lo que nos ha querido dar. Amor y gratitud conmovida por tan singular elección. Un amor sereno y profundo, libre de ilusiones y sentimentalismos, un amor alimentado por la plegaria y entrega personales. Es comprensible el entusiasmo del sacerdote apenas ordenado que con ardor expresa el gozo que desborda en él, al iniciar su ministerio pastoral. Pero hay un amor más grave y revelador: el del sacerdote anciano y enfermo, que ha conocido la fatiga del servicio y se ha curtido en el contacto y conocimiento de los hombres; qué edificante es escucharle decir con sencillez y sinceridad, sin cinismo ni exaltaciones: «si cien veces naciera, cien veces me haría sacerdote». Por la vida del sacerdote han pasado las crisis normales a las que un hombre está sujeto, ha gozado y sufrido, posiblemente ha dudado al comparar su existencia con la de otros hombres que, a veces, parecen haber acertado mejor que él en el camino de la vida. Pero, no obstante la lucha, concluye serenamente que no hay nada tan digno de ser amado como aceptar la voluntad de Dios y agradecer que haya querido participarnos el sacerdocio único de Cristo, su Hijo.
El sacerdote ama y agradece profundamente, con pureza y nobleza, con conocimiento de los hombres y, sobre todo, de sí mismo. Ama y agradece el ser testigo de tantas miserias y de tantas grandezas. A Cristo nuestra gratitud y nuestro amor. A El nuestra promesa de fidelidad inquebrantable. Pero la fidelidad encuentra en el orgullo un tenaz y vigoroso enemigo. El hombre de la Iglesia puede experimentar la tentación que le llevaría a una falsa conciencia de superioridad, ansia de tener o de dominio, reclamo de privilegios en favor de sí mismo... Si socialmente todo esto hace odioso el ministerio eclesiástico, en la psicología personal del sacerdote produce un mal mucho más nocivo. A eso se debe el deplorable ataque al pecado sin amor al pecador, de inflexible rigidez ante las miserias del hombre. Sin humildad interior la acción apostólica se va esterilizando. Todo cuanto posee el sacerdote es don de Dios; su mayor o menor talento y cultura, sus cualidades y capacidades son regalo del Señor que nos ha creado, elegido y consagrado. ¿Qué lugar puede haber en el sacerdote para el orgullo y la soberbia? Si él penetra en su corazón, podría encontrar lo que otros le confían en la intimidad: la caída y la gracia, la limitación y el deseo de una vida más evangélica. En el sacerdote orgulloso todo suena a hueco y falso; en un sacerdote humilde y alegre se advierten el reconocimiento de la propia realidad, la grandeza del amor de Dios y el gusto por trabajar con entusiasmo en la obra de Jesucristo: el crecimiento del Reino de Dios. El sacerdote alegre y humilde profesa por el hermano un sincero amor y un evangélico respeto, y por su amor al Mesías y entrega generosa a la obra de la evangelización logra que el corazón del hombre le escuche con atención, y con el singular interés observe sus cotidianos esfuerzos por ser un buen discípulo del único Maestro. La fidelidad a Cristo y a la Iglesia son la experiencia sacerdotal de un amor no fácil, pero posible, de un amor real, siempre perfectible. Ser fiel a Cristo y a la Iglesia es la experiencia de un amor correspondido y compartido: la correspondencia al amor de Dios y el compartir con el humano las riquezas del amor de Dios, como admirablemente lo ilustraron los mártires mexicanos.
Juan Pablo II
Invito a los sacerdotes participantes a contemplar la grandeza de nuestro sacerdocio de que hemos sido objeto por puro Amor de Nuestro Padre Dios.
Invito a los sacerdotes participantes a evaluar la participación y compromiso de este retiro. Sr. Obispo Miguel Romano Gómez
Reflexionar en grupo acerca de los nuevos santos mexicanos, nuestros mártires; preguntarnos hasta qué punto nosotros somos devotos de ellos. «Estos que visten ropas blancas, ¿quienes son y de dónde vienen? Yo contesté: «Señor, tú eres el que lo sabes». El anciano replicó: Son los que vienen de la gran persecución: lavaron y blanquearon sus vestiduras en la sangre del cordero» (Ap. 7, 13-14).
