Hoy Miércoles, 07 de enero de 2009 | 15:12

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EDPIP 124

 

 

La Santidad

a) En el Antiguo Testamento
b) En el Nuevo Testamento
c) En el Concilio Vaticano II

 

Miguel Angel Villa roiz

y

Carlos Villa roiz

 

 

"Año de la Santidad"
2002-2003

 

 

 

CAPITULO I

LOS LLAMADOS SANTOS

«En la Iglesia todos, ya pertenezcan a la Jerarquía,
ya sean apacentados por ella, son llamados a la santidad»

(Vaticano II, Constitución dogmática Lumen Gentium, 39).

 

Y la santidad la encontramos en la historia, sin importar sexos, razas, edades o condiciones sociales. Es una realidad al alcance: no está tan alta pero hay que buscarla, desearla... vivir para alcanzarla.

«Santo» en el Antiguo Testamento.

 

Las palabras santo y santidad, bajo la traducción hebrea, se refieren a lo que está separado de lo impuro y lo profano. Definen lo que está destinado al servicio de Dios. Aun tratándose de cosas moralmente limpias, solo se hacen santas cuando son sustraídas del uso profano y quedan positivamente aceptadas por Dios.

Lo santo es una cualidad exclusiva de Dios y su majestad increada. La esencia de Dios es la santidad. En el sentido cultural, es una cualidad de la criatura así ordenada por Dios, como los ángeles; los hombres tienen por vocación ser santos, y esta proviene del Espíritu Santo y se manifiesta como perfección y pureza moral en la forma de pensar y obrar.

A través de los 46 libros del Antiguo Testamento, que van desde el Génesis, pasan por la historia de Abraham -unos 1,850 años a.C.- hasta los albores de la era cristiana, se habla de un Dios «Santo»: (kadosh). Su santidad es un atributo tan exclusivo que só1o Él puede santificarse y para que el hombre lo reconociera, manifestó su gloria a través de su obra, teofanías, correcciones o castigos .

Nadie ni nada es santo o puro por méritos propios, ni las estrellas, ni los ángeles. Dios declara su santidad desde el Génesis (2,2-3): ( EI séptimo día terminó Dios lo que había hecho, y descansó. Entonces bendijo el séptimo día y lo declaró día sagrado...» Así, Dios impuso tiempos sagrados: «Los israelitas guardarán el sábado celebrándolo de generación en generación». (Ex 31, 16) El pueblo judío, al ser nombrado como elegido por Dios, quedó señalado con una vocación de santidad. Yahveh caminó con su pueblo por el desierto: «Respondió él: «Yo mismo iré contigo y te daré descanso» (Ex 33,14); «Yahveh iba al frente de ellos, de día en columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en columna de fuego para alumbrarlos, de modo que pudiesen marchar de día y de noche. « (Ex 13,21-22). «Yahveh dijo a Moisés: «Ve donde el pueblo y haz que se santifiquen hoy y mañana; que laven sus vestidos y estén preparados para el tercer día; porque al día tercero descenderá Yahveh a la vista de todo el pueblo sobre el monte Sinaí. « (Ex 19,10-15)

Dios quiere la santidad de todos pero exige fidelidad (Josué 24,19) «Ustedes no van a poder servir al Señor, porque Él es un Dios santo y celoso, que no va a tolerar las rebeliones y pecados de ustedes. Si ustedes lo abandonan y sirven a otros dioses, el Señor responderá haciéndoles mal, y los destruirá a pesar de haberles hecho tanto bien».

El Antiguo Testamento presenta a un Dios que corrige y castiga, porque la santidad es una exigencia para la salvación: «Sin santidad nadie vera al Señor» (Hb 12,14); «Hijo de hombre, vuelve tu rostro hacia Gog, en el país de Magog, príncipe supremo de Mesek y Túbal, y profetiza contra el. Dirás: Así dice el Señor Yahveh: Aquí estoy contra ti, Gog, príncipe supremo de Mesek y Túbal» (Ez 38,21-23); en términos religiosos y culturales, Dios protege y hace justicia: «Cuando yo reúna a la casa de Israel de en medio de los pueblos donde está dispersa, manifestaré en ellos mi santidad a los ojos de las naciones... Cuando yo haga justicia de todos sus vecinos que los desprecian, se sabrá que yo soy Yahveh su Dios». (Ez. 28,25-26). También existe la santidad bajo una óptica cultural como medio para fomentarla y protegerla de «contaminantes» externos. El libro del Éxodo (29,1) dice: «Para consagrarlos como mis sacerdotes, esto es lo que debes hacer...»

