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Hoy
Miércoles, 07 de enero de 2009 | 15:42
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EDPIP 131
Ungido Para Servir
Homilía del P. Arturo Martín del Campo en la Eucaristía de las Bodas de Plata del Sr. Cura Juan Navarro Castellanos en San Julian el Alto, Jal., el dia 23 de Diciembre del 2002
"Año de la Santidad" 2002-2003
Muy querido Padre Juan: En este aniversario especial de tu ordenación sacerdotal queremos gozar contigo y dar gracias a Dios por las maravillas que ha obrado en ti y en las comunidades a quienes has venido sirviendo. Queremos contemplar con los ojos de la fe lo que misteriosamente eres desde el día de tu ordenación sacerdotal: - Ungido. - Hombre de Dios y Hombre del Pueblo. - Pastor que da vida. - Formador del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia.
Eres ungido. Participas de la unción que el Espíritu de Dios derrama sobre los elegidos para realizar la obra del Reinado de Dios entre los hombres. La identidad de tu ser y misión es la que expresaba el Profeta Isaías y que Jesús tomó para sí mismo: "El Espíritu del Señor está sobre mi. El me ha ungido" (Is. 61, 1 y Lc. 4, 18). Hace 25 años, en aquel día bendito 23 de diciembre de 1977, dentro de la Basílica de Nuestra Señora de San Juan de los Lagos, el Espíritu de Dios se posó en la intimidad de tu alma mediante el gesto sacramental del Sr. Obispo Francisco Javier Nuño al imponer sus manos episcopales sobre tu cabeza. Te ungió con la presencia viva de Dios Padre, Hijo y espíritu Santo. Te transformó en el hombre nuevo consagrado para servir. El perfume de esa unción sacerdotal se ha extendido a lo largo de tus 25 años de ministerio a cientos y cientos de personas que con el testimonio de su vida se han convertido en el "buen olor de Cristo" (2Cor. 2, 15) en las familias y en la sociedad. Tu has ungido a toda una nueva generación de fe, haciendo de ella el actual pueblo de Dios, concretizado en las comunidades parroquiales. Por tu medio la Iglesia sigue viva en el mundo y en él Cristo está presente. Qué hecho tan motivante para ti, y para que nosotros juntamente contigo hoy demos gracias a Dios.
La unción que recibiste del Espíritu Santo, como la de los antiguos profetas y reyes, sobre todo como la de Cristo, es para un envío, para una misión: la misión de restituir la vida de Dios perdida por el pecado. Tu envío procede de la Santísima Trinidad. El Padre, para realizar su plan de salvación, envió a su Hijo al mundo. El Padre y el Hijo, para animar a la Iglesia naciente, enviaron al Espíritu Santo. El Hijo y el Espíritu Santo, a fin de que continuara el anuncio del Reinado de Dios, enviaron a los apóstoles. Los apóstoles, mediante la imposición de las manos, enviaron a sus sucesores para que éstos a su vez hicieran lo mismo. Este envío ha continuado de generación en generación hasta nuestros días en la Iglesia Católica. Tu y yo y todos los sacerdotes consagrados en ella, tenemos este envío legítimo que procede de Dios Trino y Uno. Por eso la existencia y presencia del sacerdote es indispensable para que la Iglesia exista y la obra salvífica de Cristo se realice. Una vez ungido, el Espíritu de Dios te ha conducido a varios lugares a donde el obispo te ha enviado para que anuncies la buena Nueva de un Dios que salva: A Jalostotitlán durante 5 años. A San Juan de los Lagos durante 10 años atendiendo las comunidades del Espíritu Santo, San José y varios equipos de la Pastoral diocesana. A San Julián desde hace 9 años. En todos esos lugares, a cuántos hombres y mujeres les has restituido la vida nueva de Dios mediante el Bautismo y la Eucaristía. A cuántos corazones heridos por el pecado les has sanado por los sacramentos de la Reconciliación y Unción. A cuántos hombres y mujeres bautizados les has impulsado a ser testigos de Cristo, en el mundo y en las familias, mediante los sacramentos de la Confirmación y matrimonio. A cuánta gente empobrecida y carente de dignidad les has asistido y promovido mediante la organización de obras de misericordia, caridad, justicia, y promoción humana. En todas esas comunidades has dejado marcada la huella de Cristo. ¡Qué dicha la tuya! Cómo no dar gracias a Dios que ha hecho de tu vida sacerdotal un instrumento de su amor creador, redentor y santificador, a favor de tus hermanos. ¡Bendito sea Dios!
