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Hoy
Sábado, 11 de octubre de 2008 | 20:09
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MENSAJE
DEL SANTO PADRE MUNDIAL DE ORACIÓN 14 DE MAYO 2000.- IV DOMINGO DE PASCUA Tema: «La Eucaristía, fuente de
toda vocación y ministerio en la Iglesia Venerados Hermanos en el Episcopado, carísimos Hermanos
y Hermanas de todo el mundo! La Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones que
será celebrada en el clima glorioso de las fiestas pascuales,
momento particularmente intenso de las fechas jubilares, me ofrece
la ocasión para reflexionar junto con vosotros sobre el don de
la divina llamada, compartiendo vuestra solicitud por las vocaciones
al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada. El tema que quiero
proporcionaros este año se pone en sintonía con el desarrollo
del Gran Jubileo. Quisiera meditar con vosotros sobre: La Eucaristía,
fuente de toda vocación y ministerio en la Iglesia. No es quizá
la Eucaristía el misterio de Cristo vivo y operante en la historia?
En la Eucaristía Jesús continúa llamando a su seguimiento y ofreciendo
a cada hombre la «plenitud del tiempo». 1.- «Cuando llegó la plenitud del tiempo, Dios mandó
a su Hijo, nacido de mujer»
(Gál. 4,4)» La plenitud del tiempo se identifica con el misterio
de la Encarnación del Verbo
y con el misterio de la Redención
del mundo» (Tertio millennio adveniente, 1): en el Hijo
consustancial al Padre y hecho hombre en el seno de la Virgen
se abre y llega a su plenitud en el «tiempo» esperado, tiempo
de gracia y de misericordia, tiempo de salvación y de reconciliación. Cristo revela el plan de Dios respecto de toda la creación
y en particular respecto del hombre. Él «revela plenamente el
hombre al hombre y le comunica su altísima vocación» (Gaudium
et Spes , 22), escondida en el corazón del Eterno. El misterio
del Verbo encarnado será plenamente descubierto sólo cuando cada
hombre y cada mujer sean realizados en Él, hijo en el Hijo, miembros
de su Cuerpo místico que es la Iglesia. El Jubileo,
y éste en particular, celebrando los 2000 años de la entrada en
el tiempo del Hijo de Dios y el misterio de la redención, incita
a cada creyente a considerar su propia vocación personal, para
completar lo que falta en su vida a la pasión del Hijo en favor
de su cuerpo que es la Iglesia. (Cor. 1, 24) 2.- «Puesto con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo,
lo partió y se lo dió. Se les abrieron los ojos y lo reconocieron.
Mas Él desapareció de su presencia. Se dijeron uno al otro: «No
ardía nuestro corazón dentro de nosotros mientras en el camino
nos hablaba y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24, 30-32) La Eucaristía constituye el momento culminante en el
que Jesús, al darnos su Cuerpo inmolado y su Sangre derramada
por nuestra salvación, descubre el misterio de su identidad e
indica el sentido de la vocación de cada creyente. En efecto,
el significado de la vida humana está todo en aquel Cuerpo y en
aquella Sangre, ya que por ellos nos han venido la vida y la salvación.
Con ellos debe, de alguna manera, identificarse la existencia
misma de la persona, la cual se realiza a sí misma en la medida
en que sabe hacerse, a su vez don para todos. En la Eucaristía todo esto está misteriosamente significado
en el signo del pan y del vino, memorial de la Pascua del Señor:
el creyente que se alimenta de aquel Cuerpo inmolado y de aquella
Sangre derramada recibe la fuerza de transformarse a su vez en
don. Como dice S. Agustín: «Sed lo que recibís y recibid lo que
sois» (Discurso 272,1: En Pentecostés). En el encuentro con la Eucaristía algunos descubren sentirse
llamados a ser ministros del Altar, otros a contemplar la belleza
y la profundidad de este misterio, otros a encauzar la fuerza
de su amor hacia los pobres y débiles, y otros, también a captar
su poder transformador en las realidades y en los gestos de la
vida de cada día. Cada creyente encuentra en la Eucaristía no
sólo la clave interpretativa de su propia existencia sino el valor
para realizarla, y construir así, en la diversidad de los carismas
y de las vocaciones, el único Cuerpo de Cristo en la historia. En la narración de los discípulos de Emaús (Lc.24, 13-35)
S. Lucas hace entrever cuanto acaece en la vida del que vive de
la Eucaristía. Cuando «en el partir el pan» por parte del «forastero»
se abren los ojos de los discípulos, ellos se dan cuanta que el
corazón les ardía en el pecho mientras lo escuchaban explicar
las Escrituras. En aquel corazón que arde podemos ver la historia
y el descubrimiento de cada vocación, que no es conmoción pasajera,
