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Hoy
Jueves, 20 de noviembre de 2008 | 22:16
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EDPIP 148
Jesucristo Eucaristía, Luz y Vida
Pbro. Francisco Escobar Mireles
El papa designó como tema del 48° Congreso Eucarístico Internacional: "Jesucristo Eucaristía, luz y vida para el nuevo milenio". Une los dos temas claves que designan a Jesucristo y su obra: la luz y la vida. Pero los aplica a la Eucaristía, lo cual requiere profundización. Algunos textos bíblicos fundamentan el tema del Congreso: "En El estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres... La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo... La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la vencieron" (Juan 1,4.9.5). "Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre" (Hebreos 13,8). "Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo" (Mateo 28,20). "¡Remen mar adentro, y echen las redes para pescar!" (Lucas 5,4).
"Y se transfiguró en su presencia". En el Tabor, toda la fuerza interior de Jesús, Hombre-Dios, desbordó en sus ojos, su rostro, su vestido. Un rápido relámpago de su Resurrección estalló de pronto en el rostro de Jesús. Se quitó el velo de la carne, y apareció la Divinidad que poseía aquel pueblerino de Nazaret. El Jesús de cada día es el mismo Dios que hacía temblar en el Sinaí y en el Templo. La gloria de Dios resplandece en su humanidad; el eterno está presente en el débil, limitado, necesitado Abel. Fue la cesación por un instante del milagro continuo de ocultar su divinidad. Los ojos de los apóstoles fueron capaces de contemplar la gloria del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad, el mismo de Getsemaní, del Calvario y de la Pascua. La Eucaristía es la presencia de Jesús a través de los velos de las especies sacramentales, que ocultan y revelan a la vez. Es como la nueva zarza en la cual el Dios de la Alianza se revela a nosotros. "¿Cómo podemos, hoy, ver y contemplar esa Vida, luz de los hombres (cfr. Jn 1, 4) que se nos ha manifestado? Gracias a la Encarnación del Hijo de Dios (cfr. NMI 22), Cristo se ha hecho visible, ha puesto su morada entre nosotros (cfr. Jn. 1, 14). Gracias a ello, los apóstoles pudieron contemplar en el rostro humano de Jesús el rostro del Padre, sobre todo al ser testigos de sus múltiples signos y señales (cfr. Jn. 20, 30-31; cfr. NMI 24). Contemplaron también el rostro doliente de Cristo expuesto en la Cruz, Misterio en el misterio, ante el cual el ser humano ha de postrarse en adoración (cfr. NMI 25). Y, sobre todo, contemplaron el rostro del resucitado (cfr. NMI 28) que les devolvió toda la paz y la alegría perdidas (cfr. Lc 24, 36-43). Todo esto lo experimenta la Iglesia en la contemplación del misterio Eucarístico. Pues es ahí donde nos encontramos ahí diariamente con ese Jesús, Dios y hombre verdadero; ahí mismo se actualizan, en forma incruenta, su pasión y su muerte; finalmente, ahí nos encontramos con Jesús resucitado, Pan de vida eterna, prenda de nuestra resurrección" (TB 8). "En el humilde signo del pan y el vino, transformados en su Cuerpo y en su Sangre, Cristo camina con nosotros como nuestra fuerza y nuestro viático y nos convierte en testigos de esperanza para todos. Si ante este Misterio la razón experimenta sus propios límites, el corazón, iluminado por la gracia del Espíritu Santo, intuye bien cómo ha de comportarse, sumiéndose en la adoración y en un amor sin límites" (EdE 62). La tragedia de la Cruz es parte de la misión de Jesús. Los hombres rechazan a Jesús y tratan de desaparecerlo y hacer de su obra un absurdo; pero el Padre, al resucitarlo, dice que está de acuerdo con su obra. Un día, el ahora transfigurado se convertirá en el desfigurado, la Belleza refulgente estará crucificada y se volverá el rostro para no ver su horripilez. Pero será el mismo. La Eucaristía es el memorial del Sacrificio de la Cruz, que Cristo ha confiado a la Iglesia. "¿Podemos encontrarnos realmente con Jesús en la Eucaristía? A partir de la Última Cena (Mt. 26, 17 ss), la Iglesia cree en la presencia real del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, con su alma y su divinidad, en las especies del pan y del vino: "En el corazón de la celebración eucarística se encuentran el pan y el vino que, por las palabras de Cristo y por la invocación del Espíritu Santo, se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo" (Cat. 1333). Es