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Miércoles, 07 de enero de 2009 | 13:23
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EDPIP 138
Adultez cristiana
Pbro. Bernardo Santana Ramírez
"Año de la Eucaristia" 2003-2004
El delinear el adulto creyente es de suma importancia, ya que la imagen de cristiano que hay que promover es determinante para la eficacia de la acción evangelizadora y de la Catequesis de Adultos, evitando nuevas formas de infantilismo e inmadurez. El punto final de la catequesis de adultos, su objetivo último, es la maduración de la opción de fe y la consiguiente expresión organizada y estable de la misma en al vida cotidiana. Es integrar la fe y la vida. La Catequesis de Adultos se centra, por tanto, ineludiblemente en que el adulto realice esta orientación existencial de su vida desde la fe y descubra en la fe el núcleo central de máximo valor a partir del cual puede plantearse y vivir TODA SU VIDA. Si esto no es así, será una pastoral inútil, que será reducida a aspectos exteriores y periféricos de la vida. La persona de Jesucristo y su mensaje es el centro de este proceso de maduración, como principio unificador y totalizante de la personalidad del adulto. No es un valor secundario vivido como alternativo entre tantos otros, sino una experiencia central en la Persona de Jesucristo que reorganiza toda la personalidad: entendimiento, voluntad, actitudes y acciones. Se trata de un único proceso de maduración que integra lo humano y lo cristiano, no primero uno y luego otro, sino simultáneos desde la vida cotidiana del mismo adulto. Es la experiencia encaminada a conseguir que el proyecto de vida personal y grupal entre a formar parte del proyecto que Dios tiene para todos los hombres y mujeres. Pero ¿Qué tipo de hombre? Para promover una correcta catequesis de adultos es necesario estar atentos a la verdadera identidad de la catequesis, a sus tareas y al carácter adulto que se necesita garantizar. Cuando se habla de finalidad y de objetivos, se entiende clarificar el modelo de cristiano a promover y el tipo de comunidad eclesial a construir a través de la obra formativa de la catequesis.
a) Finalidad de la catequesis de adultos. El fin de toda catequesis es poner a la persona en contacto, en comunión, en intimidad con Jesucristo vivo (cf. CT 5, DGC 80-83); se propone fundamentar y hacer madurar la primera adhesión a Jesucristo y su mensaje. Esta finalidad se expresa en la profesión de fe en el único Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
«La catequesis de los adultos consiste en una primera profundización elemental, integral y sistemática de la fe recibida en el bautismo, llamada a crecer a lo largo de la vida de toda la persona, con vistas a la plena madurez en Cristo» (COINCAT, 1990 ). Su meta no es otra que la confesión adulta de una fe depositada germinalmente en el bautismo y asumir personalmente y responsablemente su condición de adulto y de bautizado. La finalidad del proyecto es ofrecer a los adultos un itinerario formativo que lleve a la confesión de fe, esto es, la entrega confiada del hombre a Dios, realizada en la Iglesia, para el servicio del mundo.
b) Tareas de la catequesis de adultos. Las Tareas o dimensiones fundamentales que persigue la catequesis de adultos son (cf. DGC 175; RICA 19):
- Iniciación orgánica en el conocimiento del misterio de la salvación. «La auténtica catequesis es siempre una iniciación ordenada y sistemática a la Revelación que Dios mismo ha hecho al hombre en Jesucristo» (CT 22). Es una dimensión noética o cognoscitiva de la fe que le de al catequizando la capacidad de vivir con hondura su fe cristiana, para que pueda dar «razón de su esperanza» ante el mundo. Desarrollar los fundamentos racionales de la fe que lo capaciten para dar respuesta a los interrogantes religiosos y morales de hoy. La catequesis debe ofrecer una síntesis orgánica y significativa del mensaje cristiano (Escritura y Tradición).
