Hoy Miércoles, 07 de enero de 2009 | 11:32

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EDPIP 126

 

 

San Juan Diego

 

 

Miguel Angel Villa roiz

y

Carlos Villa roiz

 

 

"Año de la Santidad"

2002-2003

 

 

Juan Diego, Cuauhtlatoatzin (el que habla como águila), nació en 1474 en el calpullí de Tlayacac en Cuauhtitlán, establecido en 1168 por una tribu náhua que fue conquistada por Axayacatl en 1416. Era descendiente de Chichimecas, es decir, de bárbaros.

Estudios recientes, afirman que vivió en «Cuautitlán, es decir, Santa Clara, Ecatepec, Estado de México, lo que hace más creíble que así pudiera trasladarse con facilidad al Tepeyac, a Tlatelolco o a Tultepec, que son lugares históricos en su vida.

El Nican Mopohua, el documento más importante sobre la tradición guadalupana, señala que Juan Diego era macehual, de condición social ínfima, no obstante, el Nican Motecpana refiere tuvo posesiones, cosa imposible para los macehuales. Otro estudio, explica mediante la historia de Fernando Alva Ixtlixóchitl esta diferencia de criterios e incluso, se cree que fue un hombre principal de su etnia, razón por la que fue uno de los primeros en ser evangelizado.

Antes de su conversión, Juan Diego era un hombre con principios religiosos pero extraordinario: humilde, sencillo, piadoso, bondadoso, reservado y místico.

Cuando Cortés atacó México-Tenochtitlan, Juan Diego tenía 49 años de edad y en esos momentos, la Triple Alianza-México Texcoco y Tacuba-estaba debilitada y existían fricciones; además de la ayuda que encontró Cortés entre los tlaxcaltecas, se sumaron grupos texcocanos como lo platica Ixtlixóchitl, y Juan Diego quien vivía precisamente bajo la influencia del grupo de Texcoco, debió padecer como todo su pueblo la actitud del conquistador quien le dio la espalda a los texcocanos al momento de repartir las tierras entre los soldados.

«Cortés le dijo a Ixtlixóchitl que le daba en nombre del emperador, para él y sus descendientes, 3 provincias, que eran Otumba, con 33 pueblos, Itziuhcpohuac, con otros tantos, que cae hacia la parte del Pánuco y Cholula, con ciertos pueblos, Ixtlixóchitl le respondió que lo que daba era suyo y de sus antepasados». Esto explica por qué Juan Diego y su tío Bernardino tenían algunos bienes conforme lo indica el Nican Motecpana: «Juan Diego... les dijo que se convenía que se estuviera en su casa, para conservar las casas y tierras que sus padres y abuelos dejaron». Ellos «necesitaban estar vigilantes para no ser despojados...».

Juan Diego contrajo matrimonio con una nativa, que tomó el nombre cristiano de María Lucía; no tuvo hijos.

Fray Pedro de Gante, quien formó parte del primer grupo de tres que llegó a México para evangelizar, arribó en agosto de 1523 y se estableció en Texcoco. Luego, provistos de las bulas "Alias felicis y Exponi nobis fecisti", con poder especial de la Santa Sede a los religiosos que pasaran a la Nueva España, se incorporaron en 1524 los llamados franciscanos encabezados por fray Martín de Valencia «Refieren las crónicas que los indígenas fueron bautizados al otro día de la llegada, porque fray Pedro de Gante les había enseñado ya la doctrina cristiana. Entre los ‘Doce Franciscanos’ llegó fray Toribio ‘Motolinia’ quien en su obra histórica asentó cómo fueron las primeras enseñanzas, las que seguramente recibió Juan Diego».

«Fray Pedro de Gante había tenido tiempo de instruir con esmero a sus discípulos. A menudo se contentaban con una formación sumaria, que abarcaba solamente los puntos esenciales: un solo Dios todopoderoso, eterno, de sabiduría y bondad infinitas, creador de todas las cosas, la Santísima Virgen, la inmortalidad del alma, los demonios y sus perfidias: tales eran en suma, los dogmas a que se limitaba la instrucción según el testimonio de Motolinia, con que los indios eran preparados para el bautismo».