cierto, como nos enseña la Iglesia, que Cristo se hace presente de muchas maneras en ella, pero, sobre todo, bajo las especies eucarísticas del pan y del vino (Cat. 1373)" (TB 10). "Una zarza que ardía sin apagarse". Al inicio de la creación, dicen los científicos, un "big bang" originó el universo cósmico, con su dinamismo de materia y energía. Una bola gigantesca de fuego intenso, a partir de un estallido, se organizó en galaxias, estrellas, astros, planetas, satélites. De esa inmensa explosión de energía y fuego surgieron millones y millones de galaxias, millones de estrellas a millones de años-luz de distancia, que se fueron formando en millones de años, enfriándose y solidificándose, para permitir la vida gradualmente. Deslumbrado por la ciencia y la técnica, hoy, el Adán del siglo XXI, necesita acercarse nuevamente a la zarza y escuchar, respetuoso, el llamado de Dios. También los Congresos Eucarísticos surgieron de la visión de una zarza ardiente. El Padre San Pedro Julián Eymard, de la Congregación del Santísimo Sacramento, adorando la Eucaristía, tuvo una visión del nuevo big bang. De la Custodia eucarística salía un fuego vivo que giraba sobre sí y no se apagaba, iluminando toda la iglesia. De pronto salió del templo y se extendía por todo París, Lyon, y todas las ciudades, de las cuales sólo quedaban cenizas. Y les fue dando nuevamente color y figura, vida y movimiento, piedad y caridad. Las iglesias se llenaban de comunidades en alabanza, pese al liberalismo masón. Se sintió incendiario del mundo con el fuego de amor que brota de la Eucaristía. Habría qué sacar a Jesús de su aislamiento, para ponerlo a la cabeza de la sociedad y expresar públicamente su Reino. La Señorita. María Marta Emilie Tamisier de Tours lo consideraría "Elías en el carro de fuego". Ella profundizó sus ideas, buscándoles caminos operativos. La intuición pareció tomar cuerpo cuando, en junio de 1873, el Parlamento francés consagró la patria ante el Santísimo en la capilla de la Visitación de Paray-le-Monial. La devoción al Sagrado Corazón era la reinvindicación pública de los derechos de Cristo frente a una sociedad apóstata y a un Estado represor. Ella tenía una idea básica: la salvación de la sociedad por medio de la Eucaristía. Intuía las relaciones entre Iglesia, Eucaristía y Reino de Dios. Y así nacieron los Congresos Eucarísticos, de los cuales estamos preparando la edición internacional número 48. La Eucaristía es luz y vida enmedio de la oscuridad y del cáos del nuevo milenio. Como el big bang de los orígenes del universo. O como la zarza ardiente de los orígenes del pueblo de Dios. Porque es la presencia misma de Jesucristo el Salvador. "Su rostro resplandecientes como luz". La luz es un elemento simbólico que designa a Cristo resucitado. El Cirio Pascual evoca a Cristo luz enmedio de la oscuridad, la columna de fuego que va guiando a su pueblo por las noches del desierto; el Esposo victorioso que sale hacia la Esposa. Cristo es Luz de Luz, y sol que nace de lo alto. En lo alto, es el sol, fuente de luz que todo lo ilumina. No es una divinidad amorfa o impersonal, sino el Salvador, hombre concreto, con miradas misericordiosa. El poder radiante del Verbo invade totalmente la humanidad de Jesús, y se irradia a nosotros. Y esa luz está llamada a transfigurar toda la creación y la historia, como anticipo de la transfiguración final. La luz refleja la gloria de Dios (Habacuc 3,3-4; Salmo 104,2; Exodo 19,18; 1 Timoteo 6,16; Santiago 1,17). Cristo es la imagen del Dios invisible (Col 1,15), y el resplandor de su gloria (Hebreos 1,3). Cristo es la luz que alumbra a las naciones y la gloria de su pueblo Israel (Lucas 2,32). Cristo es la luz que brota enmedio de las tinieblas, y que las tinieblas no han podido apagar (Juan 1,4-5). Cristo dijo: "Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida" (Juan 8,12; antífona de la Comunión del lunes 5° de cuaresma, del domingo 3° y 23° ordinario, del común de educadores,). El es luz, y en él no hay tiniebla alguna (1 Juan 1,5). "A los que no creen, el dios de este mundo les ha cegado el entendimiento, para que no vean la brillante luz del Evangelio de Cristo glorioso, imagen viva de Dios. Porque Dios mismo, que mandó que la luz brotara de la oscuridad, ha hecho brotar la luz en nuestro corazón, para que podamos iluminar a otros, dándoles a conocer la gloria de Dios que brilla en el rostro de Jesucristo" (2 Corintios 4,4.6). La