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Hoy
Jueves, 20 de noviembre de 2008 | 23:37
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EDPIP 120
Temas
IV. SAN
CRISTOBAL
V.
SAN JOSE MARIA
Arquidiócesis de Guadalajara
SAN CRISTOBAL MAGALLANES JARA,
Leer Mt. 28-18-20. San Cristóbal Magallanes Jara (1869-1927), nace en Totatiche, Jal. ingresa al seminario de Guadalajara; ordenado sacerdote en 1899; prestó sus servicios en la escuela de artes y oficinas del Espíritu Santo en Guadalajara, y luego en Totatiche, Jal. Fue fusilado en Colotlán, Jal. en 1927. El Padre Magallanes quiso vivir las exigencias de su bautismo y de su ordenación sacerdotal empeñándose seriamente en la formación de sus fieles. Podemos decir que, garantizando el tiempo que él necesitaba para cuidar su vida espiritual, todo lo demás lo dedicaba a la atención de los fieles, procurando hacerles hombres auténticos y fervorosos cristianos. Trabajó con ahínco en beneficio de sus feligreses y dio misiones a los indios huicholes de Azqueltán, población que actualmente pertenece a la Parroquia de Villa Guerrero, Jal. La evangelización la llevó a cabo exhortando y convenciendo de la verdad, de una forma personal y comunitaria, instruyendo en el confesionario... Pero no sólo catequizó de una forma oral, sino que también utilizó el medio escrito, particularmente mediante el periódico «El Rosario». Si durante la persecución anda por los ranchos y barrancas es para poder seguir atendiendo a sus fieles. Quería que los cristianos se apartaran de los que vivían de los vicios; así se expresaba él: «Háganles el vacío, déjenlos solos. Cuando se inicia algún escándalo en alguna parte, el mejor modo para no contagiarse y para conocer mejor a los escandalosos es abandonar el lugar en que se verifiquen los hechos». Fue capturado mientras desempeñaba sus labores apostólicas. Nunca tomó las armas. Poco antes de ser aprendido había expresado: «la religión, ni se propagó ni se ha de conservar por medio de las armas. Ni Jesucristo, ni los apóstoles, ni la Iglesia han empleado la violencia con este fin. Las armas de la Iglesia son el convencimiento y la persuasión por medio de la palabra». En tiempo de persecución escribe a sus fieles invitándolos a guardar íntegra e inmaculada la fe, ser de costumbres cristianas, perdonar a los enemigos, no guardar rencores, evitar la embriaguez, no juntarse con los ociosos, rezar el rosario todos los días, no traficar con los vicios, respetar a las autoridades públicas. El padre Magallanes quería formar verdaderos hombres y cristianos auténticos. Nos podemos preguntar ahora, ¿de dónde sacaba el señor Cura Magallanes la fuerza para su gran actividad apostólica? Sin duda de su meditación diaria, de la celebración fervorosa de la Santa Misa y de la atención esmerada a los otros medios de crecimiento espiritual. A este propósito, el señor Cura Margarito Ortega (a quien le tocó la suerte, siendo niño, de tener a Cristóbal Magallanes como su párroco) dice del Cura Magallanes: «a muy temprana hora ya estaba arrodillado a los pies del altar tomando contacto con el Maestro Divino, recibiendo órdenes y pidiendo luces para derramar después sobre las almas el consuelo y la paz...»
Momento de compartir:
Señalo aquí algunas ideas presentes en el capítulo II del documento de la Congregación para el clero: «El presbítero Maestro de la palabra, ministro de los sacerdotes y guía de la comunidad ante el tercer milenio»:
«La palabra revelada... al escucharla, el contacto con Dios mismo interpela el corazón de los hombres y requiere una decisión, que no se reduce a un simple conocimiento intelectual, sino que exige la conversión del corazón».
«La Palabra de Dios no puede ser instrumentalizada. Al contrario, el predicador debe ser el primero en tener una gran familiaridad personal con la Palabra de Dios (...), debe ser el primer creyente de la Palabra, con plena conciencia que las palabras de su ministerio no son suyas, sino de Aquél que lo ha enviado».
«Un anuncio doctrinal, teológico y espiritual renovado del mensaje cristiano -anuncio que debe encender y purificar en primer lugar la conciencia de los bautizados- no puede ser improvisado perezosa e irresponsablemente».
«La fuente principal de la predicación debe ser, lógicamente, la Sagrada Escritura, profundamente meditada en la oración personal y conocida a través del estudio y la lectura de libros adecuados... los escritos de los Padres de la Iglesia... la vida de los santos».