"Jesús, el único camino para la santidad: «Yo soy el Camino, la Verdad y la vida» (Jn. 14, 16). Con estas palabras, Jesús se presenta como el único camino que conduce a la santidad. Pero el conocimiento concreto de este itinerario se obtiene principalmente mediante la Palabra de Dios que la Iglesia anuncia con su predicación. Por ello, la Iglesia debe conceder una gran prioridad a la reflexión orante sobre la Sagrada Escritura, realizada por todos los fieles. Esta lectura de la Biblia, acompañada de la oración, se conoce en la tradición de la Iglesia con el nombre de Lectio Divina, práctica que se ha de fomentar entre todos los cristianos. Para los presbíteros, debe constituir un elemento fundamental en la preparación de sus homilías, especialmente las dominicales (Ecclesia in América No. 31). Dios Creador y Señor, tiene un Designio de salvación sobre el mundo y sobre la historia, que no siempre entendemos. Cuando nuestros Mártires fueron sacrificados no lo entendimos, ahora comprendemos la iniciativa de Dios que viene a salvar a su pueblo.
Señor Jesús, ya que por don tuyo la fuerza se realiza en la debilidad, concédenos que al reflexionar en la vida entregada de los Santos Mártires mexicanos que no dudaron en morir por ti, sepamos también nosotros ser fuertes, confesando tu nombre con nuestras vidas. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
Apocalipsis 7, 13-17; 2 Cor 6, 3-13.
A lo mejor los danzantes ya están quemando nuevamente incienso a Huitzilopochtli por nuestra falta de interés en ellos. Y en vez de pelearnos con el mariachi, ofrecer dos o tres esquemas de Misas, litúrgicamente bien hechos. Hay capacidad.
Dentro de la celebración del gran Jubileo, el Papa Juan Pablo II, canonizó a 25 mártires mexicanos, con los que resplandece toda la Iglesia, pues son los mártires don a la Iglesia Universal. Los Mártires, confesando a Jesucristo y dando su vida por él, edifican a su hermano en la fe, por eso, todo creyente tiene por modelo a los mártires porque no sobreapreciaron la vida de la tierra, sino que la entregaron por su fe en Jesucristo, lavaron sus túnicas con la sangre del cordero y alcanzaron los premios del reino eterno. Entregar la vida por una causa noble, como la nación o unos valores, no es exclusivo del cristianismo, es propio de toda cultura. Hay testigos mártires en todas las naciones y en todas las culturas. El mártir mexicano es aquel hombre o mujer que amando a Dios sobre todas las cosas y amando a su pueblo y su cultura, arriesgaron sus vidas por confesar a Jesús edificando, de este modo a su hermano en la fe. Tenemos al protomártir del cristianismo, Esteban, que comienza su discurso diciendo, cómo él pertenece a ese pueblo y a esa cultura de sus padres y mientras lo apedreaban morirá diciendo: «Señor Jesús, recibe mi espíritu. Luego, doblando las rodillas, gritó: Señor, no les tomes en cuenta este pecado» (Hch 1, 59-60). Al Mártir lo acusan de todo: «Este hombre siempre habla en contra de nuestro lugar Santo y en contra de la ley. Le oímos que Jesús Nazareno destruirá este lugar y cambiará las costumbres que nos dejó Moisés» (Hch 6, 13-14). El Mártir no acusa nunca a nadie, ni a su pueblo ni a su cultura. Y se identifica con Jesús inmolándose a favor de su pueblo y de su cultura. La Iglesia se enraizó en las diferentes culturas a través de sus mártires, pues insisten que Jesús el Resucitado, es la plenitud, es la salvación para ese pueblo y para esa cultura. Los mártires, pues, insisten que Jesús el Resucitado, es plenitud, es la salvación para ese pueblo y para esa cultura. Los mártires, al creer en Jesús, creen que el bien, puede y tiene que triunfar sobre el mal, y que a pesar del sistema injusto, a pesar de todo, el hombre acabará siendo liberado de toda enfermedad, sufrimiento, miseria, opresión, miedo e injusticia. Por eso no renegaron de esa cultura ni se exiliaron de ella. Son testigos, en ella, de Jesucristo Muerto y Resucitado y precisamente por eso, los mártires nos recuerdan que hay siempre una confrontación entre la sabiduría de Dios y la sabiduría de los hombres. Ellos proclamaron, así, una gran revolución; puesto que postularon que el esclavo es el Señor. Ese es el mártir el que testifica que el crucificado es la fuente de la vida y que Dios es pobre y humilde. Que el hombre se realiza a través de la pobreza y del sufrimiento. Los mártires cuestionaron, pues, la raíz última de todas las culturas. Y así fueron haciendo posible el nacimiento de la Iglesia, el nacimiento de una comunidad que confiesa y da la vida por Jesús.