Entre 1524 y 1525, Juan Diego abandonó las creencias de sus antepasados y fue bautizado junto a su esposa. Probablemente ofició «Motolinia» en Santiago Tlatelolco. No hay fe de bautismo pues la costumbre de llevar registros data de tiempo después.

Su esposa María Lucía falleció en 1529, un año después de que por decreto fue creado el obispado de México; entonces Juan Diego se fue a vivir con su tío, también bautizado, Juan Bernardino, en Tultepec, a 14 Km. de la Iglesia de Tlatelolco.

Durante una de sus caminatas, cruzó por el cerro de Tepeyac (punta, nariz), que los españoles llamarían Tepeaquilla, donde los indios adoraban a Tonantzin, Nuestra Madrecita, madre de todos dioses. Allí ocurrió la primera aparición de Nuestra Señora de Guadalupe, en el sitio que hoy conocemos como «Capilla del Cerrito». La Virgen habló a Juan diego en náhuatl y le pidió que viera al obispo para que le edificaran una capilla. «Se afirma con valor jurídico, que el Obispo electo fray Juan de Zumárraga dejó un testimonio escrito del suceso. El documento ha sido buscado cuidadosamente, pero no ha sido encontrado». La Virgen la que llamaba «Tequatlanopeuh o Tequantlaxopeuh, cuyas significaciones respectivas serían La que tuvo origen de la cumbre de las peñas o La que ahuyentó o apartó a los que no comían». Por la dificultad de pronunciar este nombre, lo españoles la llamaron Guadalupe, palabra árabe que significa Río de Luz. En Extremadura, España, se venera a una Virgen con ese nombre.

Aquí comienzan las dificultades, en la traducción de su nombre indígena.

«El nombre náhuatl que verosímilmente dijo la Sma. Virgen a Juan Bernardino y que los oídos españoles asimilaron a «Guadalupe»; de Guadalupe tal vez nunca lo lleguemos a encontrar en ningún documento... proponemos aquí el nombre Cuahtlapcupeuh, o lo que es igual Tlecuauhtlapcupeuh. Los elementos de dicha palabra son: Tle cuauh- Tlapcup-euh, cuya significación es la siguiente:

Tle-tl: fuego

Cuauth-tli: águila

Tlapcup-a: del oriente, de la región de la luz.

El verbo ehua, en forma de pretérito: euh; dicha terminación se usa para indicar el sujeto que hace la acción. Significa: levantar, proceder de.

El significado de dicho nombre, en su forma más sencilla sería: La que procede de la región de la luz como el águila de fuego.

Al momentos de las apariciones, el Papa era Clemente VII. Juan Diego tenía 57 años y la Orden de los Agustinos estaba por llegar. Después de aquellos sucesos, Juan Diego vivió en el cuarto que construyó junto a la capilla que en los primeros años alojó la imagen de su ayate; dejó sus pertenencias a su tío Juan Bernardino quien fallecería el 15 de mayo de 1544, y vivió de modo callado y escondido durante 17 años a lado de la Ermita. El traslado de la imagen a la ermita tuvo lugar el 26 de diciembre de 1531 y entonces ocurre el primer milagro. Las confusiones históricas se explican mejor si se toma en cuenta que la imprenta llegaría a México hasta 1534, en el pontificiado de Paulo III. Después de 1531, Juan Diego dedicó su vida a la difusión oral de las apariciones. Murió poco después de Zumárraga, entre junio y septiembre de 1548, a los 74 años.

