La Dirección Espiritual, clave de la santificación

 

Objetivo: Descubrir la importancia de la Dirección espiritual en nuestra vida cristiana como medio de santificación y la mejor manera de encontrar la Voluntad de Dios en todas las decisiones cruciales que tomamos.

 

Oración Inicial

PADRE SANTO: mira nuestra humanidad, que da los primeros pasos en el camino del tercer milenio.

Su vida sigue marcada fuertemente todavía por el odio, la violencia, la opresión, pero el hambre de justicia, de verdad y de gracia, encuentra espacio en el corazón de tantos, que esperan la salvación, llevada a cabo por Ti, por medio de tu Hijo Jesús.

Necesitamos mensajeros animosos del Evangelio, siervos generosos de la humanidad sufriente.
Envía a tu Iglesia, te rogamos, presbíteros santos, que santifiquen a tu pueblo con los instrumentos de tu gracia.

Envía numerosos consagrados que muestren tu santidad en medio del mundo.

Envía a tu viña, santos operarios que trabajen con el ardor de la caridad y, movidos por tu Espíritu Santo, lleven la salvación de Cristo hasta los últimos confines de la tierra.

Amén.  (Juan Pablo II)

 

Leemos, Reflexionamos y Comentamos:

Dice S. Gregorio de Nisa en su obra La vida de Moisés: “Somos, en cierto sentido, nuestros padres: nos engendramos a nosotros mismos conforme a lo que queremos ser”. Y esto es   verdad.
El hombre es el resultado de sus decisiones y nadie puede suplir su voluntad y su libre albedrío en el proceso de la realización de su tarea en la vida.

Este principio del prestigioso Padre de la Iglesia encierra un grande dinamismo. Toda persona que sea consciente de que en la vida tiene que llevar a cabo su personal proyecto de vida, debe de encontrar en sí mismo los recursos que le permitan alcanzar sus aspiraciones e ideales, siempre y cuando no pierda de vista, que es también un ser con determinadas limitaciones y carencias.

Porque, que el hombre se forje a sí mismo, no quiere decir ni que sea omnipotente ni que pueda prescindir de los demás. A lo largo de la historia al hombre le ha asaltado constantemente la tentación pelagiana; es decir, el creer que puede conducir los hilos de su vida, y más aún de la propia salvación, confiado en sus propios conocimientos y fuerzas.

Cuando se trata de decidir sobre el modo de llevar adelante el propio plan de vida se impone y se supone, aun humanamente, la indispensable necesidad de una ayuda que, ajena al propio juicio y consideración, ilumine con mayor objetividad y claridad las propias decisiones y la forma de llevarlas a cabo.

Me permito recordar la simpática anécdota que se nos cuenta de uno de los padres del desierto: el abad Bané preguntó un día al abad Abraham: si Dios concediera a un hombre el llegar a ser como Adán y estar en el paraíso, este hombre ¿tendría necesidad aún de consejos? El abad Abraham respondió que sí, porque si Adán hubiese pedido consejo a los ángeles sobre si podía o no comer del fruto de árbol, éstos le hubiesen respondido que no.

Por la mentalidad egoísta y soberbia que persiste en nuestros días la dirección espiritual ha pasado por un período de devaluación. La autosuficiencia no es el mejor juez en las decisiones claves de la vida. La vida es un camino que hay que recorrer. No es fácil, ni conveniente, el trazarse el propio itinerario fundado solamente en los propios conocimientos y cualidades de cualesquiera índoles que éstas sean.

En el andar por este camino nos encontramos con cruces, con desviaciones, con señalizaciones ambiguas y hasta confusas, y en esos momentos, aunque no sólo, se necesita alguien que ya haya recorrido ese camino o lo conozca con mayor precisión. Sigue siendo válido el consejo que Tobit dejaba, como testamento, a su hijo: “Busca el consejo de los prudentes, y no desprecies ningún consejo útil” (Tob 4,18).

Estas consideraciones son particularmente aplicables a la vida espiritual. La santidad cristiana es un proceso constante de transformación: “Como niños recién nacidos, apeteced la leche pura del Espíritu, para que, alimentados con ella crezcáis hasta la salvación” (1Pe 2,2). Entre el ser infantil y la madurez existe todo un proceso.

Así se lo hacía reflexionar S. Pablo a los corintios: “Por mi parte, hermanos, no pude hablaros como a quienes poseen el Espíritu, sino como a gente inmadura, como a niños en Cristo. Os di a beber leche y no alimento sólido, porque aún no podíais asimilarlo” (1Co 3,1-2).

Es el mismo S. Pablo quien recomienda, al menos indirectamente, que para no desviarnos del recto camino, se necesitan maestros expertos que nos guíen por el camino de la sana doctrina: “Así que no seamos niños caprichosos, que se dejan llevar de cualquier viento de doctrina, engañados por esos hombres astutos, que son maestros en el arte del error” (Ef. 4,14).

Y no hay que olvidar que los planes de Dios no coinciden necesariamente con nuestros planes (cf. Is. 55,8). Por eso el libro del Eclesiástico recomienda que se acuda “siempre a un hombre piadoso, de quien sabes bien que guarda los mandamientos, cuya alma es según tu alma y que, si caes, sufrirá contigo” (37,12). S. Pablo mismo tuvo necesidad de un guía en el discípulo Ananías, aunque él confesase que había recibido el evangelio directamente de Jesucristo (cf. Gál. 1,12).

 

¿Me he preguntado por la Voluntad de Dios en mi vida?

¿Cómo va mi crecimiento en la fe?

Cuándo busco una respuesta a mis preguntas y dudas de la vida,  ¿con quién acudo para pedir orientación y ayuda?

Ante mis dudas y decisiones ¿sólo dialogo con la comadre, con el compadre? ¿me dejo llevar y me oriento por los horóscopos y adivinaciones?

 

Compromiso:

¿Cuál será mi propósito para que en adelante tenga más en cuenta la dirección espiritual como camino clave hacia la santidad, que es mi vocación como bautizado(a)?

 

Oración Final:

Padre Nuestro y consagración a la Virgen (Oh, Señora mía...)