- Iniciación en la vida evangélica. Iniciación en la vida evangélica, en este estilo de vida nuevo, «que no es más que la vida en el mundo, pero una vida según las bienaventuranzas» (CT 29). La catequesis debe de entrenar en las actitudes básicas propias del Maestro. Esta educación en las actitudes específicamente cristianas deberá mostrar «las consecuencias sociales de las exigencias evangélicas» (CT 29). Es la dimensión axiológica de la fe, por medio de una auténtica enseñanza moral individual y social. Educar para juzgar con objetividad los cambios socio-culturales de nuestra sociedad y ser protagonista en el devenir de la sociedad según los valores del evangelio.
- Iniciación en la oración y en la liturgia. Una iniciación en la experiencia religiosa genuina, en la oración y en la vida litúrgica, que eduque para una activa, consciente y auténtica participación en la celebración sacramental. «La catequesis se intelectualiza si no cobra vida en la práctica sacramental» (CT 23), ya que «recibe de los sacramentos vividos una dimensión vital que le impide quedarse en meramente doctrinal» (CT 37). Promover la formación y la maduración de la vida en el Espíritu de Cristo Resucitado. Es la dimensión contemplativa de la experiencia cristiana que ha de estar presente a lo largo de todo el proceso y de toda la vida.
- Iniciación en la acción apostólica misionera. Una iniciación en el compromiso apostólico y misionero de la Iglesia que es fruto de una vivencia de fe. «La catequesis está abierta, igualmente, al dinamismo misionero. Si se hace bien, los cristianos tendrán interés en dar testimonio de su fe, de transmitirla a sus hijos, de hacerla conocer a otros, de servir de todos los modos a la comunidad humana» (CT 24). Es la dimensión apostólica. Se ha de educar al adulto cristiano para participar en las tareas intraeclesiales a través de los carismas y ministerios que el Espíritu suscita en la Iglesia. Formar para asumir responsabilidades en la misión de la Iglesia y para saber dar testimonio cristiano en la sociedad. Se trata de educar además en las actitudes en que debe evangelizar.
c) Adulto en la vida El actuar adulto manifiesta una estabilidad afectiva que le permite optar libremente y asumir con responsabilidad los desafíos y tareas de su proyecto de vida.
«La madurez humana se comprueba sobre todo en cierta estabilidad afectiva, en la facultad de tomar decisiones ponderadas y en recto modo de juzgar sobre los acontecimientos y los hombres» (OT 11). Los elementos que caracterizan la madurez psicológica de una persona, podríamos englobarlos en tres: - Una relación positiva consigo mismo hasta formar una identidad propia, capaz de amar, optar libre y conscientemente. Lo que implica conocerse a sí mismo, aceptarse, con una visión positiva de sí, evitar el infantilismo y el narcisismo, comunicar con libertad el propio mundo interior, capaz de tomar decisiones coherentes y responsables. - Una relación positiva con los otros, que sabe llegar al corazón de cada persona, la acepta como alguien distinta, evita todo intento de manipulación o dominio, la valora por encima de las apariencias, actitud de comprensión y apertura al cambio de los otros. - Una relación positiva con el mundo, sabe discernir los signos de los tiempos; tiene claro sentido de la realidad que valora lo positivo y lo negativo, desde sus raíces, que en ella existe, y la interpreta con una visión de fe, sabe tomar posición ante los conflictos y la responsabilidad por transformarla. El crecimiento humano, la madurez, no se improvisa, ni es un proceso «natural» o «mecánico» que viene por sí solo, sino que se trata de una conquista personal de un equilibrio entre las diversas esferas y ámbitos de la personalidad, ello tiene necesidad de ciencia, de ideas, de decisiones, de compromisos, de opciones ; se trata de un proceso que se construye día a día; la conciencia de ello le permite ser una persona abierta al cambio, capaz de escuchar y discernir; así como un conocimiento profundo de sus potencialidades y capacidades, de sus limitaciones y sombras, con una sana capacidad de autocrítica y de autocomprensión. La madurez psicológica es una tarea permanente que dura toda la vida.
d) Adulto en la fe Estas dimensiones han de llevar al adulto a una madurez y adultez en la fe, lo que significa desarrollar varias capacidades del adulto como persona creyente:
- La capacidad de situarse como criatura ante el Creador y como hijo ante Dios-Padre; de reconocer a Jesucristo como su salvador y al Espíritu Santo como el origen de la santidad; de abrir la propia existencia al don de Dios en el espíritu de oración confiada.