Sus restos no han sido encontrados, sin embargo, las fuentes citan: «Sus restos están en la «Capilla antigua», también conocida como la «Parroquia de Indios», al pie del cerro». «Está enterrado en esta iglesia, señala una lápida sepulcral». «Fue sepultado en la ermita (primera capilla) posteriormente sus restos fueron trasladados de un lugar a otro según era trasladada la Sagrada Imagen». Se sabe que su sepultura fue marcada con una «tarjeta de madera» ovalada, con la inscripción: «En este lugar se apareció Nuestra Señora de Guadalupe a un indio llamado Juan Diego, donde está enterrado en esta iglesia» y ésta «fue encontrada posteriormente en una bodega por el señor Ruiz Alarcón, canónico archivero del Templo de Guadalupe. Se la había entregado al sacristán Antonio Romo, y el Sr. José María Ruiz Alarcón la puso en un bastidor, con resguardo de vidriera... la entrega por parte del sacristán tuvo lugar en 1797».

Juan Diego eslabona el mundo antiguo mexicano no cristiano y la propuesta misionera; facilitó el camino a la hiperdulía, es decir, al culto de la Virgen; no obstante, los indígenas ya estaban predispuestos a tenerla en lugar especial en su corazón y en su cultura porque en las religiones mesoamericanas, existía el concepto de dualidad teológica: hombre-mujer, día-noche, vida-muerte; así, ante el naciente cristianismo, la parte femenina fue encarnada por Guadalupe, la Virgen que los propios españoles, desde el primer momento, trataron de fomentar. Recordemos cómo Hernán Cortés impulso imágenes de María en Cozumel, Tabasco, Zempoala, Tlaxcala, ante los emisarios de Moctezuma en Veracruz; lo intentó en Tlatelolco y lo hizo en el Templo Mayor de México Tenochtitlan.

En los propios soldados de Cortés también anidaba el deseo de la aparición mariana y en 1531, muchos hubieran querido estar en el papel de Juan Diego, prueba de ello es que desde antes, tuvieron la ilusión de inexplicables apariciones de la Virgen y el Apóstol Santiago: «Bernal Díaz Castillo dice que en el Centla hizo tres apariciones; Solís plática que ‘exceso es de piedad al atribuir al cielo estas cosas’ y que ‘no es necesario recurrir al milagro visible donde se conoció con tantas evidencias la mano de Dios’. Andrés de Tapia afirma: ‘de manera que fueron tres veces las que apareció que le vimos... Cortés dijo: Adelante, compañeros, que Dios está con nosotros; Bernardino Vázquez de Tapia cuenta ‘un caballo blanco, a cuya causa se desbarataron los indios, el cual caballo no había entre los que traíamos’; López de Gómara también coincide... La cuarta aparición del Señor Santiago fue cuando los españoles huyeron de México-Tenochtitlan, y según ellos, entonces sí se manifestó la virgen, en la Batalla de Otumba. Torquemada dice que el Señor Santiago ‘pelaba sin ser herido y su caballo hacía tanto mal como el caballero con su espada: el Padre Acosta da por verdaderas las apariciones de ambos; Fray Diego Durán afirma: ‘Santiago se apareció ante los guerreros aztecas, a los que puso en fuga habiéndoles roto y ganado sus banderas’». Hay crónicas que afirman que el Apóstol Santiago se apareció en 38 batallas contra los moros durante la reconquista de España. Sin embargo, la Virgen seleccionó en México a un indio convertido y no a un conquistador.

Ante las apariciones guadalupanas, la inquisición no tuvo un papel represivo. El propio obispo Zumárraga era protagonista del acontecimiento. El Santo oficio comenzó a funcionar en México desde 1522 para preservar la fe y los dogmas contra quienes sostenían puntos de vista heréticos o eran culpables de actos inmorales o carentes de respeto hacia los principios religiosos. Todo bautizado está bajo su juridicción; combatía la herejía, la blasfemia y la brujería. «El primer juicio de la Inquisición mexicana data de 1522, y es el juicio del indio Marcos de Acolhuacán por el crimen de concubinato. En dos edictos emitidos en 1523 se encuentra evidencia adicional de que la Inquisición funcionó temprano en México. El primero de ellos se dirigía contra los herejes y los judíos, pero el segundo era tan amplio que apuntaba a toda persona que de palabra u obra cometiera actos que parecieran pecadores. El primer fraile que tuvo facultades inquisitoriales específicas en México fue el franciscano Martín Valencia». Si la Inquisición no detuvo a Juan Diego, dio por veraz la aparición.