Los confesores en lo cotidiano de la vida: Son gente sencilla, pobre e insignificante, guiados por el Espíritu Santo. Son cristianos llamados a ser testigos del Evangelio con la propia vida, aunque ello no requiera necesariamente el martirio de sangre, sino el de las dificultades de la vida cotidiana: soledad, vejez, enfermedad, pobreza, falta de trabajo, incomprensiones e injusticias recibidas de la vida. Son gente que vive igual que los demás, que trabajan y comen como los demás. Encarnados en medio de su pueblo viven todo desde Jesús. No se diferencian por el exterior, sino por el interior, pues llevan en sí, aquél que les hace vivir. Son hombres y mujeres del pueblo, siempre prontos a dar razón de su esperanza. No juzgan a nadie, pero permanecen libres, ante personas, ideas, instituciones e intereses. Pues quieren significar el amor que ha enviado Jesús al mundo, por eso ellos, despreciando los peligros de muerte, arriesgan sus vidas al hospedar, alimentar y cuidar de los Sacerdotes que durante la persecución permanecieron.
Los Teólogos: Los teólogos saben que el hombre no puede vivir solamente por afirmaciones culturales, sino que necesita de una estructura, un pensamiento que nos conduzca a Dios. Lo mismo que de una filosofía. El teólogo viene a dar coherencia a todo eso; el riesgo es cuando esa teología se convierte en un sistema cerrado, como si el sistema fuera el que salvara. El esfuerzo de los teólogos es imprescindible. El diálogo ente teología y antropología es la expresión misma de Jesucristo. El teólogo auténtico hace su teología de rodillas, abrasado y amando a un pueblo. Ese trabajo de los confesores es importante.
El camino de los místicos: Los místicos fueron siempre personas molestas, porque relativizan y quiebran las imágenes que nos vamos haciendo de Dios y de Jesucristo y nos recuerdan que ninguna imagen nos dice todo ni agota la realidad de Dios. En ese sentido, místico no es el que tiene fenómenos sobrehumanos, más bien son aquellos hombres como Francisco de Asís, Ignacio de Loyola, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, etc. que aciertan en un punto, que quiebran una imagen del todo poderoso para presentarnos al verdadero Dios, pobre y humilde. Quiebran, pues, las imágenes y cuestionan los sistemas en los que con frecuencia la Iglesia tiende a estancarse a estabilizarse o situarse cómodamente. El místico cuestiona nuestro lenguaje, nuestras representaciones y nuestras prácticas, porque insisten que llevan todos ellos la marca de la provisional y que Dios, solamente, se puede hablar con mucha humildad y sabiendo que Dios es más grande que lo que nosotros podemos pensar e imaginar.
Orar contemplando la vida; descubrir lo que está sucediendo. En Hechos 4, 23-31, vemos que la Comunidad está pasando por mal momento. Han puesto en la cárcel a Pedro; el hecho es compartido por la Comunidad que entra luego a releer su situación a través de la Palabra de Dios. En el caso presente iluminan citando el Salmo 2. Entonces empieza la oración común. Oran por la liberación de Pedro, y piden valentía para seguir realizando las obras de Dios.
Los Mártires no sólo han anunciado o confesado la fe, sino que la han atestiguado con el compromiso, aún dando la vida entera. Los términos: mártir o martirio, en el S. II., se aplican a quienes sufren suplicio y muerte por confesar su fe. Pero el mártir no es testigo porque sufre, sino porque es confesor de Cristo, en cuya conformidad sufre y muere. Los dolores del mártir son sufrimientos indebidos e injustos, fruto de un sistema idolátrico que persigue las implicaciones sociales y políticas en el testimonio de fe. De ahí que a nadie se le da la muerte por una fe pura sin implicaciones y sin compromiso, reducida al ámbito privado de su conciencia. El mártir, cuando afirma que Jesús es Cristo o Señor, está dando testimonio por excelencia y de este modo afirma en la historia concreta, la falsedad de muchos ídolos y señores, de innumerables denominaciones y esclavitudes, de multitud de tiranías políticas o económicas, religiosas o sociales.