- La capacidad de percibir la propia vida y la historia humana integradas en la realización de un proyecto que no es propio, sino de Dios: la historia de la salvación. La persona es capaz de encontrar respuesta y dar sentido a las grandes preguntas existenciales que tantas veces atormentan al ser humano.
- La capacidad de orientar la propia conducta en la dirección de lo que se va descubriendo como voluntad de Dios. Ejercicio de discernimiento en la libertad de aquello que Dios quiere.
- Conciencia viva y operante de la pertenencia a la comunidad eclesial. Identificación con el ser y con la misión de la Iglesia asumidos en la propia responsabilidad según sus circunstancias y condiciones de cada uno.
- Presencia en el mundo y en sus variados ámbitos (familia, cultura, trabajo, economía, política, etc.), en cuanto seguidor de Jesucristo, y para colaborar con otras personas de buena voluntad en la construcción de una sociedad según el ideal del Reino de Dios.
- Una asimilación contemporánea de una estructura de conocimiento de los contenidos de la fe, acorde a la realidad y al nivel cultural de cada adulto. La adquisición de todas estas capacidades es fruto de un itinerario de crecimiento y maduración de la persona como creyente.
e) Rasgos del adulto con fe madura, y del discípulo1 En el centro de todo lo que somos y hacemos como Iglesia, está la revelación de una gran Buena Nueva: Dios es amor, y nos ha hecho para gozar de vida divina en abundancia,(cf. Jn 10:10; CEC no).para compartir la misma vida de Dios, una comunión con la Santísima Trinidad en conjunto con todos los santos en la nueva creación del reino de Dios.(cf. CEC, nn. 1023ss, 1042ss) La fe, don de Dios, es nuestra respuesta humana a ese llamado divino. Es una «adhesión personal del hombre a Dios; y el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado». (cf. CEC, n. 150) Por medio de búsqueda y crecimiento, conversión de mente y corazón, arrepentimiento y reforma de vida, Dios nos lleva a rechazar la ceguera del pecado y a aceptar la gracia salvadora de Dios, su verdad liberadora, y su amor fortalecedor para nuestra propia vida y para toda la creación. El llamado de Dios a la conversión y a ser discípulo, trae a nuestra vida un inmensurable potencial para madurar y dar fruto. El llamado a la santidad, la comunidad y al servicio de Dios y del prójimo son facetas de la vida cristiana que alcanzan su expresión plena, sólo por medio del desarrollo y crecimiento hacia la madurez cristiana (cf. DGC 53-57). Esta madurez de fe cristiana puede florecer a cualquier edad. La vemos en niños como Samuel que escucha y responde a la palabra de Dios (cf. Sam 3,1-18). La vemos en gente joven como María que medita y dice «sí» al llamado de Dios (cf. Lc 1,26-38). La vemos en adultos y nos maravilla especialmente ver la belleza de la fe en aquellos que han perseverado en seguir al Señor durante el curso completo de su vida: «Aún en la vejez tendrán sus frutos pues aún están verdes y floridos» (Sal 92,15). Para ofrecer una efectiva formación en la fe del adulto se necesita, primero de todo, «identificar claramente los rasgos propios del cristiano adulto en la fe» (DGC 173) ¿Cuáles son esas características? ¿Cómo se demuestra la fe madura del adulto en aquellos que responden generosamente al llamado de Dios? El Directorio Catequético General dice que es «una viva, explícita y operativa confesión de fe» (DGC 82; cf. DGC 56c, 66;). Así, un ser humano se dedica total y libremente a Dios (DV 7). Un desarrollo rico y total de estas tres características son las metas de la catequesis de adultos y la vida cristiana.