«Conviene usar un estilo amable, positivo, que no hiera a las personas, aún «hiriendo» las conciencias, sin tener miedo de llamar a las cosas por su nombre».
¡El mundo brilla de alegría! ¡Se renueva la faz de la tierra! ¡Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo! Esta es la hora en que rompe el Espíritu el techo de la tierra y una lengua de fuego innumerable purifica, renueva, enciende, alegra las entrañas el mundo. Esta es la fuerza que pone en pie a la Iglesia en medio de las plazas y levanta testigos en el mundo para hablar con palabras como espadas delante de los jueces. Llama profunda que escrutas y que iluminas el corazón del hombre: restablece la fe con tu noticia y el amor ponga en vela la esperanza hasta que el Señor vuelva.
Mc 3, 13-19. Leer despacio y con la máxima atención el texto. ¡Es Dios que se dirige a mí! ¡Es a El a quien escucho! ¿Deseo escuchar al Maestro Divino?
Jesús, en la formación del grupo particular de discípulos, procedió muy prudentemente, por etapas: a) primero hubo una llamada tentativa, provisional, de estudio mutuo; b) después de varios meses de prueba, tiene lugar la llamada definitiva; los llamados ya se han decidido definitivamente a seguir a Jesús y han tomado medidas con respecto a sus asuntos familiares, de manera que rompen todos sus anteriores nexos de profesión, de trabajo y de familia, y se unen a la suerte de Jesús. c) Finalmente, llega el momento de la «institucionalización»: elige a «Doce». El número Doce simboliza los doce nuevos patriarcas, las doce nuevas tribus de Israel, el nuevo Israel, el Israel escatológico del final de los tiempos, el nuevo pueblo de Dios. Se institucionaliza el carácter de comunidad de este grupo de doce hombres. Como primera finalidad de este «hacer Doce» pone Marcos el «para que estén con él». Esto supone un proyecto de vida comunitaria ya elaborado: un reglamento de la convivencia, de lo económico, de los oficios internos, etc. Se institucionaliza también la misión. Como segunda finalidad del grupo pone Marcos «para que los envíe a predicar». Jesús tiene estas intenciones con ellos y el proyecto será pronto puesto en práctica, después de unas primeras instrucciones muy elementales. El tema de predicación no será dejado a su arbitrio, sino que predicarán lo mismo que Jesús. Tendrán el poder de Jesús, serán realmente sus plenipotenciarios, su brazo extendido. Serán enviados autorizados de Jesús. En el texto se resalta la absoluta libertad y total iniciativa de Jesús en esta decisión. El es el que llama, y El escoge a los que El quiere. Toda la responsabilidad es exclusivamente de El. Existe una nota distinción entre el grupo segregado de los Doce y el número bastante amplio de otros discípulos. Este grupo es algo absolutamente inconfundible; todos los demás discípulos o seguidores de Jesús, lo son por analogía a ellos, de una manera imperfecta y parcial. El estrato social del cual provienen los Doce es bajo. Esto mismo se puede decir de su cultura: no habrán sido analfabetas, pero sabrían poco. En esta empresa no se podía contar con cualidades humanas; uno ahora entiende por qué Jesús pasó toda la noche orando antes de decidirse.
Preguntas para reflexionar:
Somos sacerdotes, hemos sido llamados por Dios. El es siempre libre de llamar a quien quiere y cuando quiere. La vocación es iniciativa divina: un don hecho a nosotros y, al mismo tiempo, un regalo para la Iglesia. El Señor nos llama para estar con El, nos llama para compartir su amistad y su vida, el estar con Jesús se ha de manifestar en nuestra conversión. De una manera especial hemos de estar todos los días con el Señor en nuestro momento reservado a la oración, el diálogo personal con El. San Cristóbal Magallanes iba todos los días ante el Sagrario para «recibir órdenes»: para santificarse y para saber qué es lo que en aquel día quería el Señor que hiciera. Recordemos que «todo es oración con tal de hacer oración». Después de estar con Jesús, los apóstoles fueron enviados a predicar; no podía ser de otra manera; al llenarse, es preciso desbordar, compartir, participar. Lo que se lleva a los fieles no es "nuestro mensaje", sino el mensaje «de Jesús», no nuestras ideas con independencia de la Palabra de Dios y del magisterio de la Iglesia. Le hemos dado al Señor nuestro Sí para todo y para siempre, y esto implica ofrecerle al Señor el homenaje de nuestra inteligencia y de nuestra voluntad. Nuestro mensaje ha de ser por tanto, no lo que yo pienso y quiero, sino más profundamente lo que piensa y quiere Jesús. De aquí que la base de nuestra predicación ha de ser siempre la Sagrada Escritura que por sí misma tiene gran eficacia. En el ofrecer el alimento de la Palabra a los hermanos hemos de tener cuidado de no hacerlo de forma improvisada, manifestando así nuestra pereza e irresponsabilidad. Siempre saber reservar el debido tiempo a la preparación inmediata, llevando, como nos lo indica la Iglesia, al menos algún esquema. Si nuestro mensaje ha de ser llevar Jesús a las personas, ha de hacerse en primera persona, procurando una predicación positiva y estimulante; de ninguna manera significa que se renuncie a la verdad, sino más bien, como dice el documento de la Congregación para el clero: «conviene usar un estilo amable, positivo, que no hiera a las personas aún «hiriendo» las conciencias..., sin tener miedo a llamar a las cosas por su nombre». Jesús supo estar a solas con su Padre y llevó a las personas su mensaje. Siempre mostró Jesús su amor y respeto a las personas, sin imponer el mensaje, sino más bien suscitando la apertura a la Palabra Divina.