El sacerdote de Jesucristo es tomado de entre los hombres a favor de los hombres en lo que toca a las cosas de Dios para hacerse solidario con los ignorantes y extraviados, nos dice la Carta a los Hebreos (Hebr. 5, 1-2). El sacerdote ha de ser al mismo tiempo hombre de Dios y hombre del pueblo. Como hombre de Dios, el sacerdote por su consagración sacramental queda destinado, separado, apartado para Dios, para llenar toda su vida de un encuentro íntimo con Dios mediante la oración y la contemplación. El reciente documento de la Congregación para el Clero, "El Presbítero, Pastor y guía de la Comunidad Parroquial", nos dice: "La espiritualidad sacerdotal exige respirar un clima de cercanía al señor Jesús, de amistad y de encuentro personal con El" (Doc. No. 13). El Papa Juan Pablo II nos dice: "Lo que nos propongamos debe estar fundamentado en la contemplación y oración" (NMI 15). Como hombre del pueblo, el sacerdote experimenta la debilidad del hombre pecador: "También a él lo asedia la debilidad y por eso debe ofrecer sacrificios tanto por los pecados propios como por los del pueblo" (Hebr. 5, 3). A través de su persona y ministerio el sacerdote ha de prolongar la encarnación de Nuestro Señor Jesucristo haciéndose solidario con la gente de su comunidad, "buscando a los fieles, visitando a las familias, participando en sus necesidades y alegrías. Corrige con prudencia. Cuida de los ancianos, débiles, abandonados, enfermos y se entrega a los moribundos. Se esfuerza en la conversión de los pecadores. Dedica especial atención a los pobres y afligidos, fomenta el crecimiento de la vida cristiana en las familias" (Congr. Para el Clero, Doc. citado No. 22) Todos los sacerdotes debemos unir contemplación y acción pastoral al estilo de Jesús, como lo describe San Marcos: "Cuando Jesús salió de la casa de oración, se vino a la casa de Simón y Andrés... La suegra de Simón estaba en cama con fiebre... Tomándola de la mano se le quitó la fiebre... Por el atardecer Jesús sanó a muchos enfermos... echó a muchos demonios... De madrugada fue a un lugar solitario donde se puso a orar" (Mc. 1, 29-35). P. Juan, para que puedas ser hombre de Dios, metido en el servicio al pueblo, has de cultivar simultáneamente la intimidad con Dios por la oración contemplativa y la acción pastoral en cercanía a la problemática de la gente.
Nuestro Señor Jesucristo nos ha dicho: - "Yo soy el Buen Pastor. El Buen Pastor da la vida por sus ovejas" (Jn. 10, 11). - "Yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn. 10, 10). Nos dice estas cosas porque El sabe que Dios es vida, dador de vida: "Dios, no es un Dios de muertos, sino de vivos", aclara a los saduceos (Mt. 32, 22). El mismo se sabe Hijo de Dios poseedor de la vida del Padre: "Así como el Padre tiene vida en si mismo, asi también ha dado al Hijo tener vida en sí mismo" (Jn. 5, 26). Conciente de esta misión Jesús anuncia el Reinado de Dios no solo con palabras sino con obras que restituyen vida y salud: - Convive con los pecadores (ver Mt. 9, 10-13). - Perdona los pecados (ver Mt. 9, 2). - Expulsa demonios (ver Mc. 1, 34). - Sana a los enfermos (ver Mc. 1, 31-36). - Sacia el hambre (ver Mc. 6, 35-41). - Denuncia las opresiones (ver Mc. 10, 42-43) - Devuelve la vida a los muertos (ver Jn. 11, 32-44). Jesús se constituye Buen Pastora dando vida, temporal y eterna. A los sacerdotes y obispos de México, nos toca ser pastores en el contexto de un país donde más de 45 millones de personas viven en pobreza que cada vez se hace más extrema. A esta pobreza se añade el desastre de la corrupción que destruye la calidad de vida en todos los niveles: por la inseguridad pública, crueles y torpes asesinatos, injusticias, abortos, prostitución, consumo y mercado de drogas. Vivimos una situación de grave pecado individual y social. Ante este desafío de la cultura de la muerte se requiere una acción pastoral promotora de la vida y de la dignidad humana. A ti P. Juan, te toca ser Pastor que ofrezca la vida de Dios y la propia, desde esta comunidad de San Julián. Te toca ser evangelizador y promotor de la cultura de la vida, pues servir a la vida con el espíritu de Nuestro señor Jesucristo, es dar gloria a Dios, como ya escribía S. Ireneo, Padre de la Iglesia del siglo II: "La gloria de Dios está en que el hombre viva" (Contra los Herejes IV, 20, 7). El Papa Juan Pablo II en su encíclica, El Evangelio de la Vida, nos dice: "Es necesario hacer llegar el evangelio de la vida al corazón de cada hombre e introducirlo en lo más recóndito de la sociedad" (EV 80).
