Hoy Sábado, 22 de noviembre de 2008 | 01:13

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Apostoloteca virtual LITURGIA TEMA 12: LA PROCLAMACION DE LA PALABRA

TEMA 12:
LA PROCLAMACION DE LA PALABRA

ORACION INICIAL

Ponerse un gancho de ropa en la boca, o un pedazo de cinta adhesiva, e invitarse a la alabanza. Leer OLM 7.

Se quitan el obstáculo y comentan ¿en qué ocasiones somos anunciadores mudos? ¿qué nos lleva a éso?

PRIMERO VEAMOS

¿Qué significa proclamar? ¿Es lo mismo que leer en voz alta? ¿para sí mismo?

AHORA PENSEMOS:

La palabra impresa es una palabra muerta. Pero el lector le insufla vida, y se convierte en palabra viva. Proclamar significa: anunciar a otros. No es un mero leer en voz alta, sino comunicar un mensaje vivo que provoca una respuesta. No se trata de cumplir con leer, sino de prolongar la acción de los profetas.

La proclamación consiste en anunciar algo a otros. Exteriorizar una vivencia, una reflexión, un descubrimiento, una vida. Lo que no se ha comprendido no se puede proclamar.

Supone un clima de escucha. Sólo el Espíritu Santo penetra en nuestras profundidades, hace viva la Palabra, y nos hace proclamar a Jesús como Señor.

Lugar:

El altar de la Palabra y lugar de la proclamación de la Palabra de Dios es el ambón. Sirve exclusivamente para la proclamación de la Palabra. Siempre desde el ambón y sólo desde él se hacen las Lecturas bíblicas y salmos. El lector debe colocarse de modo que sea visto y oído por toda la asamblea; no debe esconderlo el atril.

Conviene que los lectores tengan un lugar en el presbiterio, o al menos cerca de él, delante de las bancas; y que en las Misas solemnes entren en procesión con todos los ministros. Eso facilita su servicio y reduce los desplazamientos; permite asociarse mejor a la celebración.

Postura:

La liturgia es comunicación en lenguaje total. El oyente tiene oídos e inteligencia, pero también ojos, sensibilidad y tacto. Interesa, por tanto, el aspecto externo de la comunicación.

Al terminar la oración colecta, los lectores y el salmista pasan al centro del altar, hacen la debida reverencia, y pasan junto al ambón, al cual van pasando a su debido tiempo de ejecutar su participación. Se debe tomar el tiempo necesario para llegar a tiempo.

Con calma, sin precipitación, sube al ambón. Se asegura que el Leccionario esté en la página correcta, el micrófono esté en buena altura, y la asamblea esté sentada y atenta.

Se coloca bien: los dos pies en el suelo (no en uno sólo, equilibrándose e inestable), los talones paralelos y levemente separados; la punta de los pies como las agujas de un reloj marcando las 10:10 horas; las dos manos sobre los bordes derecho e izquierdo del atril.

Al terminar de leer, cuando el pueblo dijo la aclamación, hace reverencia, baja del ambón, y va junto a los otros lectores. Una vez que todos terminaron su función, hacen nuevamente la debida reverencia juntos, y pasan a su lugar dignamente.

Mirada:

Conviene, antes de comenzar la lectura, tomar posesión del auditorio paseando la mirada a toda la asamblea, aunque sin mirar a nadie en particular. Se abarca con la mirada a todos aquellos a quienes se va a comunicar el mensaje, sobre todo a los que están más lejos, hasta el fondo del templo o a los lados.

La mirada dura mientras se establece el silencio. Se comienza a leer sólo hasta que hayan cesado los ruidos de bancas, hojas, murmullos, etc.

No mira a cada rato a la asamblea, sino al final de un párrafo, o tras una frase importante. Con un dedo señala el lugar donde va la lectura, para no perderse. La verdadera comunicación en el acto de leer no viene de la mirada, sino de la dicción perfecta con voz intensa y sostenida.

Respiración:

La respiración profunda, abdominal, y pausada, ayuda a controlar los nervios y a pronunciar bien. Muchos leen mal porque no saben respirar; o se cansan de la garganta, porque no saben respirar. Si respiran desde la parte alta del pecho, sólo la cuarta parte de los pulmones se llena de aire; al aliento es corto, la palabra es cortada, agravado por el miedo o la emoción.