Las cuatro apariciones
de la Virgen a Juan Diego

 

En 1550, Antonio Valeriano, un indio egresado del Colegio de Santiago Tlatelolco, parece ser el autor del «Nican Mopohua» que narra las cuatro apariciones de la Virgen y su diálogo con Juan Diego.

Primera aparición: 9 de diciembre de 1531.

 

Muy de mañana, Juan Diego salió de su casa en Tultepec, rumbo a Tlatelolco, para asistir a Misa. Al llegar al Tepeyac, fue atraído por el canto de unas de las aves; luego escuchó que lo llamaban por su nombre y después de trepar, en la cumbre vio a la Virgen: «Juanito, el más pequeño de mis hijos, ¿A dónde vas?... Sabe y ten entendido, tú el más pequeño de mis hijos, que yo soy la Siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios, por quien se vive... Deseo vivamente que se me erija aquí un templo para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa madre... ve al palacio del obispo de México y le dirás cómo yo te envío a manifestarle lo que mucho deseo, que aquí en el llano me edifique un templo: le contarás puntualmente cuanto has visto y admirado y lo que has oído». Juan Diego fue a dar el mensaje al obispo Zumárragan quien tal vez influido por los consejos de Elogio a la Locura (1511) de Roterdam, desconfió de los milagros y no creyó.

Segunda aparición: el mismo 9 de diciembre de 1531.

 

Regresó al Tepeyac. La Virgen lo estaba esperando. Juan Diego le contó que fue recibido por el obispo pero que no tomó por cierta la aparición. La Virgen respondió: «Mucho te ruego, hijo mío el más pequeño, y con rigor te mando, que otra vez vayas mañana a ver al obispo. Dale parte en mi nombre y hazle saber por entero mi voluntad, que tiene que poner por obra el templo que le pido. Y otra vez dile que yo en persona, la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, te envía».

Tercera aparición: 10 de diciembre de 1531.

 

De madrugada fue a Tlatelolco, escuchó misa y nuevamente pidió ser recibido por el Obispo. Zumárraga lo recibió e interrogó. Le dijo a Juan Diego que pidiera una señal a la Señora Regresó al Tepeyac y salió a su encuentro la Virgen. Le dijo a Juan Diego: «Bien está hijo mío, volverás aquí mañana para que lleves al obispo la señal que te ha pedido; con eso te creerá y acerca de esto ya no dudará ni de ti sospechará». Juan Diego no pudo volver al día siguiente: Su tío Bernardino había enfermado.

Cuarta aparición: 12 de diciembre de 1531.

 

Juan Diego salió a buscar un sacerdote para su tío quien estaba moribundo. No se quería encontrar a la Virgen para llegar pronto a Tlatelolco, por lo que tomó una ruta diferente; pero la Virgen le salió a su encuentro y le dijo: «¿No estoy yo aquí que soy tu madre?, ¿No estás por ventura en mi regazo?, ¿Qué más has menester? No te apene ni te inquiete otra cosa; no te aflija la enfermedad de tu tío, que no morirá ahora de ella: Estás seguro de que ya sanó...». Luego le dijo: «Sube, hijo mío el pequeño, a la cumbre del cerrillo, allí donde me viste y te di ordenes, hallarás que hay diferentes flores; córtalas, júntalas, recógelas; enseguida baja y tráelas a mi presencia». Así lo hizo. «Hijo mío el más pequeño, esta diversidad de rosas es la prueba y señal que llevarás al obispo. Le dirás en mi nombre que vea en ella mi voluntad y que él tiene que cumplirla». Juan Diego fue a Zumárragan al Palacio Arzobispal (calle de Moneda), y frente a el, desplegó el ayate en la que llevaba flores; en su manto apareció la imagen de la Virgen. Zumárraga llevó la tilma a su oratorio y retuvo un día al indio; luego, juntos, fueron a ver al tío Bernardino y a los sitios de las cuatro apariciones. Se habla de una quinta aparición ante Bernardino.