La fe es un don de Dios y también una auténtica respuesta humana:(cf. CEC, nn. 153-154.) un reconocimiento del llamado de Dios en la propia vida y una libre decisión a seguir ese llamado aceptando y viviendo la verdad del Evangelio. Por lo tanto, la fe es viva y activa, compartiendo muchas de las cualidades que tienen los seres vivientes: crece y se desarrolla en el curso del tiempo; aprende por experiencia; se adapta a las condiciones cambiantes aunque mantiene su identidad esencial; pasa por etapas, algunas aparentemente «dormidas», otras de mucho fruto, aunque donde quiera que la fe está presente, el Espíritu Santo obra en la vida del discípulo. Como todo ser viviente, una fe viva necesita alimento, y el discípulo adulto maduro lo encuentra sobre todo en unión con «el Camino, la Verdad, y la Vida» (Jn 14:16). «Esta vida de íntima unión con Cristo en la Iglesia se mantiene con la ayuda espiritual común a todos los fieles, sobre todo con la activa participación en la liturgia». (AA 4; cf. DGC 51, 85; CEC, nn. 1074, 1123). Una fe viva es una fe que busca, y «trata de comprender» (CEC, n. 158). Los adultos necesitan cuestionar, escudriñar, reflexionar críticamente sobre el significado de la revelación de Dios en su vida singular, para así crecer y acercarse más a Dios. Una fe que busca comprender llevará a una conversión más profunda (cf. DGC 56a-b). Por el camino, puede ser que llegue a dudar. Pero el meollo de esta cualidad de una fe adulta no es la duda, sino la búsqueda: confiada, esperanzada, persistente «búsqueda» o «hambre» de asumir el Evangelio más profundamente con su poder para guiar, transformar y satisfacer nuestra vida. Durante toda esta vida mortal, una fe viva anhela la realización de la vida eterna. Aunque por ahora estamos en peregrinación, la fe madura «nos hace gustar de antemano el gozo y la luz de la visión beatífica, fin de nuestro caminar aquí abajo» (CEC, n. 163.) Esto a su vez hace brotar un mayor compromiso «de poner en práctica las energías y los medios recibidos del Creador para servir en este mundo a la justicia y a la paz»:(CEC, n. 2820; cf. CIC, nn. 1049, 2818; GS 21, 34, 39, 43, 57, 72) un mandato central del reino de Dios.
La fe adulta esta clara y explícitamente enraizada en una relación personal con Jesús vivida en la comunidad cristiana. Nuestra comprensión de la persona y del camino de Jesús continúa creciendo con nuestra meditación sobre la Palabra de Dios, con oración y sacramentos, esfuerzos por seguir el ejemplo de Jesús, y con la orientación segura de la enseñanza de la Iglesia (DV 8). Por medio de la intimidad con Jesús, una fe adulta madura dispone a las personas a una «explícita confesión de la Trinidad» y a una relación más profunda con ella. (DGC 82). Cuando los adultos maduran, una fe que busca, les lleva a examinar su vida, su mundo y su fe más profundamente. Y en esta búsqueda, entran en diálogo con el mensaje evangélico expresado en las enseñanzas de la Iglesia y vivido por el pueblo de Dios. Por medio de este proceso de diálogo llegan no sólo a conocer la fe, sino a hacerla más suya. Adquieren esa «conciencia eclesial, es decir, la conciencia de ser miembros de la Iglesia de Jesucristo, partícipes de su misterio de comunión y de su energía apostólica y misionera». (Christifideles Laici, 64). La fe adulta tiene confianza porque está fundada en la palabra de Dios (CEC, n. 157; cf. 1Tes 2,13.) y confirmada por el sobrenatural sentido de la fe de la Iglesia entera. (cf. LG 12). El discípulo adulto busca claridad y conocimiento de la fe, para así encontrarla y aceptarla con «gozo y paz en el camino de la fe» (Rm 15,13). De esta convicción nace la disponibilidad y la habilidad para dar testimonio de la fe cristiana en cualquier ocasión, para explicarla cuando sea necesario, y con confianza sentirse guiado por ella siempre.