Voz:

Cada uno tiene su voz propia; más o menos bonita, timbrada; pero hay que saber utilizarla y aprovecharla. También cada uno tiene un registro propio, una extensión de la voz, un punto en el cual suena mejor la voz. Se debe hablar alto y lento.

No una voz neutra, sino expresiva, clara, digna, inteligente e inteligible. Hay que evitar una voz fingida, ampulosa, enfática, que cae mal; y también un tono de voz que sólo se emplea para confidencias o cuchicheos.

Durante la lectura, la voz sube y baja sin cesar. No se puede proclamar todo un texto en tono igual y cansado, sino subrayando la entonación del texto, con apenas sensibles acentos melódicos. La caída de la voz al final de la frase debe ser siempre conclusiva. Las frases de un texto pueden compararse a los arcos de un puente: cada uno de los arcos representa el arranque, la cima y el final de la frase.

La voz humana puede matizar una inmensa diversidad de sonidos, apenas perceptible, y posibilita una enorme novedad asequible a una acústica perfecta. Por eso, la adecuada entonación del texto es una riqueza de la lectura. El buen lector es un intérprete, en cuya boca el texto toma vida, resucita.

Tono:

¿Cuál es el tono justo de una lectura bíblica? Depende del género literario del texto. Y depende también del temperamento, timbre de voz y personalidad del lector.

No es igual el tono de un poema, que de una narración, de una exposición doctrinal, de un regaño, etc. Distinguimos cinco grandes géneros literarios en los textos que corresponden a los lectores:

a) Relato histórico: tono sencillo, como el de un testigo que cuenta simplemente los hechos que relata o un cronista radiofónico de un evento. En estos textos se hallan frecuentes diálogos, donde intervienen dos o más personajes; el que proclama debe cambiar tono según los personajes, y hacer una pausa corta antes del cambio de tono.

b) Exhortación moral: tono más cariñoso, fraternal, como quien aconseja; o a veces con firmeza, cuando se llama la atención de los destinatarios.

c) Exposición dogmática o enseñanza doctrinal: tono más bien de maestro que enseña, con claridad y precisión, sobrio, afirmativo.

d) Proclamación profética, himnos y doxologías o alabanzas: tono solemne, sostenido, entusiasta, con un cierto calor en la voz, como declamador, aunque evitando teatralidades.

e) Texto lírico, salmos y cánticos: tono más elevado, lectura con cierta intensidad; atención a los puntos de exclamación; la lectura se construye alrededor de una frase, no de una palabra.

En regla general, el tono de una lectura requiere gran sobriedad de variación. Hay que evitar una modulación demasiado exagerada de las frases.

Evitar bajar el tono al final de las frases. Al contrario, subir un poco el tono al final evita que se pierdan las últimas sílabas.

Velocidad:

La velocidad correcta se da cuando el lector tiene la impresión de leer demasiado lento. Porque sus ojos van más rápido que los oídos y la mente de los oyentes; y porque la amplitud del lugar debe ser alcanzada con el sonido sin interferirse entre sí.

Es indispensable no temer las pausas de silencio entre un párrafo y otro, una sección y otra, una frase y otra.

Dicción:

La comunicación no es sólo verbal, sino del tono de voz, los gestos, el calor humano u hostilidad, la paz o intranquilidad. Con los ojos damos una primera lectura, pero con voz baja damos una segunda.

Se exige una buena dicción, lentitud precisa, pausas frecuentes, buena pronunciación, no comerse letras ni sílabas, no cambiar palabras, sacar bien la voz, que se oigan los finales de las palabras y frases, no bajar la voz. No leer rápido, pues se anula la Palabra de Dios con precipitaciones.

Leer con naturalidad. Interpretar el texto. No separar el sujeto del verbo, ni el adjetivo de su sustantivo. Se sabe destacar la frase clave que es cumbre del texto, preparándola por una progresión de voz. Proclama con una sola emisión de voz los grupos de palabras que forman una unidad.