sino percepción cada vez más cierta y fuerte de que la Eucaristía
y la Pascua del Hijo serán cada vez más la Eucaristía y la Pascua
de sus discípulos. 3.- «He escrito a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes,
y la palabra de Dios permanece en vosotros y habéis vencido al
maligno». (I Juan 2-14) El misterio del amor de Dios» escondido desde los siglos
y desde las generaciones» (Col.1, 26) es ahora revelado a nosotros
en la «palabra de la cruz» (1 Cor. 1,18) que morando en
vosotros, queridos jóvenes, será vuestra fuerza y vuestra luz
y os descubrirá el misterio de la llamada personal. Conozco vuestras
dudas y vuestras fatigas, os veo con cara de desaliento, comprendo
el temor que os asalta ante el futuro. Pero tengo, también, en
la mente y en el corazón la imagen festiva de tantos encuentros
con vosotros en mis viajes apostólicos, durante los cuales he
podido constatar la búsqueda sincera de la verdad y el amor que
permanece en cada uno de vosotros. El Señor Jesús ha plantado su tienda en medio de nosotros
y desde esta su morada eucarística repite a cada hombre y a cada
mujer: «Venid a mí , todos vosotros, que estáis cargados y oprimidos
y yo os confortaré» (Mt.11, 28). Queridos jóvenes, andad al encuentro de Jesús Salvador
Amadlo y adoradlo en la Eucaristía! Él está presente en la Santa
Misa que hace sacramentalmente presente el Sacrificio de la Cruz.
Él viene a nosotros en la Sagrada Comunión y permanece en los
Sagrarios de nuestras Iglesias, porque es nuestro amigo, amigo
de todos, particularmente de vosotros jóvenes, tan necesitados
de confidencia y de amor. De Él podéis sacar el coraje para ser
sus apóstoles en este particular paso histórico: el 2000 será
como vosotros jóvenes lo querráis y lo deseéis. Después de tanta
violencia y opresión, el mundo tiene necesidad de «echar puentes»
para unir y reconciliar; después de la cultura del hombre sin
vocación, hacen falta hombres y mujeres que creen en la vida y
la acogen como llamada que viene de lo Alto, de aquel Dios que
porque ama, llama; después del clima de sospecha y de desconfianza,
que corrompe las relaciones humanas, sólo jóvenes valientes, con
mente y corazón abiertos a ideales altos y generosos podrán restituir
belleza y verdad a la vida y a las relaciones humanas. Entonces
este tiempo jubilar será para todos de verdad «año de gracia del
Señor», un Jubileo vocacional. 4.- «Os escribo a vosotros, padres, porque habéis conocido
al que es desde el principio» (1 Juan, 2-13) Cada vocación es don del Padre, y como todos los dones
que vienen de Dios, llegan a través de muchas mediaciones humanas:
la de los padres o educadores, de los pastores de la Iglesia,
de quien está directamente comprometido en un ministerio de animación
vocacional o del simple creyente. Quisiera con este mensaje dirigir la mirada a toda esta
categoría de personas, a las que está ligado el descubrimiento
y el apoyo de la llamada divina. Soy consciente de que la pastoral
vocacional constituye un ministerio no fácil, pero cómo no recordaros
que nada es más sublime que un testimonio apasionado de la propia
vocación? Quien vive con gozo este don y lo alimenta diariamente
en el encuentro con la Eucaristía sabrá derramar en el corazón
de tantos jóvenes la semilla buena de la fiel adhesión a la llamada
divina. Es en la presencia eucarística donde Jesús nos reúne,
nos introduce en el dinamismo de la comunión eclesial y nos hace
signos proféticos ante el mundo. Quisiera aquí, dirigir un pensamiento afectuoso y agradecido
a todos aquellos animadores vocacionales, sacerdotes, religiosos
y laicos, que se prodigan con entusiasmo en este fatigoso ministerio.
No os dejéis desanimar por las dificultades, tened confianza!
La semilla de la llamada divina, cuando es plantada con generosidad,
dará frutos abundantes. Frente a la grave crisis de vocaciones
al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada que afecta a algunas
regiones del mundo, es menester, sobre todo en este Jubileo del
Año 2000, afanarse para que cada presbítero, cada consagrado y
consagrada redescubra la belleza de su propia vocación y la testimonie
a los demás. Que cada
oyente llegue a ser educador de vocaciones, sin tener que proponer
una elección radical; que cada comunidad comprenda la centralidad
de la Eucaristía y la necesidad de los ministros del Sacrificio
Eucarístico; que todo el pueblo de Dios alce siempre la más intensa
y apasionada oración al Dueño de la mies, con el fin de que mande
operarios a su mies. Y que confíe esta oración a la intercesión
de Aquella que es Madre del Sacerdote eterno. 5.- Oración. Virgen
María, Tu
eres la imagen
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