El discípulo adulto goza de los frutos del Espíritu que son «caridad, alegría, paz, comprensión de los demás, generosidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí mismo» (Ga 5,22-23). Una fe madura se mueve con la acción y poder del Espíritu de Dios, y no puede permanecer desocupado o sin producir. Donde el Espíritu está activo, ahí la fe da frutos. La fe adulta activamente produce frutos de justicia y compasión, llegando a los que sufren necesidad. Reconociendo también la conexión entre pecados personales y consecuencias sociales, ellos rezan y trabajan tanto para su conversión personal cuanto para cambios sistémicos y transformación social que beneficie al bien común y, en último término, a la realización del reino de Dios de justicia y paz «así en la tierra como en el Cielo» (Mt 6,10). Una fe adulta produce frutos de evangelización. Aunque plenamente respetando la libertad religiosa y el derecho de escoger de otros, el discípulo adulto da testimonio al mundo del don de la fe y del tesoro que hemos encontrado en Jesús y en la comunidad de sus discípulos. En tal proceso es esencial el testimonio de la palabra, pero, hoy día, un testimonio de vida al servicio del amor y la justicia, tiene un poder especial para proclamar.
(Nuevas acentuaciones) Se trata de perfilar ante todo el modelo de cristiano, el tipo de creyente que en las circunstancias actuales es necesario promover a través de la acción catequética. Somos conscientes que la respuesta no es igual para todos, dada la gran diversidad de situaciones que hoy viven nuestros adultos, con respecto al tiempo, lugar, cultura, tradiciones, edad, etc. Sin embargo es posible esbozar un cuadro esquemático que recoja las líneas hoy más generalmente compartidas, los aspectos que más sintonizan con las circunstancias en que se desarrolla la vida de los adultos y de las comunidades, ser fieles al Evangelio y al hombre de hoy. Las acentuaciones están puestas en la novedad con respecto al pasado, del nuevo modelo de creyente adulto reclamado hoy por la sociedad y por la Iglesia.
Una nueva relación con la fe No ya cristianos por tradición, sino creyente convencidos que, en cuanto tal, redescubre la propia identidad y el gozo de ser cristiano. Lo que implica la experiencia de una renovada conversión y la progresiva interiorización de actitudes de fe, en camino hacia la madurez. Es la experiencia de una fe personalizada o de un cristianismo personalizado que hoy se presenta como imperativo.
Una nueva relación con la cultura Es necesario superar la separación o ruptura entre valores culturales y exigencias evangélicas, entre fe y vida, entre fe y cultura. Muchos cristianos hoy tienen la sensación de pertenecer a dos mundos diferentes y nada conciliables entre sí: el de la fe cristiana, tal como ha sido heredada y transmitida, y el de la vida, de la cultura actual, construido por el conjunto de aspiraciones, valores y formas de pensar propias de la época. Activar el diálogo entre fe y cultura significa abrirse con criterio evangélico a los valores de la postmodernidad, aplicando con discernimiento la doble ley de la continuidad con las auténticas aspiraciones y valores de la cultura moderna, y de la ruptura o denuncia de todo aquello que en la cultura atenta contra la dignidad del hombre o de los valores del Reino.
Pertenencia no pasiva o infantil, sino activa y adulta. El nuevo modelo de creyente cristiano debe tener ciertamente el sentido de pertenencia y de identificación con la comunidad eclesial, misterio e institución, pero de forma madura. Es decir, el paso de la «adherencia» a la «adhesión», lo que implica que la catequesis no considera a los cristianos como simples objetos de socialización, sino como sujetos activos de su fe y elementos corresponsables de la vida eclesial. Capaz de superar la extrañeza que viven muchos católicos entre la fe personal y la Iglesia institucional. Una catequesis de adultos no para integrar en la Iglesia, sino para hacer Iglesia.
Nuevo modo de vivir la comunión Se requiere un tipo de creyente no individualista, sino solidario y comunitario, más capaces y deseos de vivir la propia fe con los demás, en común, en un movimiento de participación y comunión. Un creyente cristiano con gran apertura y acogida frente a los demás, capaz de valorar y estimular la participación de todos. Una catequesis de adultos que sea capaz no solo formar adultos con gran sentido comunitario, sino comunidades adultas.