Aunque leer no es cantar, hay un ritmo en cada rase, que debemos encontrar y asimilar. El miedo, la mala postura, la mala respiración, lo impiden. El buen ritmo depende de: unir las palabras que deben unirse; hacer las pausas donde se necesite; hacer suspenso sobre algunas sílabas; acentuar las sílabas fuertes.

Pausas:

Se trata de repartir las palabras en unidades, de tal manera que el sentido del texto sea accesible al oyente.

El lector está viendo los signos de puntuación, pero el oyente no; debe descubrirlo por la forma de leer de aquel. Son signos que van formando pequeñas unidades de palabras, y en la lectura pública van a contribuir a transmitirlas al oyente con un sentido completo.

Es conveniente una pausa de silencio al terminar la lectura, para que la Palabra asiente en nosotros, y el Espíritu Santo haga su acción.

 

Reglas de una buena proclamación:

Hablar pausadamente. No precipitarse, pues no se trata de terminar pronto, sino de comunicar un mensaje. El oído es más lento que la vista.

Tener en cuenta a las personas más lejanas. Cerciorarse que están oyendo.

Emplear un tono más elevado que el timbre natural de voz que tenemos.

Evitar un tono cantilante, monótono, de dejadez.

No estar agachados. Abrir la boca más de lo habitual, y vocalizar bien aunque parezca que exagera.

Es importante la seguridad al empezar. Si al estar leyendo nos equivocamos, nos detenemos, y volvemos a leer con calma la frase correcta.

No enuncia "Primera Lectura", "Salmo responso­rial", "Segunda Lectura". Tampoco lee la frase clave que viene en rojo, ni las indicaciones de cita.

Al terminar hace una pausa (3 segundos de silencio), mira al pueblo, y, cambiando de tono, dice seguro y solemne: "Palabra de Dios"; y se queda en el ambón mirando al pueblo hasta que han respondido. No levanta el Leccionario; ni dice : "Esta es Palabra de Dios".

Supone una presentación digna, que no distraiga, ni ofenda a los presentes (evitando los dos extremos). Para anunciar algo digno, a una comunidad que merece respeto, evitando lo que distraiga.

No sólo proclama para otros, sino vive la Palabra para sí mismo.

SIETE CONSEJOS
PARA UN BUEN LECTOR

1.-  Leer  la lectura antes.    Leerla para entender bien el  sentido, y ver que entonación se le va a dar a cada frase. Conocer las palabras de dificil pronunciación.

2.-    Al  estar frente al  ambón, cuidar la postura del cuerpo, que se lea estando bien parados y de forma natural.

3.-  Situarse  a una distancia adecuada del micrófono para que se oiga bien. No empezar a leer hasta que el micrófono este bien acomodado.

4.-  Vocalizar.  Esto  es: remarcar cada sílaba, mover los labios y la boca, no atropellarse, no bajar el  tono de voz en los finales de la frase.

5.- Mirar a la gente. Los ojos no han de estar fijos todo el tiempo en el  libro, sino que de vez en cuando hay que levantarlos y dirigirlos con tranquilidad a los que nos escuchan. Eso crea un  clima  de  comunicación.

6.-  Leer con la cabeza alta. La voz resulta mas clara y el   tono mas elevado. Así se puede mirar mas fácilmente a la asamblea.

7.- Leer lentamente.  El principal defecto de los lectores es el nerviosismo. Esto trae como consecuencia de que se lea aprisa y no se entienda.

Al  llegar al ambón, respirar con tranquilidad y empezar la lectura con tranquilidad. Y al  terminar de leer, dejar una pausa breve, para decir:  Palabra de Dios. Escuchar desde el ambón la respuesta del pueblo, y luego volver hacia su sitio.

LUEGO ACTUEMOS:

Leer ante todos, siguiendo las indicaciones señaladas, y recibiendo al final las observaciones de los demás: Relato de la Institución eucarística (1 Corintios 11,23-16); exhortación a la vida familiar (Colosenses 3,12-21); exposición doctrinal del Cuerpo Místico (1 Corintios 12,3-13); proclamación profética de la promesa del Espíritu (Joel 3,1-5); cánticos de liberación (Exodo 15; Apocalipsis 5,9-14; Colosenses 1).

ORACION FINAL:

 

Espontánea, sobre el tema leído, vivencial.

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