Los Sacerdotes como discípulos, como pastores y colaboradores de Cristo y de su Espíritu, somos confesores en lo cotidiano de la vida, y nos toca corresponder a la gracia que se nos ha otorgado cada día y contemplar lo que Dios está haciendo para salvar a su pueblo. «Demostramos ser auténticos ministros de Dios: si somos muy perseverantes; soportamos persecuciones, necesidades, angustias, azotes, motines, peligros, noches sin dormir y días sin comer...» (2 Cor 6, 3-13).
P. Ignacio Romo González
III. SAN PEDRO
La vida misma se convierte para el creyente en voz de Dios o revelación de una forma más clara y concreta para la propia existencia, cuando se da espacio para el análisis y la reflexión de los acontecimientos. Si el examen de conciencia, práctica recomendada desde tiempos inmemoriales por la tradición de la Iglesia, va enriqueciendo al creyente a través de los sucesos en la propia vida, ¿cuánto más no nos ha de aleccionar la vida de los héroes o gigantes de la fe, la esperanza y la caridad?. Penetramos, en este espacio en la vida, de uno de nuestros santos mártires mexicanos, el Padre Pedro Esqueda Ramírez, quien sobresalió, entre otros aspectos, por su perfil de catequista. Nació en San Juan de los Lagos, Jalisco; nombre del pueblo que ya preconizaba su futuro: Juan y Agua. El Bautista, quien daba nombre a su cuna, lo abrigaba entre sus brazos contemplando desde el cielo las aguas que brotan todavía del corazón traspasado de Cristo en la cruz y que inundaron la región para dar nombre a esa tierra insigne. La mezcla del rojo y claro que brotó del manantial divino y se prolonga en el cáliz eucarístico, como ofertorio de artífice divino y jornalero humano, sería la síntesis de una vida ejemplar donada en cuerpo y alma al servicio del altar que nutre y la palabra que conforta e ilumina. Aquel 29 de Abril de 1887 que, en cuna joánica paseaba, las pupilas del Bautista fueron su lámpara y la palabra profética su arrullo. Este infante sería, a su imagen, un heraldo catequista que llevara presuroso y optimista el mensaje del amor... El mismo día se rasgaba el cielo irrumpiendo en sus entrañas una voz sonora y clara, al tiempo que sobre su cabeza era derramada el agua: «Este es Pedro, es mi Hijo muy amado, adoptado hoy en gracia». Pobres y sencillos, dos pilares lo albergaban... Labriegos de labranza lanzaban sus semillas, primeras enseñanzas; campesinos de la Iglesia, innatos catequistas fueron para él Margarito y Nicanora, nobles padres. Al calor del capricho sol de gracia iba germinando la semilla: tierno servidor en el altar y alegre cantor... En medio de la paz iba madurando una esperanza... Travesuras y curiosidades de la infancia fueron despertando en el corazón de la inocencia un misterio que tranquilo reposaba. Al que el viento fresco no asustaba, ni el cansancio, ni los juegos doblegaban, fue una casa de semillas la que hizo al pequeño detener su marcha. Semillero primero, trampolín para Guadalajara, sería San Juan su amor de infancia. A la Perla Tapatía ha llegado un viento nuevo. Menos juguetón y más sereno camina, corre y crece madurando un pregonero... Ciudad amable y tierra generosa, compartió con aquel huésped los frutos de su vientre: espinas y rosas, rosas y espinas... Bruscamente sería cancelado aquel huerto, despojando de la tierra un fruto casi hecho, viviendo como diácono, en su tierra, las primicias de la intervención violenta. Pasados ya