«La santidad de Yahveh, manifestada primero en las majestuosas teofanías del Sinaí (Ex 19,3-20), aparece como un poder aterrador y misterioso, capaz de aniquilar todo lo que le acerque (I S 6,19s), pero también capaz de bendecir a los que reciben el arca donde reside. (2 S 6, 7-11) (X. León-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, Biblioteca Herder, Barcelona, 1993, P. 833).

El nombre de Dios es Santo y esto se revela en lengua hebrea, «Ehyej asher Ehyej» (Yo Soy): «Dijo Dios a Moisés: Yo Soy el que Soy» (Ex 3, 14); «en Él se alegra nuestro corazón, y en su Santo nombre confiamos» (Sal 33,21); «pisan contra el polvo de la tierra la cabeza de los débiles, y el camino de los humildes tuercen; hijo y padre acuden a la misma moza, para profanar mi Santo Nombre» (Am 2,7).

Yahveh expresó su voluntad de ser reconocido como único Dios a través del culto que dictó en su ley o toráh con sacrificios y reglas referentes a la pureza: «Guardad mis mandamientos y cumplidlos. Yo, Yahveh. No profanéis mi santo nombre, para que yo sea santificado en medio de los israelitas. Yo Soy Yahveh, el que os santifica, el que os ha sacado de la tierra de Egipto para ser vuestro Dios. « (Lv 22,31-33); «A Yahveh Sebaot, a ése tened por santo, sea él vuestro temor y él vuestro temblor» (Is 8,13).

Dios se reserva santuarios, montañas y parajes para hablar. El Éxodo (3,5) señala:

 

«Entonces Dios le dijo: -No te acerques. Y descálzate, porque el lugar donde estás es sangrado». A los levitas: «... El sacerdote está consagrado a su Dios. Le tendrás por Santo, porque él es quien presenta el alimento de tu Dios; por tanto será Santo para ti, pues Santo soy yo, Yahveh, el que os santifico» (Lv 21, 7-8); al hablar del «Sancta Sanctorum», un lugar del tabernáculo reservado a los sacerdotes que guardaban el Arca de la Alianza, ordenó: «No entrarán, ni por un instante, a ver las cosas sagradas; de lo contrario morirían» (Nm 4,20). Para la sociología, este tipo de objetos sagrados poseen «mana», es decir, fuerza propia capaz de matar a quien viola aquellas normas que son consideradas como tabú. Para el cristianismo, ningún objeto posee «mana», poder propio; siempre le es dado desde arriba.

 

«Lo impuro y lo sagrado son igualmente ‘intocables ‘ y el que es alcanzado por ellos se hace a su vez ‘intocable’. Estas concepciones primitivas aparecen también en el Antiguo Testamento: no se puede tocar el arca de la alianza, ni tampoco se puede tocar un cadáver; la madre debe purificarse después del parto que la ha hecho impura, y el sacerdote debe cambiarse de vestidos después del sacrificio, que lo ha vuelto sagrado. No se trata de una contaminación física o moral, y la santidad así adquirida no es una virtud del alma: son ‘estados ‘ de los que hay que salir para volver a la vida normal» * (R. de Vaux, Instituciones del Antiguo Testamento, Biblioteca Herder, Barcelona 1992, pág. 581).

En todo caso, el mandamiento es claro: «Sed, pues, santos para mi, porque yo, Yahveh, soy santo, y os he separado de entre los pueblos, para que seáis míos « (Lv 20,26). El sacerdote Salvador Carrillo Alday, autor de más de 50 libros, señala: «La razón de ser llamados a la santidad es que somos propiedad de Dios, somos de la familia de Dios, debemos ser como Dios; y El es santo, tres veces santo (ls 6,3)» * (Salvador Carrillo Alday, Sed de Dios, Instituto de Sagrada Escritura, México 1986; Pág. 13).