En un momento de silencio pedir a Dios la gracia de poder estar con Jesús para luego llevarlo a los demás. Que logremos ser un «doble de Jesús» para que las personas no sólo «oigan» hablar de Jesús, sino que «lo vean».
Traer a la imaginación una escena de Jesús predicando; pensar en su actitud amable con las gentes, su paciencia, su alegría. Recordar también el celo apostólico de San Cristóbal Magallanes, y pensar: el trato que doy a los fieles, ¿es el que daba Jesús y el señor Cura Magallanes?
P. Mariano Moreno Fonseca
«Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando. En adelante, yo no los llamaré siervos, porque el siervo no conoce lo que hace su Señor. Desde ahora los llamaré amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí a mi Padre». Al hablar de «amigos», el «encadenamiento semita» le lleva llamar a sus apóstoles amigos. Los siervos no saben lo que hacen sus señores. El Antiguo Testamento tenía más aspecto de servidumbre. Los amigos conocen sus intimidades. Y El les «reveló» el gran secreto y mensaje del Padre: El Evangelio, las intimidades de Dios. Pero la verdadera amistad exige obras. Así aquí «sois mis amigos si hacéis lo que os mando» (v. 14). Como amigos de Cristo son predilectos. Directamente no se refiere a la predestinación, sino a la elección, a la «vocación». Y la finalidad de esta elección es para que «vayáis y deis mucho fruto» (cfr. Mt 9, 6). Así lo vivió San José María Robles Hurtado al dejarnos su Liga «Víctimas del Corazón de Jesús»: El Espíritu de la Liga: dice, «toda ella es interior»: no consiste en palabras donosas, no práctica de ordenado mecanismo, no en cobardes miramientos con nuestra vida sensual y soberbia, no en fugaces arranques de amor y servicio, no, en nada de lo anunciado consiste esencialmente nuestra devoción al Corazón Eucarístico de Jesús. Las verdaderas víctimas de Jesús Víctima, hacen de su corazón, penetrado muy adentro del de su Amado:
Por tanto, lo esencial es revestir el alma, del espíritu de inmolación, de reparación, de adoración, de amor, de acción de gracias, de servicio y de petición; trabajar constantemente por conseguir las virtudes del Sagrado Corazón, nuestro divino Maestro; dejar de vivir en cualquier otro lugar, para no vivir ya sino en el Sagrario, muy unidos a Jesús, tanto, que escuchemos y aún sintamos los latidos de su Corazón, hoguera de amor infinito".
«Amigos»; así llamó Jesús a los Apóstoles. Así también quiere llamarnos a nosotros que, gracias al sacramento del Orden, somos partícipes de su Sacerdocio. ¿Podía Jesús expresarnos su amistad de manera más elocuente que permitiéndonos, como sacerdotes de la Nueva Alianza, obrar en su nombre, in persona Christi Capitis?. Pues esto es precisamente lo que acontece en todo nuestro servicio sacerdotal, cuando administramos los sacramentos y, especialmente, cuando celebramos la Eucaristía. Repetimos las palabras que Él pronunció sobre el pan y el vino y, por medio de nuestro ministerio, se realiza la misma consagración que Él hizo. ¿Puede haber una manifestación de amistad más plena que ésta? Esta amistad constituye el centro mismo de nuestro ministerio sacerdotal.