los meses, la Perla lo reclama para culminar su obra dando la postrera pincelada. El prematuro fruto que salió de las entrañas, encubado en tierra propia, torna presto a la Gran Urbe con el ánimo dispuesto para un nuevo alumbramiento. La Familia Trinitaria que nombre ha dado a aquella casa donde albergan al enfermo fue testigo de aquel hecho el 19 de Noviembre: sacerdote para siempre, siendo el año 16... Mes inolvidable que albergaba en el futuro otra misa con los coros celestiales... La casa madre, su parroquia, fue anfitriona de la fiesta... Con el curso de los años el infante de la Iglesia pasó a ser tenor, cantando así su primera celebración... Once años de vivencias en su casa fueron, como padre, los que Dios le dio. Fue caudillo de la infancia combatiendo con honor, fue «Cruzado de la Mesa» con ejércitos de Dios. Los pequeños de su pueblo crecían en emoción, cruzados se sentían combatiendo en comunión, yendo siempre hacia delante aún después en devoción. A Jesús Sacramentado le rendía homenaje y a María, siempre Virgen, le rendía su vasallaje. Para el grande catequista son los niños su atención, va cuidando su inocencia y el amor del corazón. Era el año 27 de aquel mes ya en mención, cuando tropas federales se lanzaban, como lobos, sobre ovejas y pastor con gran rabia y con furor. «¡No te vayas Padre Pedro, sé testigo del Señor!», voz del cielo misteriosa lo mantuvo en su rincón. ¿Quién le hablaba? ¿Quién pedía? ¿No sería aquel Bautista que un día lo albergara en su mesón? ¿O sería el Angel de la Guarda que le hablaba al corazón? «¡Dios me trajo, dijo Pedro, yo me quedo, no me voy, y si muero en la batalla, Dios será mi salvación!»... Los verdugos se lanzaron contra el siervo del Señor, lo encerraron y golpearon como a Juan, allá en prisión. Las tinieblas y el silencio le brindaron comprensión, los flagelos y tormentos le agrandaban la pasión. Si al Maestro lo mataron, ¿qué se espera de los de hoy?. Lo montaron a caballo conduciendo al paredón, mas llegando a medio viaje lo forzaron a bajar. Ya llevaba el brazo a cuestas y a un árbol se acercó. Fue en un árbol misterioso donde Dios lo redimió, hoy se acerca a otro árbol que los brazos le tendió. Pero el Padre estaba exhausto y el suelo lo besó. Levantando la mirada observaba aquella paja recordando que hace 2000 años a Jesús paja lo abrigó... Imágenes de fuego el verdugo imaginó, más la víctima pensando al Espíritu invocó. Hoy el fuego purifica impregnado por un don, es el Santo Espíritu que da fuerza en el dolor... No llegaba el Cirineo..., no llegaba el Cirineo y el verdugo impacientó. Un disparo a la palabra que al cerebro atravesó y otros dos en el costado van directo al corazón... Se acabaron las palabras, se durmieron los latidos... y al abrigo de una sombra una cruz ya floreció... Los vecinos del lugar fueron pronto donde él, recogieron la semilla y al sepulcro la llevaron cobijando con la tierra la semilla del Señor... En el surco se ha dormido el acólito y cantor..., fue su gente Buen Samaritano la que el brazo le tendió... Fue de Abril el 22 una fecha memorable, sería el año 27 en que Pedro celebrase una misa por su pueblo con los coros celestiales. Es San Juan, hoy de los Lagos, una fuente de piedad que al amparo de María con sus hijos canta ya: «santo, santo; santo es el Señor; santo el Dios de los mortales que a su Hijo nos envió; santo el Dios que hoy nos corona con la palma del Amor!»