«Santo» en el Nuevo Testamento.

 

El Nuevo Testamento es un conjunto de libros sagrados que abarca, entre otros títulos, los evangelios donde se acentúa el concepto de la santidad. Sus autores, los primeros apóstoles, que eran judíos de nacimiento y educados en esta doctrina, lo retomaron del Antiguo Testamento. Así, la idea que se tenía de la Santidad de Dios permanece, por ejemplo, en las cartas de los apóstoles. Dios es el Padre Santo, como lo cita San Juan y se repite en la llamada «oración sacerdotal»: «Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros» (Jn 17,11). En ambos casos, la invitación que se hace a los fieles sigue siendo la misma: «sed santos en toda vuestra conducta» (1 P 1, 15-16).

La santidad de Jesús es ejemplo de santidad humana y está ligada a su filiación divina desde el momento de la Anunciación: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios» (Lc 1,35); Juan Bautista lo confirmó: «Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hch 10, 37-38); la propia fuerza del mal, el diablo, reitera la santidad de Jesús: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios» (Mc 1,24). En el Nuevo Testamento, cuando sus autores se refieren a lo santo y sagrado utilizan la palabra griega arytog???.

Cristo santifica al Padre como lo expresa el Padre Nuestro, y El también fue santificado conforme al Evangelio de Juan ( 10-36) «...El Padre está en mí y Yo estoy en el Padre». Jesús recibió el encargo de causar, por su sangre, la santidad en nosotros: Efesios (5,2): «Condúzcanse con amor, lo mismo que Cristo nos amó y se entregó para ser sacrificado por nosotros, como ofrenda y sacrificio de olor agradable a Dios».

Los milagros de Jesús son señales de santidad más que signos de poder: caminó sobre las aguas, resucitó muertos y salió triunfante del sepulcro porque el templo de su cuerpo fue destruido y en tres días lo reconstruyó. Jesús es Dios Hijo, parte sustancial de la Santísima Trinidad: «En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron» (Jn 1,1-5).

Jesucristo santificó a su iglesia integrada por cristianos: «Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad « (Jn 17,19); la santificó por el bautismo, la fe y el Espíritu Santo: «Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra» (Ef 5,25-26); «respondió Juan, diciendo: "Yo os bautizo con agua; pero viene el que es más fuerte que yo, y no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias. El os bautizará en Espíritu Santo y fuego" (Lc 3,16). Jesús insiste en santificar su cuerpo: «...A la Iglesia de Dios que está en Corinto: a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, con cuantos en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor nuestro, de nosotros y de ellos» (I Co 1,2).

Amor, purificación, invocación divina y el Espíritu Santo son caminos de santidad.

«Y como todos los que anima el Espíritu de Dios son hijos de Dios (Rm 8,14-17), los cristianos no son únicamente profetas sometidos a la acción temporal del Espíritu (Lc 1,15; 7,28), sino hijos de Dios, que tienen siempre en sí mismos la fuente de la santidad divina» * (X. León-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, Biblioteca Herder, Barcelona 1993, pág. 836).

El Nuevo Testamento también emplea la palabra «santo» al referirse a la primera comunidad cristiana: «Respondió Ananías: « Señor, he oído a muchos hablar de ese hombre y de los muchos males que ha causado a tus santos en Jerusalén « (Hch 9,13) y fue empleada para quienes creen en la santidad de Jesús: «Recibidla en el Señor de una manera digna de los santos, y asistidla en cualquier cosa que necesite de vosotros, pues ella ha sido protectora de muchos, incluso de mí mismo» (Rm 16,2).

Los Evangelios citan a varios personajes que identificamos como santos: la Virgen María, San José, San Juan Bautista, Zacarías, Isabel, Simeón, los Apóstoles, San Lázaro, Santa Marta, Santa María de Betania, María Magdalena, Salomé, la viuda de Naím, el Centurión, Zaqueo, el Buen ladrón, Nicodemo, José de Arimatea, etc.

«La santidad es el resultado de muchos principios dinámicos que Dios nos ha regalado por Jesús en el Espíritu Santo (/ Co 1,5; 6,11). Es el fruto de la vida divina en nosotros; de la fe, la esperanza y el amor; de las virtudes y del ejercicio de los carismas» (Salvador Carrillo Alday, Sed de Dios, Instituto de Sagrada Escritura, México 1986; pág. 14).

