Navegar hacia la santidad

 

 

OBJETIVO: Penetrar en la voluntad de Dios e ir mar a dentro de mi vida para  reflexionar sobre la Santidad, en el que nos debemos embarcar e ir hacia el lugar que se nos ha sido preparado.

 

VER

¿QUE ES MEJOR?

Estando a la vista del puerto de la ciudad,  le preguntaron, a un sabio:

- ¿Es mejor nacer,  o morir?

- El sabio , señalando el puerto, dijo:

- Aquel barco está saliendo; el otro está llegando. ¿En cuál  de los dos hay más alegría? En el barco que sale hay tristeza, lágrimas de despedida, y la incertidumbre: ¿tendremos bonanza (tiempo de tranquilidad en el mar) o tempestades? ¿llegaremos a nuestro destino, o nos espera la muerte?. En cambio,  este otro barco que llega, viene  cargado  de alegría y de ilusiones. Ahora, ustedes mismos pueden contestar su propia pregunta. ¿Es mejor nacer,   morir?

 

¿Alguna vez has navegado en barco o en lancha?

¿Sabes de las inseguridades que se viven en mar?

¿Tu vida ya tiene sentido y tiene el timón bien puesto?

¿Nuestra vida es un gran Océano, y nuestro Puerto es el Cielo?

 

PESNAR

El lema de este año es altamente atractivo. Reza así «Navega». Es decir, la santidad es la meta y la gracia de todo creyente. La Iglesia es «casa de santidad» y la caridad de Cristo difundida por el Espíritu Santo, constituye su alma. Todos los cristianos estamos llamados a ser santos.

 

Todos hemos sido llamados a la santidad (cf. LG 39), cada cual en su circunstancia peculiar. «Sed, pues, perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48), y, en el mismo Jesucristo encontramos el modelo de la perfección. Ser fiel es seguir los mismos pasos de Jesucristo. A veces, este anhelo de perfección de la vida cristiana aparece como propio de unos pocos, o como algo lejano y extraño. Y, sin embargo, pertenece a la vida de cada creyente y es la verdad más honda de la condición humana. «Para todos, pues, está claro que todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor. Esta santidad favorece, también en la sociedad terrena, un estilo de vida más humano» (LG 40).

 

La vida creyente es la vida de un testigo. La fe vivida se hace signo y palabra: «También nosotros creemos, por eso hablamos» (2Co 4,13). Aquel que cree en Jesucristo no lo esconde ni lo guarda. Nosotros estamos llamados a dar testimonio de Jesucristo, con obras y palabras.

 

En una sociedad secularizada en la que buena parte de los impulsos y los signos están alejados del Evangelio, los creyentes no debemos avergonzarnos de Jesucristo y de su Palabra (cf. Mc 8,38). Con humildad, firmeza y generosidad, por amor a los hermanos, el fiel debe vivir en su espíritu aquello que proclamaba San Pablo: «Porque el hecho de predicar el Evangelio no es para mí motivo de orgullo, sino obligación que me incumbe. ¡Ay de mí si no lo anuncio!» (1Co 9,16).

 

Sin duda, somos llamados a navegar hacia la santidad a lo largo de toda nuestra vida. Y surcar el mar que nos rodea, en todo momento, ocasión y circunstancia, dirigiendo el timón de nuestra vida y dejándonos a la vez conducir por Aquél que sabemos que nos ama y que nos llevará, finalmente, al puerto feliz de la Vida y de la Santidad.

 

Y en este constante navegar hacia ese puerto, todos estamos llamados a dar testimonio de Jesucristo: presbíteros, los padres de familia, los hijos, con el mismo espíritu que lo hace la Iglesia. Un testimonio que puede llegar hasta la persecución y el martirio. Testimonio que debe ofrecer el fiel en su vida diaria y en su servicio a los hombres.

 

ACTUAR

Considero que este es un buen momento para volver sobre nosotros mismos y preguntarnos por el anhelo de fidelidad de nuestra vida de creyente.

Ø     ¿Dónde está nuestra fidelidad al Señor?

Ø     ¿Vivimos nuestra jornada en la escucha de la Palabra de Dios?

Ø     ¿Cuál es la profundidad de nuestra participación en los sacramentos y cómo es nuestra oración?

Ø     ¿Qué hay de nuestra comunión con los hermanos y del servicio a los necesitados?

 

Nuestra persona, impulsada por le Espíritu Santo, debe seguir navegando y ponerse en pie con una actitud decididamente evangelizadora. Cada cristiano, cada fiel de nuestra parroquia, debe ser un evangelizador en medio de la sociedad y en todos los campos. El espíritu evangelizador debe despertar en nuestra Diócesis vocaciones para la misión: hombres y mujeres que se incorporen a la misión y anuncien sin reservas el Evangelio. La universalidad de la Iglesia nos empuja también a trabajar por las grandes causas de la humanidad: la paz, la justicia, la lucha contra el hambre, la enfermedad, la defensa de los derechos humanos, los mil rostros de la opresión, las desigualdades económicas, etc.

 

Es una llamada de fe: ¡No tengáis miedo de abrazar el Evangelio! ¡No tengáis miedo de entregarse totalmente a la evangelización! ¡No tengáis miedo a navegar hacia la santidad!

 

 

 

 

 

CELEBRAR

 

Salmo 107, 23- 32:

Clamaron al Señor y él los salvó

Los que bajan al mar en sus navíos y negocian entre las grandes aguas,

estos han visto las obras del Señor, sus maravillas en las profundidades.

A su orden surgió un viento huracanado, que levantaba las olas;

subían a los cielos, bajaban a los abismos, su alma se consumía en el mareo;

por el vértigo, titubeaban como un ebrio, toda su pericia había sido tragada.

Pero al Señor clamaron en su angustia y él los hizo salir de su aflicción.

Hizo que amainara la tormenta y las olas del mar enmudecieron.

Se alegraron al ver calmado todo, y los llevó al puerto deseado.

¡Den gracias al Señor por su bondad, sus maravillas con los hijos de los hombres!

Que lo exalten en la asamblea del pueblo y lo alaben en el consejo de ancianos.