«Nadie ignora la gran dignidad y mérito que tiene el misterio de instruir a los niños, principalmente a los pobres, ayudándolos así a conseguir la vida eterna. En efecto, la solicitud por instruirlos, principalmente en la piedad y en la vida cristiana, redunda en bien de sus cuerpos y de sus almas, y por eso los que a ello se dedican ejercen una función muy parecida a la de sus ángeles custodios. Además, es una gran ayuda para que los adolescentes, de cualquier género o condición, se aparten del mal y se sientan suavemente atraídos e impulsados a la práctica del bien. La experiencia demuestra que, con esta ayuda, los adolescentes llegan a mejorar del todo su conducta, que ya no parecen los mismos de antes. Mientras son adolescentes, son como retoños de plantas que su educador puede inclinar en la dirección que le plazca, mientras que, si se espera a que endurezcan, ya sabemos la gran dificultad o, a veces, la total imposibilidad que supone el doblegarlos. La adecuada educación de los niños, principalmente de los pobres, no sólo contribuye al aumento de su dignidad humana, sino que es algo que merece la aprobación de todos los miembros de la sociedad civil y cristiana: de los padres, que son los primeros en alegrarse de que sus hijos sean conducidos por el buen camino; de los gobernantes, que obtienen así unos súbditos honrados y unos buenos ciudadanos; y, sobre todo, de la Iglesia, ya que son introducidos de un modo más eficaz en su multiforme manera de vivir y de obrar, como seguidores de Cristo y testigos del Evangelio. Los que se comprometen a ejercer con la máxima solicitud esta misión educadora han de estar dotados de una gran caridad, de una paciencia sin límites y, sobre todo, de una profunda humildad, para que así sean hallados dignos de que el Señor, si se lo piden con humilde afecto, los haga idóneos cooperadores de la verdad, los fortalezca en el cumplimiento de este nobilísimo oficio y les dé finalmente el premio celestial, según aquellas palabras de la Escritura: Los que enseñaron a muchos la justicia, brillarán como las estrellas por toda la eternidad. Todo esto conseguirán más fácilmente si, fieles a su compromiso perpetuo de servicio, procuran vivir unidos a Cristo y agradarle sólo a él, ya que él ha dicho: cada vez que los hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis». (San José de Calasanz, Presbítero). Más allá de la palabra compartida por el sacerdote, el pueblo cristiano presupone una seria experiencia de Dios en la oración. Dicho pueblo tiene el derecho de acercarse a sus sacerdotes para decirles: «¡Enséñennos a orar!», «¡Dígannos ustedes cuáles son los secretos del Señor!». Apoyados en el testimonio de los contemporáneos de nuestro santo, hay respetables ancianos, podemos ir leyendo en sus palabras los rasgos de una sencilla santidad: «El Padre Pedro se venía de San Juan a Tecua en sus vacaciones. Era muy amable con todos y nos ayudaba a conocer a Dios». Diría otro testigo en su declaración: «Yo recuerdo que era muy amable y muy alegre. A todos, en la catequesis, nos hacía sentir muy bien». Una anciana, entre lágrimas aclara: «Tenía, ciertamente, sus predilectas: eran las niñas más pobres y más feas... y era yo una de ellas». Más delante añadiría: «Días inolvidables fueron los del catecismo diario que parecía festividad». La santidad no se improvisa, por ello, el Maestro Interior nos reta cada día a liberar, en el corazón de la noche obscura, el combate de la fe, del cual se puede salir herido, pero transformado también... Nuestro hombre estuvo a la altura de las exigencias; no desentonó su vida al mezclarla con su voz. Su recuerdo sigue vivo entre los suyos y, en estos últimos días, se ha agregado a este venerable memoria la Iglesia Universal. Nuestra madre y maestra la Iglesia nos recuerda en su magisterio que el primer cometido del presbítero es el de predicar el Evangelio y que, para llevar a cabo la evangelización, el sacerdote ha de convertirse antes en siervo de la Palabra. El predicador debe ser el primero en tener gran familiaridad personal con la Palabra de Dios y debe ser el primer «creyente» de la misma, con la plena conciencia de que las palabras de su ministerio no son «suyas», sino de Aquél que lo ha enviado. Imposible sería pretender establecer un divorcio entre la oración y la predicación cristiana. La una y la otra se reclaman. Esto lleva, necesariamente a un testimonio de vida que hace descubrir la potencia del amor de Dios y hace persuasiva la palabra del predicador. Con alegría profunda y gratitud hacia nuestro Dios, constatamos que el Padre Pedro destacó entre aquellos que llevaron adelante la obra de la instrucción cristiana, «pues la salvación tiene lugar en el conocimiento de Cristo».
«¡Oh Espíritu Divino!: Luz inaccesible que iluminas nuestros pasos y nos llevas por senderos de piedad y devoción. Eres voz que al pecho inflama y traduce al corazón, melodía suave y clara que al profeta voz le dio, eres fuerza incontrolable que al enviado contagió, eres paz que inunda el alma y al mártir confirmó. Huésped Santo, tú que siendo Gran Señor, te revistes de labriego y has hecho de nosotros tierra fértil para Dios, inundando de alegría y de esperanza las regiones de esta gran nación... Hoy irrumpe también en nuestra vida, cual brisa suave que a Elías impregnó, y haz que siempre llevemos en nosotros tu presencia por la gracia y el perdón. Que seamos portavoces y testigos de tu obra, superando las fronteras y el dolor. Que seamos tus testigos para siempre caminando por las sendas del amor. Amén».