Sabiduría de Dios "es más brillante que el sol y supera todas las estrellas; comparada con la luz del día es superior, pues a la luz sigue la noche, pero a la sabiduría no la puede dominar el mal" (Sabiduría 7,29-30). La Biblia se abre y se cierra con la imagen de la luz (Génesis 1,3-4; Apocalipsis 21,23). La historia es un conflicto entre la luz y las tinieblas, entre la vida y la muerte (Juan 1,4-5; Sabiduría 17,1 - 18,4; Lucas 16,8). La Pasión fue la hora del poder de las tinieblas (Lucas 22,53; Juan 13,30; 2 Corintios 6,14-15) La rutina diaria nos impide descubrir esa gloria. Es un anuncio del resplandor de nuestra humanidad redimida. Contemplando su gloria, nos iremos transformando en esa misma imagen, de claridad en claridad, por la acción del Espíritu Santo. Contemplamos la gloria del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Es el mismo Jesús de la Encarnación, de Getsemaní, del Calvario y de la Pascua. Si hubieran conocido su gloria, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria. Contemplemos el rostro de Cristo en su monte santo. Participamos de la misma luz y de la misma gloria. Su carne entregada a la Cruz está invadida por la gloria de Dios, para invadir la nuestra también cuando está caída. Dejemos que el rostro luminoso de Cristo nos mire, nos ilumine interiormente, y nos ponga en comunión con la Trinidad. La luz brilla en su rostro: es la gloria de su Persona. Resplandecen sus vestidos: es la gloria de su Iglesia. La Iglesia está llamada a reflejar la luz de Cristo. La evangelización es un camino de luz, un encuentro con la luz, una participación en la luz (Isaías 9,1; 42,7; 49,9; Miqueas 7,8-9; Hechos 23,26). La oración nos transfigura, quita las manchas que el pecado va dejando, y nos llena de la luz de Dios. El ciego no ve la luz de Dios (Tobías 3,17; 11,8), pregusta la muerte (5,11-12). Los justos verán la luz, y los malvados irán a las tinieblas (Daniel 12,3; Sabiduría 3,7; Isaías 58,2; 59,9-10; Juan 3,19). Hemos pasado de las tinieblas a la luz (1 Pedro 2,9; Efesios 5,8; 4,18; 5,14; Colosenses 1,12-13; Mateo 5,14). En la Iglesia del primer milenio, al Bautismo se le llamaba "iluminación". La luz acompaña el principio y el fin de nuestra vida: la vela bautismal y el Cirio Pascual en las exequias. Contemplando la faz de Dios seremos iluminados (Apocalipsis 22,4-5). Sabemos que estamos en la luz si amamos (1 Juan 2,8-11). Por eso encendemos del Cirio Pascual la vela bautismal, renovada en cada profesión de fe: nuestra vida está iluminada por Cristo, tenemos el compromiso de ser luz del mundo. La luz espiritual o de adoración que despiden las velas del altar o la lámpara del Santísimo, son señal de la Presencia de Cristo y una invitación a contemplar, dan ambiente de fiesta y de la nueva existencia. Las luces del Lucernario de las Vigilias nos recuerda las lámparas de las vírgenes prudentes.
"La Eucaristía y la luz" La Eucaristía es presencia de Cristo resucitado como una luz. La Eucaristía es como un rayo de luz que, al pasar por el prisma, se descompone y forma un arco iris de muchos colores luminosos. Tratemos, pues, de entrar un poco en esta fuente de la luz. Cada domingo proclamamos a Cristo luz de luz en la Profesión de fe. Aparece el tema de la luz en el Prefacio de la Plegaria Eucarística IV, y en la intercesión por los difuntos de la II. También en la antífona tercera del tiempo pascual durante la aspersión del agua bautismal,. La Eucaristía es la presencia del mismo Jesucristo, la Palabra eterna que resonó al inicio de la creación diciendo "Hágase la luz" (Génesis 1,3). Y es la luz que alumbrará la nueva Jerusalén en la consumación de los tiempos: "la ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen, porque la gloria de Dios la ilumina y el Cordero es su luz" (Apocalipsis 21,23). Es la Eucaristía el big bang de los cielos nuevos y la tierra nueva. Es la zarza desde la cual recibimos hoy el llamado. Por ahora, la gloria es pasajera, ordenada a la vida diaria; un día será definitiva. Llegará el día luminoso sin ocaso (Isaías 30,26; Zacarías 14,7; Malaquías 3,20). El monte de la transfiguración llega a ser más agradable que el campo del trabajo diario o el calvario. Las experiencias de Dios esconden el riesgo de evasión de las labores ordinarias. Pero la Misa es "missio": envío a transformar el mundo con la fuerza de la Pascua. En la Misa, el signo de la luz es expresión de fe, fiesta, ofrenda y presencia.