Un nuevo modo de presencia en el mundo y de conciencia ética Un creyente no desencarnado y «espiritualista», sino encarnado y comprometido, con un fuerte y equilibrado vigor moral. Es el cristiano que manifiesta su fe, no tanto cuando entra en el templo, sino sobre todo en el corazón del mundo: en la familia y en el trabajo, en la política y en la sociedad, en los compromisos y luchas por la transformación de un mundo nuevo.
Un modo nuevo de vivir las relaciones intergeneracionales En relación con los jóvenes, los adultos deben tomar una actitud no de renuncia o abandono, ni autoritaria o paternalista, sino de educador responsable, dispuesto a compartir la fe y a dialogar con los más jóvenes. Esto implica también saber aprovechar el valor y la importancia del aprendizaje intergeneracional.
Un nuevo protagonismo Promover el «protagonismo» de los adultos en su propio crecimiento y maduración, así como su compromiso en la comunidad eclesial y social, lleva consigo una serie de actitudes y compromisos para la misma Catequesis y para toda la comunidad. Se trata de una actitud de escucha atenta del adulto; una catequesis que se construya «desde» ellos y «con» ellos y, no sólo «para» ellos. Su protagonismo tiene su razón de ser y fundamentación en el Bautismo y la Confirmación, debido a que la misma catequesis tiende a que el adulto vaya madurando en la fe y en su adhesión afectiva y efectiva a Jesucristo y a la Iglesia. Toda la comunidad ha de estar interesada en vigilar y garantizar para que se haga realidad dicho protagonismo. Para ello debe asegurar espacios de diálogo, decisión y participación donde, a través de un discernimiento evangélico, los adultos sean sujetos activos de su propio crecimiento y maduración en la fe, exige un aprendizaje y una pedagogía, que tiene como punto medular reconocer y confiar realmente en el potencial liberador y evangelizador de cada adulto.
La madurez humana y cristiana no es algo dado de antemano, sino algo que se ha de conseguir con permanente esfuerzo y búsqueda continua. Pues el creyente no nace sino que se hace. Así es como se justifica la ineludible tarea de educar en la fe y la necesidad que todos sentimos de iniciarnos progresivamente en ella. Pero ¿En qué sentido se puede educar la fe? La fe es una gracia, un don de Dios que no se exige, sino que se recibe o se rechaza en el ámbito de la libertad humana, por lo tanto no podemos hablar de una educación directa de la fe, sino sólo de manera indirecta a través de la «inmediatez» donde la Palabra de Dios se hace palabra humana en la vida e historia concreta de todo hombre. Esta inmediatez del misterio Divino que se presenta de frente a la libertad humana viene realizada, servida, sostenida y condicionada por los instrumentos humanos que tienen como finalidad de favorecer y disponer el diálogo salvífico y de crear las condiciones necesarias para su acogida3. Por lo tanto la intervención educativa se reclama necesaria, no como fin absoluto, sino como mediación que favorece la acogida y la respuesta al don de la fe. Por consiguiente «...se hace obra propiamente educativa sólo cuando se ayuda a crecer en «humanidad», cuando se actúa por la «génesis de la persona», cuando se hace obra de iniciación al actuar libre y responsable, éticamente válido»4, hacia una auténtica liberación humanizante con la finalidad de alcanzar la madurez de las personas y las comunidades que las hagan más disponibles al encuentro inefable con la propuesta interpelante de Dios. Por otra parte «la educación debe dirigirse a todas las dimensiones de la vida personal a la estructuración orgánica de la personalidad humana y de su comportamiento histórico»5. Por lo tanto no podemos privilegiar algunos aspectos de la persona en detrimento de otros, y ni tampoco ignorar la situación histórica concreta en que se encuentra encarnada la persona. La relación que existe entre educación y evangelización requiere una cierta clarificación, para no confundir o reducir las exigencias de una o de otra: Se ha de evitar establecer una relación funcional, donde los aspectos humanos sean instrumentalizados para fines religiosos, es decir, educando sólo para evangelizar. Así mismo, si se insiste excesivamente en el aspecto educativo, se corre el peligro de hacer saltar la novedad y la gratuidad de la fe. Si, en cambio se pone el acento únicamente en el aspecto evangelizador-fe, el peligro al que se expone, el catequista, es el de vaciar la educación de su fuerza de competencia humana, de proyección y de responsabilidad personal. En conclusión se puede hablar, por lo tanto, de una circulariedad entre mirada educativa y una superior mirada de fe. La mirada de fe interpela en modo profético la mirada educativa. A su vez, la mirada educativa interpela la mirada de fe estimulando la encarnación en esta historia y concreta condición humana. En tal modo se hace obra de promoción humana, pero también de edificación de aquellos «cielos nuevos y tierra nueva» en la cual habitan la justicia y la verdad. Donde los dos procesos constituyen un único itinerario formativo: educar evangelizando y evangelizar educando. Sin olvidar jamás que «el evento educativo es visto como evento salvífico, la humanidad a educar es reportada a la humanidad del Cristo resucitado»6.