La santidad de Dios está reconocida en otras religiones. La Iglesia Cristiana Ortodoxa reconoce a los santos. El Corán, por ejemplo, Sura II, 28, dice:. «Cuando Dios dijo a los ángeles: voy a establecer un vicario en la tierra; los ángeles respondieron: ¿vas a colocar en la tierra un ser que cometerá desordenes y derramará la sangre, mientras que nosotros celebramos tus alabanzas, te glorificamos y proclamamos sin cesar tu santidad?.»

En el Concilio Vaticano II.

 

El Concilio Vaticano II (11 de octubre de 1962 - 8 de diciembre de 1965), en su Constitución «Lumen Gentium», Cap. V, Núm. 40, invita a los cristianos a responder a la Vocación Universal a la Santidad en la Iglesia (Documentos completos del Vaticano II, Ed. Mensajero, Bilbao, España 1994; Págs. 51-52): «Jesús, el Señor, predicó la santidad de vida, de la que El es divino Maestro y Modelo, a todos y cada uno de sus discípulos, de cualquier condición que fuesen. ‘Sed, pues, vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto ‘ (Mt 5, 48). Porque envió a todos el Espíritu Santo, que los moviera interiormente, para que amen a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas (cf Mc 12,3()) y para que se amen unos a otros como Cristo los amó (ef Jn 13,34, 15,12). Los seguidores de Cristo. llamados por Dios no en virtud de sus méritos, sino por designio v gracia de El, y justificados en Jesús, el Señor, en la fe del bautismo han sido hechos hijos de Dios y participes de la divina naturaleza, y por lo mismo santos; conviene, por consiguiente, que esa santidad que recibieron sepan conservarla y perfeccionarla en su vida, con la ayuda de Dios. Les amonesta el Apóstol a que vivan ‘como conviene a los santos‘ (Ef 5,3) y que ‘como elegidos de Dios, santos y amados, se revistan de entrañas de misericordia, de benignidad, de humildad, de modestia, de paciencia (Col 3,12) y produzcan los frutos del Espíritu para santificación (cf Gál 5,22; Rm 6,22). Pero como todos tropezamos en muchas cosas (cf Sant 3,2) tenemos continua necesidad de la misericordia de Dios y hemos de orar todos los días: ‘Perdónanos nuestras deudas’ (A!t 6,12).

Fluye de ahí la clara consecuencia que todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la profesión de la caridad, santidad con la cual, aun en la sociedad terrena, se promueve un modo de vivir más humano. Para alcanzar esa perfección, los fieles, según la diversa medida de los dones recibidos de Cristo, deberán esforzarse para que, siguiendo sus huellas y amoldándose a su imagen, obedeciendo en todo a la voluntad del Padre, se entreguen totalmente a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Así la santidad del Pueblo de Dios producirá frutos abundantes, como brillantemente lo demuestra en la historia de la Iglesia la vida de tantos santos».

Durante la cuarta visita pastoral a México -enero de 1999- Juan Pablo 11 entregó a los obispos el documento «Ecclesia In América», Exhortación Apostólica Postsinodal en el que se habla de la santidad. Dice (30): «La Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para América ha querido recordar con vigor a todos los cristianos la importancia de la doctrina de la vocación universal a la santidad en la Iglesia. Se trata de uno de los puntos centrales de la Constitución dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano 11 La santidad es la meta del camino de conversión, pues esta ‘no es fin en si misma, sino proceso hacia Dios, que es santo. Ser santos es imitar a Dios y glorificar su nombre en las obras que realizamos en nuestra vida. ‘ En el camino de la santidad Jesucristo es el punto de referencia y el modelo a imitar: Él es ‘el Santo de Dios y fue reconocido como tal. El mismo nos enseña que el corazón de la santidad es el amor, que conduce incluso a dar la vida por los otros. Por ello, imitar la santidad de Dios, tal y como se ha manifestado en Jesucristo, su Hijo, no es otra cosa que prolongar su amor en la historia, especialmente con respecto a los pobres, enfermos e indigentes».