Hechos 20,8 nos habla de muchas lámparas donde se celebraba la Fracción del Pan. Apocalipsis 4,5 habla de las siete lámparas ante el trono de Dios. En la Misa estacional se usan siete cirios, como un recuerdo del homenaje de cada región de Roma, que aparece en el Ordo Romano I. Y en la Dedicación de iglesias se encienden 12 luces en los muros, o 4 si no es posible lo anterior. También nuestro pueblo enciende por devoción luces ante sus imágenes veneradas, expresando fe, amor y petición. La luz es un tema que recorre todo el año litúrgico en la celebración eucarística.
Adviento: Colecta del sábado II, Post-Comunión del 17 de diciembre; Colecta del 20 de diciembre; antífona de entrada del martes.
Navidad: Es el tema de la Misa de media noche y de la aurora. Además: Colecta del jueves de la octava; Colecta del domingo II; antífona de entrada del 1 de enero. Toda la fiesta de Epifanía versa sobre el tema de la luz, sobre todo Prefacio, Post-Comunión y bendición. Además: Colecta del miércoles, jueves y sábado después de Epifanía, y antífona de entrada del viernes. La Presentación del Señor es fiesta de la luz, sobre todo la bendición y procesión de las candelas.
Cuaresma: Colecta del sábado II; petición por los no creyentes en la Oración universal del viernes santo. La Vigilia Pascual está invadida del tema de Cristo luz, sobre todo el Lucernario: el Cirio Pascual se presenta con la aclamación "Cristo, luz del mundo", y el Pregón Pascual es un canto a la luz del Resucitado. Además, la oración de la 3° y 7° lecturas.
Cincuentena Pascual: Colecta del día de la Resurrección; antífona de la Comunión de la octava; Post-Comunión del sábado II-IV-VI; Colecta del lunes y del miércoles III-V. Y toda la fiesta de Pentecostés abunda nuevamente sobre el tema: Colecta de la Vigilia; Colectas del día; Prefacio; bendición.
Tiempo durante el año: Prefacio dominical I; Colecta del domingo 13° y 15°; Post-Comunión del domingo 19°. La obra santificadora de los santos y su meta se compara con la luz: Colecta de San Oscar, San Juan Eudes, San Pedro Damián, San Bernardo, San Juan Damasceno, Santa Juana Francisca de Chantal, común de pastores I, de misioneros, segunda de fundadores de Iglesias 2; Sobre las ofrendas en la Conversión de San Pablo, San Bernabé, San Ambrosio, votiva de San Pablo, y común de María tiempo de navidad; Post-Comunión de San Matías, de educadores, de santos y santas 5; Antífona de entrada de San Juan Bautista, del común de mártires en tiempo pascual; Antífona de la Comunión en Santa Catalina.
Misas rituales: Post-Comunión del Viático; Prefacio de la Dedicación de iglesias.
Misas por diversas necesidades: Sobre las ofrendas de la Misa por un sínodo o concilio; Colecta segunda de la Misa por la evangelización de los pueblos A. En las Misas de difuntos aparece como el refrigerio de los justos: Colecta en el aniversario; Post-Comunión del 2 de noviembre; Post-Comunión del tiempo pascual; antífona de entrada. Digámoslo con Santa Teresa: "No es resplandor que deslumbre, sino una blancura suave y el resplandor infuso, que da deleite grandísimo a la vista, y no cansa, ni la claridad que se ve para ver esta hermosura tan divina. Es una luz tan diferente de las de acá, que parece una cosa tan deslustrada la claridad del sol que vemos, en comparación con aquella claridad y luz que se representa a la vista, que no querrían abrir los ojos después. Es la luz que no tiene noche sino que, como siempre es luz, no la turba nada" (Vida 28,4). Continuará...
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