En 1544, la devoción hacia ella creció a tal punto que durante una epidemia del Cocolitztli que mató a 12 mil personas, la nación se encomendó a la Virgen de Guadalupe de México y todos los escritos de la epoca afirman que ella salvó a su pueblo.

Un proceso de canonización difícil.

 

El proceso de canonización de Juan Diego, desde el siglo XVIII hasta su beatificación el 6 de mayo de 1990 ha enfrentado continuos obstáculos.

La primera se debió a que el culto popular inició poco después de la muerte de Juan Diego y el Papa Urbano VIII había emitido un decreto en 1634 que prohibía tributar culto a los Siervos de Dios no canonizados. Este problema se superó al demostrar que había desobediencia al decreto pues la fama de santidad era anterior. Lo mismo ocurrió con el Breve de 1634 "Caeletis Hierusalem Cives" que «señaló como obligación el instruir un Proceso sobre la ausencia del culto ilegítimo el que no fuera inmemorial, o que no hubiera comenzado cien años antes del Breve mencionado». De acuerdo al Código de 1917, se pudo probar el hecho de no haber iniciado el proceso diocesano, como marca la ley, dentro de los 30 años siguientes de la muerte de Juan Diego, ocurrida en 1548, no encerraba dolor ni negligencia por las condiciones especiales de la historia de la tradición guadalupana.

El 7 de enero de 1984 se publicó un edicto en la Basílica de Guadalupe informando que iniciaba el proceso canónico de Juan Diego, bajo las normas de Constitución Apostólica "Divinus Perfections Magister" de Juan Pablo Segundo; el 11 de febrero de 1994 iniciaron investigaciones para armar un expediente. El 30 de enero de 1990, consultores especializados en materias históricas examinaron documentos y pruebas en torno a Juan Diego; desde el punto de vista teológico, hubo otra reunión de estudio el 9 de marzo de 1990. El 3 de abril, se reunieron en el Vaticano cardenales y obispos de la Congregación; el ponente fue el Cardenal Agnello Rossi quien aprobó la fama de santidad desde tiempo inmemorial. El 17 de diciembre de 1989, se publicó la «Positio» del Proceso; un resumen. «Lo que se trataba no era de decidir si se beatificaba o no a Juan Diego, sino de dejar claro si las pruebas aportadas de su existencia y santidad eran históricamente correctas. En la discusión se plantearon 3 interrogantes: I.- ¿Si las investigaciones de documentos para comprobar la vida, virtudes, y fama de santidad del Siervo de Dios Juan Diego, han sido realizadas plena y correctamente?, II.- ¿Si los documentos reunidos y expuestos en la Positio merecen fe histórica?, III.- ¿Si en esos documentos aparecen elementos que proporcionen su sólido fundamento histórico para emitir un juicio sobre la Fama de Santidad del Siervo de Dios, ‘con la peculiaridad antedicha del culto’ y del ejercicio de las virtudes?... Al primer punto, 3 respondieron con plena afirmación, uno afirmando pero pidiendo una modificación, otro afirmando con reserva y otro suspensivamente. Al segundo punto: 3 con plena afirmación, uno afirmando pero pidiendo una modificación, y 2 suspensivamente. Al tercer punto: los 6 dieron su voto afirmativo en forma unánime». Lo anterior fue citado por el Padre Guerrero, en el entendido de que aquellos que pedían modificaciones, procuraban mejoras de forma y no de fondo. El caso se turnó al conocido como «Abogado del Diablo», nombramiento que recibió Monseñor Antonio Petti, quien después de la revisión de 9 teólogos, y de buscar posibles objeciones, dio su visto bueno. Una Comisión de Cardenales, adicionalmente, revisó las pruebas y las aprobó. Una vez cumplido el proceso, Juan Pablo II, lo beatificó.

«Juan Diego no es un mero ‘símbolo’; quedó reconocido oficialmente por la Iglesia como alguien enteramente real, una persona de carne y hueso, y su beatificación es totalmente verdadera». Aunque sus biografías son deficientes, su fama de santidad es un común denominador desde el tiempo inmemorial.