Lc 10, 38-42 (Lectura reposada)
Marta lo recibió en su casa, pero todavía no en su corazón. Ella le abrió las puertas aunque no era todavía piedra angular de su mansión. Se afanaba haciendo muchas cosas para que Jesús se sintiera bien; estaba «preocupada» por Jesús, pero no «ocupada» en Él. «María se sentó a los pies de Jesús y se puso a escuchar su palabra». Así como un niño se sienta en el suelo a los pies de sus padres o abuelos y se pone a jugar o a observarlos a la sombra de su mirada, cobijando por su sonrisa..., así María, cual niña que recibe una sencilla lección de catequesis tenía ojos y oídos sólo para Jesús. Un día otra María, su madre, estaría al pie de la cruz tomando la última lección al despedirse de su Hijo... Así, el que de niño se sentaba en el suelo para jugar con los clavos y el martillo de papá, sería llevado hasta lo más alto de la azul inmensidad...
a) Según la tradición las dos hermanas representan dos estilos de vida: Marta representa la vida activa. Se trata del camino apostólico más palpable a primera instancia. Un camino que puede, sin duda alguna, conducir a la santidad; pero que enfrenta el peligro de caer en un extremo: el activismo. Marta aparece tres veces en el Evangelio y, en las tres, como ama de casa que brinda hospitalidad a Jesús. Había desde el principio una muy buena actitud hospitalaria; acogía a Jesús como una buena anfitriona, pero no con el espíritu y ánimo de su hermana. Las actividades de la vida no deben opacar nuestra ocupación principal: amar a Dios sobre todas las cosas... Se trata de un camino del todo válido legítimo; pero no hemos de olvidar que este género de vida se acaba con la historia temporal. b) María representa la vida contemplativa. Se trata de un camino de fecundidad apostólica más discreto. Todo fiel cristiano, de alguna manera, se integra a este género de vida cuando se entrega a la oración... Dicha actividad no se acaba con esta vida, sino que se prolonga en la vida eterna. Son dos caminos válidos que nos han de conducir a la santidad. El sacerdote diocesano está llamado a integrar en su vida las dos actitudes. Aunque la atención de los fieles le reclame más tiempo, ha de esforzarse por rescatar siempre momentos privilegiados para estar a los pies de Jesús. La fecundidad real del apostolado inicia en el encuentro personal con Jesús en la oración.
Desde nuestra propia realidad, activa o pasiva, moderada o extrema, hablemos al Señor. Pongamos nuestros ojos en los suyos y hablémosle... y escuchémosle.
Concentremos nuestra atención en el pasaje evangélico... Simplemente veamos la actitud de las dos hermanas: ante la liturgia de la Palabra que ahí se desarrolla una planea-piensa-trabaja en presencia del Señor; la otra simplemente deja todo para quedarse con Jesús... Tratemos de palpar el ambiente de paz y la fragancia que abriga aquel lugar. Oigamos el golpe repentino de alguien que sacude el polvo detrás... Oídos para el ruido parecen María y Jesús no tener; escucha para el habla Marta no tiene, prefiere su quehacer... María contempla extasiada el rostro de Jesús... Poco a poco olvida que se encuentra en casa para internarse en las pupilas de Jesús, donde percibe, como en gran pantalla, una casa con muchas habitaciones... Todas ellas bien dispuestas y con la puerta abierta para acoger a los cansados peregrinos... Mientras hay muchas habitaciones...». Mientras ella penetra más y más en las moradas, el viento fresco pase sus cabellos y en amaca rítmica llega un nuevo eco: «Vengan benditos de mi Padre porque era forastero y me hospedaron ...».
A partir de la reflexión, o apoyados en las siguientes preguntas que se ofrecen, saquemos un compromiso concreto, delante de Dios, para mejorar nuestra propia vida sacerdotal.
P. Juan Antonio Márquez Gutiérrez
|
||