Para muchos padres de la Iglesia son tres las formas como se hace presente y se manifiesta el Cuerpo de Cristo. Una es la forma física e histórica del cuerpo que asumió el Hijo de Dios nacido de María Virgen. Otra forma es la eucaristía en la que el mismo cuerpo de Cristo resucitado se hace presente bajo las especies de pan y vino. Una tercera forma es la Iglesia, cuyos miembros unidos por el bautismo, forman un solo cuerpo cuya cabeza es Cristo resucitado. Del cuerpo eucarístico de Cristo brota la formación del Cuerpo de la Iglesia, que debe ser uno solo, animado por un mismo espíritu, puesto que hay, como dice San Pablo, "un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos" (Ef. 4, 5-6). Por esta misma razón el apóstol invita a mantener la unidad, la comunión: "Mantengan entre ustedes lazos de paz y permanezcan unidos en el mismo espíritu" (Ef. 4, 3). Como pastor, te toca ahora ser formador del Cuerpo eclesial en esta comunidad parroquial de San Julián. Comunidad cuyo origen, según los investigadores, entre ellos la historiadora Laura González Ramírez hija de esta ciudad, se remonta a la Hacienda de Sánchez cuyos dueños, en torno al año 1830, establecen una posada para transeúntes con el nombre de "puesto San Julián" que se convirtió luego en la Villa de San Julián con su plaza y capilla al centro. El nuevo poblado toma fisonomía de cuerpo eclesial y de cuerpo social al mismo tiempo y por mutuo influjo: En 1895 se erige la parroquia. En 1912 se constituye el Ayuntamiento. En 1927 surge operante el movimiento cristero. En ese mismo año, el 30 de marzo, su tierra es regada con la sangre mártir del Padre Julio Alvarez Mendoza. Este proceso de la formación del cuerpo eclesial y social de San Julián siempre ha estado bajo la guía y animación de insignes y entregados párrocos: - Narcizo Elizondo, primer párroco, hasta 1933. - José Refugio Macías, hasta 1965. - Feliciano Macías, hasta 1993. - Juan Navarro, actual párroco desde hace 9 años. P. Juan, Dios ha puesto en tus manos de pastor la tarea de transformar con la fuerza del Espíritu Santo la sociedad de S. Julián en el cuerpo eclesial de Nuestro Señor Jesucristo, es decir, en una Iglesia parroquial viva que ha de manifestarse una, santa, católica y apostólica. Aquí debes actuar con todo amor y entrega como ungido, enviado, hombre de Dios y del Pueblo, Pastor que da vida, formador del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Agradezco me hayas invitado a compartir esta tu acción de gracias. Con gusto acepté motivado por las relaciones que nos unen, de parentezco y de maestro-alumno durante tu estancia en el Seminario de Guadalajara. Lo que te he dicho, lo digo para mí, pues también hoy es aniversario de mi ordenación sacerdotal. ¡Dios te bendiga!
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