CELEBRACION DE LA FE, ALIMENTO DE LA SANTIDAD
VEAMOS NUESTRA VIDA
¿Que importancia tienen las celebraciones para el crecimiento
de la vida cristiana?
¿Opinen sobre la participación de la comunidad en la
Misa Dominical y en la recepación de los Sacramentos?
PENSEMOS: ILUMINEMOS NUESTRA VIDA
La
Salvación es una oferta del Padre: Dios,
«quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad»
(1 Tim., 2,4).
Una
opción que se presenta y realiza en Jesucristo, por la acción del Espíritu Santo:
«habiendo hablado antiguamente en muchas ocasiones de diferentes maneras a nuestros
padres por medio de los profetas» (Hebr., 1,1), cuando llegó la plenitud de
los tiempos envió a su Hijo, el Verbo hecho carne, ungido por el Espíritu
Santo, para evangelizar a los pobres y curar a los contritos de corazón,
como «médico corporal y espiritual», mediador entre Dios y los hombres.
En efecto, su humanidad, unida a la persona del Verbo, fue instrumento
de nuestra salvación... , Cristo la realizó principalmente por el misterio
pascual de su bienaventurada pasión, Resurrección de entre los muertos y
gloriosa Ascensión... Por este misterio, «con su Muerte destruyó nuestra muerte
y con su Resurrección restauró nuestra vida. (SC 5)
El
hombre que se hace receptor de su acción salvadora, que escucha su oferta, responde
libremente con la Fe (Don de Dios y Respuesta libre del hombre).
Esta Fe es:
+Creída (lex credendi), artículos de fe asumidos y profesados.
+Vivida (lex vivendi), experiencia espiritual que transforma
a la persona.
+Celebrada (lex orandi), acción ritual para dar
gloria a Dios y recibir su santificación.
En la Iglesia la Salvación se realiza
por la Liturgia
La
Iglesia como Cuerpo místico de Cristo, es depositaria de esta salvación
y tiene como misión llevarla a todo hombre:
Por esta razón, así como Cristo fue enviado por el Padre, Él, a
su vez, envió a los Apóstoles llenos del Espíritu Santo. No sólo los
envió a predicar el Evangelio a toda criatura y a anunciar que el Hijo
de Dios, con su Muerte y Resurrección, nos libró del poder de Satanás y de la
muerte, y nos condujo al reino del Padre, sino también a realizar la obra
de salvación que proclamaban, mediante el sacrificio y los sacramentos,
en torno a los cuales gira toda la vida litúrgica.
Y así, por el bautismo, los hombres son injertados en
el misterio pascual de Jesucristo: mueren con El, son sepultados con El y resucitan
con El; reciben el espíritu de adopción de hijos «por el que clamamos: Abba,
Padre» (Rom., 8,15) y se convierten así en los verdaderos adoradores que busca
el Padre. Asimismo, cuantas veces comen la cena del Señor, proclaman su Muerte
hasta que vuelva. (SC 6)
Presencia de Cristo en la Liturgia
Para
realizar una obra tan grande, Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre
todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la Misa, sea
en la persona del ministro, «ofreciéndose ahora por ministerio de los
sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz», sea sobre todo bajo
las especies eucarísticas. Está presente con su fuerza en los Sacramentos,
de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente
en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura,
es El quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica
y canta salmos, el mismo que prometió: «Donde están dos o tres congregados en
mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos» (Mt., 18,20). Realmente, en esta
obra tan grande por la que Dios es perfectamente glorificado y los hombres
santificados, Cristo asocia siempre consigo a su amadísima Esposa la Iglesia,
que
invoca
a su Señor y por El tributa culto al Padre Eterno.
Con
razón, pues, se considera la Liturgia como el ejercicio del sacerdocio de
Jesucristo. En ella los signos sensibles significan y, cada uno a su
manera, realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo Místico de
Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro.
En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdotes
y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia,
cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna
otra acción de la Iglesia. (SC 7)
La Liturgia no es la única actividad
de la Iglesia
La sagrada Liturgia no agota toda la actividad de la Iglesia, pues para
que los hombres puedan llegar a la Liturgia es necesario que antes sean llamados
a la fe y a la conversión: «¿Cómo invocarán a Aquel en quien no han creído?
¿O cómo creerán en El sin haber oído de El? ¿Y como oirán si nadie les predica?
¿Y cómo predicarán si no son enviados?» (Rom., 10,14-15). Por eso, a los no
creyentes la Iglesia proclama el mensaje de salvación para que todos los hombres
conozcan al único Dios verdadero y a su enviado Jesucristo, y se conviertan...
(SC 9)
Liturgia, cumbre y fuente de la vida
eclesial
No obstante, la Liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la
Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza. Pues los
trabajos apostólicos se ordenan a que, una vez hechos hijos de Dios por la fe
y el bautismo, todos se reúnan para alabar a Dios en medio de la Iglesia, participen
en el sacrificio y coman la cena del Señor. Por su parte, la Liturgia misma
impulsa a los fieles a que, saciados «con los sacramentos pascuales», sean «concordes
en la piedad»; ruega a Dios que «conserven en su vida lo que recibieron en la
fe», y la renovación de la Alianza del Señor con los hombres en la Eucaristía
enciende y arrastra a los fieles a la apremiante caridad de Cristo. Por tanto,
de la Liturgia, sobre todo de la Eucaristía, mana hacia nosotros la gracia
como de su fuente y se obtiene con la máxima eficacia aquella santificación
de los hombres en Cristo y aquella glorificación de Dios, a la cual las
demás obras de la Iglesia tienden como a su fin. (SC 10)
Liturgia terrena y Liturgia celeste
En
la Liturgia terrena preguntamos y tomamos parte en aquella Liturgia celestial,
que se celebra en la santa ciudad de Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos
como peregrinos, y donde Cristo está sentado a la diestra de Dios como ministro
del santuario y del tabernáculo verdadero, cantamos al Señor el himno de gloria
con todo el ejército celestial; venerando la memoria de los santos esperamos
tener parte con ellos y gozar de su compañía; aguardamos al Salvador, Nuestro
Señor Jesucristo, hasta que se manifieste El, nuestra vida, y nosotros nos manifestamos
también gloriosos con El. (SC 8)
Necesidad de las disposiciones personales
Mas,
para asegurar esta plena eficacia es necesario que los fieles se acerquen a
la sagrada Liturgia con recta disposición de ánimo, pongan su alma en consonancia
con su voz y colaboren con la gracia divina, para no recibirla en vano.
Por
esta razón, los pastores de almas deben vigilar para que en la acción litúrgica
no sólo se observen las leyes relativas a la celebración válida y lícita, sino
también para que los fieles participen en ella consciente, activa y fructuosamente.
(SC 11)
NUESTRO COMPROMISO
Podemos hacernos unas preguntas:
¿Cómo creemos nuestra Fe?
¿Cómo la Vivimos?
¿Cómo la Celebramos?
¿Cuáles son nuestras actitudes al Celebrar
nuestra Fe? ¿Reconocemos en ello el alimento que nos conduce a la Santidad,
a la Salvación realizada y ofrecida en Cristo dentro de la Asamblea en la que
Celebro?
¿Cómo anda nuestra nutrición
de Fe?