La catequesis en cuanto educación de la fe, no ha de quedar reducida a simple instrucción doctrinal o mera socialización religiosa, sino que ha de ser concebida como la profundización de las actitudes de fe en vistas a la madurez cristiana, es decir, la acción catequética al servicio del un camino de crecimiento en la fe que comienza con la conversión; continúa con la progresiva profundización de conocimientos, actitudes y disposiciones propias de la fe; y avanza hacia una plenitud de maduración en un proceso de permanente crecimiento, tanto en las personas como en las comunidades7. La maduración de la fe solo se comprende desde la respuesta del hombre en dos direcciones sea de crecimiento o de disminución, o incluso de desaparición (lo que a veces denominamos «pérdida de fe»). La maduración de la fe no afecta a la fe misma: frente a un adulto, también la fe de un niño o de un joven tiene el mismo valor, no es de por sí menos que la otra. Sino que al hablar de maduración de la fe o una fe adulta del creyente entendemos, la transformación constante, a lo largo del ciclo vital, de experiencias, representaciones, sentimientos y relaciones interpersonales relativas a la fe en Dios. No debemos perder de vista que en el ámbito de la fe la prioridad corresponde a la iniciativa e intervención de Dios, «donde el acercamiento educativo y comunicativo es juzgado por el evento al cual sirve»8 para no reducir la educación de la fe a meros intereses filantrópicos o promociones sociales que no tienen nada de evangelización. La fe, por tanto, es el fundamento de cuanto inspira y motiva la maduración del adulto. La fe es quien ha de orientar todo el proceso vital del adulto a la luz de Dios y del su Reino. La complejidad de cada etapa del desarrollo humano exige de la fe respuestas adecuadas y apropiadas hacia la plenitud de cada persona, sin embargo la fe también puede frenar o excluir la maduración de algún aspecto del crecimiento humano y cristiano9. Así la catequesis no exige que el adulto aprenda «la doctrina de la fe», sino sobre todo aprenda a «proyectar con fe» toda su existencia. Cuanto más avanza una persona en su fe adulta, tanto más se verá su maduración en todas las dimensiones de su existencia. Madurar en la fe no es sólo cuestión de tiempo o de recorrer unas etapas que lleven a la meta prefijada, ya que todo ello puede hacerse de una manera mecánica. Y la experiencia dice que no todos los que aparentemente han seguido un itinerario de formación han llegado a madurar efectivamente como persona y como creyentes. Pensemos en tantos y tantos jóvenes y adultos que han tenido la experiencia de un proceso de vida grupal o de movimiento dentro alguna pastoral, ¿dónde están ahora? ¿su experiencia de vida intensa cristiana se hace sentir? El simple dato externo de seguir un proceso o itinerario establecido y de practicar una serie de actividades formativas no siempre asegura que quienes eso hacen vivan realmente un proceso interior como sujetos implicados. Pues esto último es lo que de verdad es decisivo: que el sujeto realice, él personalmente, el itinerario propuesto mediante una serie de experiencias y vivencias que habrá de conseguir, si quiere sentirse alcanzado y dinamizado por la virtualidad de la fe. NO OLVIDAR... Las diferencias de los adultos de acuerdo con su condición de género, lo cual es bastante significativo en cuanto a la definición de estilos de vida, oportunidades y condicionamientos. Es menester tener presente las particularidades propias que traer consigo la feminidad o la masculinidad. Tener presente al adulto en su contexto socio-cultural como puede ser