¡Oh Espíritu Divino, oh Paráclito que permaneces con nosotros para siempre, concédenos gozar de tus divinos consuelos! ¡Mira las lágrimas de nuestros ojos, mira la amargura de nuestro corazón, mira que estamos rodeados de sombras y de miserias y de dolores! ¡Oh Consolador excelso, derrama tus consuelos celestiales en nuestras almas para que podamos sufrir, para que podamos luchar, para que podamos vencer! ¡Envuelve en tus divinas alegrías los dolores de nuestra vida para que sea nuestro corazón un trasunto del Corazón de Jesús , y para que, ardiendo en ese amor que derramas en nuestras almas, nosotros, con la sonrisa en los labios y la alegría en el alma, podamos recorrer los senderos de la vida, mientras llega la alegría plena, la alegría inefable, la alegría eterna!
La palabra leída en común: pausadamente se proclaman los textos siguientes: Jn 15, 5-17 y 1 Cor 11, 23-34.
Mirar con atención. Cada uno relee el texto y escoge frases cortas del texto que le hayan impresionado más, lo repite como fórmulas de oración personal (unos 10 minutos).
La palabra escuchada. Dios habla en el silencio, muy quedito, por eso es indispensable el silencio interior ayudado por el silencio exterior. Durante unos 10 minutos, profundiza las frases que más te hayan llamado la atención. Déjate guiar por el Espíritu Santo que te habla en tu Corazón. Así lo experimentó San José María Robles al hablar del Espíritu de adoración de Amor y de Acción de gracias: «Muy grato es al Corazón de Jesús la oración de sus víctimas: Jamás deja de escuchar benévolo sus humildes plegarias. ¡Y cómo les había de cerrar sus misericordiosos oídos cuando ellas le han sacrificado todo, y no conocen sus almas otro anhelo sino el de honrarle, amarle y extenderle el dulce imperio de su amor! Las verdaderas víctimas mimadas. Es su petición un aroma delicioso que brota del alma, pasa por los labios y asciende directamente al Corazón del Esposo... Como te lo prometí, poseerán los tesoros de mi Corazón, y te doy licencia para usar de ellos en beneficio de las personas dispuestas... El quiere que especialmente oremos por las personas predilectas de su Corazón divino: Sacerdotes, Misioneros, Religiosos (as) y por los verdaderos amantes de su Corazón; por las almas más necesitadas, las almas de los agonizantes y las almas del Purgatorio. Se aparece a Santa Margarita mostrándole su Corazón desgarrado envuelto en llamas y le dijo: «Ves aquí el estado a que me redujo mi pueblo escogido, a quien yo había destinado para apaciguar mi justicia; el me persigue. Si no enmienda le castigaré severamente; retiraré a mis justos y sacrificaré lo restante a mi ira». Entonces la Santa, con el pecho transido de mortal angustia, dijo al Señor: «Consumidme hasta la médula de mis huesos antes de condenar esas almas que os han costado tanta sangre, no perdonéis mi vida, yo la sacrifico a vuestra voluntad... Todos vuestros actos, llámense pensamientos, palabra o efectos y también todas vuestras angustias y dolores; todo absolutamente todo, revestidos de su amor en sus múltiples manifestaciones, preséntelos humildemente al Corazón que tanto los ama, que tanto consuelo recibirá y que ya les prepara una recompensa infinita».
A la luz del texto bíblico, pide el Espíritu de Oración al estilo de Jesucristo con una oración filial llena de confianza. Así lo vivía y recomendaba San José María Robles: «Sed almas de oración; aprovechad los tiempos a ella destinados y en vuestros mismos trabajos orad sin intermisión. Las abejas, en medio de su trabajo, zumban; los sacerdotes, en sus labores pastorales, oran. Unid vuestra oración con la del Corazón Eucarístico y, además de ser constante, sea también humilde, fervorosa y confiada. No sea otra cosa vuestra oración sino la dulcísima conversación de vuestra alma con el Amado. No es posible concebir a un Sacerdote sin espíritu de oración. La oración no es otra cosa que la íntima y dulce conversación del alma con Dios, adorándole, dándole gracias por las mercedes recibidas y suplicándole nuevos favores». Si esto es oración, la plática familiar de dos amigos, se sigue que sólo el alma que no ama, no sabe hacer oración; sólo la que no tiene a Jesús por Amigo, es la que no conversa con El. Se sigue también cuán grande es la facilidad para que el alma ore, o cuán sencilla es la práctica de la oración. Basta que se halle el alma con su Jesús, para que comience a abrirse de par en par sus intimidades, contándose sus penas, sus alegrías, sus necesidades, sus temores, sus esperanzas, sus anhelos. No es oración, sino medio para hacerla, el discurso del entendimiento, el afecto del corazón y el recuerdo de la memoria. Oración perfecta es hallarse con Jesús, queriendo conversar con El, aún cuando el entendimiento no discurra ni la memoria recuerde. Cuán cierto es que sólo no hace oración el sacerdote que no quiere hacerla. Vuestra oración para que sea grata a Jesús, y os traiga el fruto apetecido de santificación, debe ser: unida con la de Jesús, humilde, fervorosa, confiada y constante»... 5 (Cfr. Id, en Idem P p 50).
Jesús se pasaba las noches en Oración - Contemplación con su Padre. La Contemplación no es otra cosa que «ver» con los ojos de la fe (Jn 20, 29), más allá de la superficie de las cosas y de las ideas. Es «ver» a Jesús, su «gloria» de Hijo de Dios hecho hombre: «Hemos visto su gloria» (Jn 1, 14; 2, 11). En las circunstancias pobres de la vida de Jesús y de sus signos (palabra, sacramento, comunidad, etc.) se incluye su misterio: «Quien me ve a mí, ve al Padre» (Jn. 14, 9). En el camino de la oración, «contemplar» es «ver» a Jesús donde parece que no está: en el sepulcro vacío (Jn 20, 8), en la bruma del lago (Jn 21, 7), en la propia sequedad y pobreza, en la Palabra de Dios que es siempre más allá de nuestras ideas, sentimientos y experiencias. El corazón se abre plenamente, sin obstáculos, a la Palabra de Dios (cfr. Efes 3, 18-19). La Palabra entra como en el corazón de María, por un proceso de apertura, reconocimiento de la propia pobreza, petición filial y confiada, unión con los designios de Dios. Es entrar en el «misterio» (no necesariamente unida a los fenómenos extraordinarios). La contemplación consiste en una mirada amorosa desde la fe, en «entrar de amistad» con Dios Amor en la soledad del corazón (Santa Teresa de Ávila, Vida 8), es una «noticia amorosa» o «advertencia amorosa, simple y sencilla, como quien abre los ojos con advertencia de amor» (San Juan de la Cruz, Llama 3), es «un conocimiento interno del Señor para más amarle y seguirle» (San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales). La Contemplación es un don gratuito, que Dios quiere dar a todos. A esta gratitud se responde con una actitud de pobreza bíblica, filial y confiada. Es un camino de silencio, a partir de la Palabra de Dios escuchada en la propia pobreza donde espera Cristo, haciéndose «camino, verdad y vida» (Jn 14, 16). A la luz de la Palabra (Cristo, el Verbo encarnado), se emprende un camino hacia el corazón donde espera Dios Amor, hacia la realidad integral, hacia la fraternidad humana y eclesial como reflejo de la Trinidad, hacia la visión de Dios en el más allá. La Contemplación es una presencia de Dios que parece «ausencia» y «silencio» que es siempre mayor purificación, iluminación y unión. Todo el ser del orante va pasando a la sencillez de la donación, que se traducirá siempre en el amor a Dios y a los hermanos. La «reflexión» se va haciendo «adoración»; la «afectividad» se convierte en «admiración»; el diálogo se hace presencia silenciosa y donada. Entonces se acepta la presencia de la Palabra de Dios tal como es, como misterio sorprendente que produce «un silencio lleno de una presencia adorada y amada». Es un silencio que permite al Otro hablar cuando quiera y como quiera, y a nosotros comprender esa Palabra. Es un camino fraterno, abierto a la «sorpresa» y «misterio» de Dios, quien «ha dado a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16).
Nuestro Santo lo expresa con el Espíritu de Servicio en la obra citada «Dicha incomparable sería el poder dar nuestras vidas a trueque de procurar gloria a este Corazón amable». Así que en ninguna cosa le daréis mayor contento que dedicándoos a que su Corazón sea conocido, amado y venerado. Lo cual le agrada más que cuando pudiérais hacer otras cosas. El Corazón divino no exige a nuestros corazones, sino una voluntad decidida a servirle con nuestros pensamientos, afectos, palabras, acciones, dolores, súplicas; con todo, tendamos incesantemente a fundar sobre cimientos muy sólidos el amor infinito del Corazón de Jesús en todos los corazones. A Él tributemos vasallaje, gloria, alabanza y amor eterno». Preguntas para el compromiso:
Al finalizar el Retiro, hágase una pequeña evaluación en donde podrán ver los aspectos positivos y negativos del Retiro y las sugerencias para mejorar nuestros Retiros Espirituales en nuestro Decanato.
P. Sotero Torres González
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