zona rural, zona urbana, zona periférica, emigrantes, obreros, profesionales, pobres y ricos, etc. Así como su situación religiosa, que va desde la indiferencia a la vivencia comprometida de la fe. Respecto al estudio cronológico por etapas y años no deja de ser relativo e indicativo, dado que cada persona va marcando su propio ritmo vital de acuerdo a su proyecto de vida, donde influye también la cultura y su contexto social. Lo que nos lleva a no etiquetar a los adultos que no se configuren con el estudio teórico del desarrollo humano. La normalidad que se establece en el estudio son solo tendencias que nos permite establecer márgenes de referencia. Por tanto, siempre estar encaminado a impulsar el proceso personal de madurez de cada persona respetando sus ritmos, no frenar ni acelerar. La maduración del creyente es la transformación constante, a lo largo del curso de la vida, de experiencias, representaciones, sentimientos y relaciones interpersonales relativas a la fe en Dios. Se trata no de un desarrollo de la fe a la par con el desarrollo de cada persona, sino de la madurez de la fe en todas y cada una de las etapas de desarrollo. La fe no un añadido, sino la luz que guía, integra, estimula, motiva, lanza al crecimiento siempre mayor de una personalidad madura y planificada. La catequesis en su tarea de evangelizar a los adultos podría tener valiosas justificaciones, objetivos, estructuras, recursos, itinerarios y programas; de poco serviría todo ello si el mismo adulto no estuviera profundamente convencido de que él es el primero y principal protagonista de su propio crecimiento y maduración como persona y como creyente. En fin, que nuestros adultos potencien sus capacidades, se eduquen en sus decisiones y se empeñen en su respuesta personal al Dios de Jesucristo y asuman su protagonismo concreto dentro y fuera de la Iglesia. Es el momento de hacer realidad la fuerza renovadora del protagonismo laical, evitando todo paternalismo y autoritarismo. Sería lamentable que dicho protagonismo se redujera a palabras vacías llenas de romanticismo. Quizás sea utópico el esperar que se produzcan cambios en disposiciones personales profundamente arraigadas, como consecuencia de catequesis relativamente breves. De ahí que con frecuencia, se quiera o se exija cambio de actitudes en los destinatarios por el pase automático a la catequesis, exigencias hechas por la familia, el sacerdote, el catequista, la comunidad, etc. Pero reconocemos que el desarrollo y madurez de la fe es como la semilla del árbol que crece silenciosa, pero seguro. No olvidar que la vivencia de las exigencias evangélicas se van dando de manera gradual tendiendo siempre a una manifestación y vivencia más clara del misterio salvífico; con la conciencia de que el desarrollo evangélico es el del grano de trigo que crece en medio de inseguridades y temores según la lógica del Reino (cf. Mt 13,24ss). Es esencial no olvidar que la salvación no es fruto de nuestros dones innatos, nuestra capacidad adulta, o nuestros éxitos. La fe madura reconoce que, no importa si nuestra capacidad o nuestros resultados son grandes o modestos, el favor de Dios es siempre un don y una gracia. «Ustedes han sido salvados por la fe, y lo han sido por gracia. Esto no vino de ustedes, sino que es un don de Dios» (Ef 2,8). La acción evangelizadora de la Iglesia se ha de medir por los parámetros del Reino, donde la gracia tiene la primacía (cf. NMI 38). El Espíritu Santo es el principal evangelizador, el Maestro interior (cf. CT 72).Sin Cristo, «no podemos hacer nada» (cf. Jn 15,5).
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