Hoy Sábado, 22 de noviembre de 2008 | 01:41

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Apostoloteca virtual LITURGIA TEMA 15: LA LECTIO DIVINA

TEMA 15:
LA LECTIO DIVINA

ORACION INICIAL:

Canto a la Palabra de Dios y entronización de la Biblia entre dos cirios.

PRIMERO VEAMOS:

Algunos acuden a la Biblia en plan de estudio; se les escapa su identidad de Palabra de Dios. Otros acuden en plan de aplicación pastoral; pero no escuchan lo que Dios quiere decirles sino lo que les sirve para los demás. Otros van en plan de oración. Otros llegan a tomar decisiones con la Palabra de Dios. ¿Qué sabes de la Lectio Divina? ¿Conoces algún método que te permita acudir integralmente a la Biblia?

AHORA PENSEMOS

Una de las formas más apropiadas para volver a las Sagradas Escrituras es la práctica de la Lectio Divina. Esta lectura orante de la Biblia tiene la impronta de los padres de la Iglesia y ha sido cultivada a través de los siglos en el corazón de la vida monástica.

1. Que es la Lectio Divina

La Lectio Divina se ha empleado durante todo el tiempo de la Iglesia porque es un método concreto, sencillo, real y posible para vivir de cada Palabra que sale de la boca del Señor.

El Cardenal Martini dice que la Lectio Divina es el ejercicio ordenado de la escucha personal de la Palabra.

Ejercicio: porque es algo activo; es un momento en que uno se coloca, decide, camina.

Ordenado: porque tiene una dinámica interna sencillísima.

De la escucha: hecha en actitud de adoración y sumisión. En la Escritura no debemos buscar algo qué manifestar a los demás o algo que nos interese, debemos dejar que Dios nos hable.

Personal: es el momento personal de la escucha, que se corresponde necesariamente con el momento comunitario.

De la Palabra: es Dios quien habla, Cristo quien habla, el Espíritu Santo el que habla. Me habla la Palabra que me ha creado, que tiene el secreto de mi vida, la clave de mis situaciones presentes... Me habla el Espíritu que penetra toda realidad económica, social, política y cultural del mundo.

Es un ejercicio de lectura pero también una oración. El ejercicio de la Lectura Orante nos invita a abrirnos unos a otros para compartir nuestra experiencia de fe y nuestra vivencia de la Palabra de Dios.

La búsqueda del sentido que el texto tiene hoy para nosotros no depende sólo del estudio del texto en sí. Depende también de la vivencia comunitaria de Cristo vivo. Depende  de las preguntas que las personas de nuestras comunidades ponen al texto.

Por consiguiente, las respuestas que el texto nos da será diferente para las distintas comunidades; pero lo que nos une es el mismo texto, el mismo Dios, el mismo Espíritu, el mismo Jesús, la misma vida que lucha y quiere salir adelante.

2. Orientaciones prácticas para la Lectio Divina:

El método benedictino de la Lectio Divina o de la lectura orante se concentra en torno a cuatro actitudes básicas, combinadas entre sí: lectio, meditatio, oratio, contemplatio-actio (Lectura,  Meditación, Oración y Contemplación).

Un método es más que sólo un conjunto de técnicas didácticas. Es una determinada actitud que se asume delante del texto bíblico, derivada de la visión que se tiene de la Biblia, de la Iglesia, de la realidad y de la acción reveladora de Dios en la vida.

1) La Lectio: trata de descubrir el sentido que el texto tiene en sí. Indica que se ha de leer y releer el texto bíblico, con el fin de poner de relieve los temas fundamentales, los personajes, las figuras, las acciones y dinamismos del texto. Devuelve al texto su autonomía e independencia. Lo pone a salvo del peligro de la manipulación. El sustrato de la lectio es la lectura crítica, fruto de la exégesis científica que sitúa el texto en su contexto literario e histórico.

2) La Meditatio procura descubrir el sentido que el texto tiene para nosotros hoy. Mediante un proceso de rumiar, meditar y reflexionar actualiza el sentido del texto y lo encarna en nuestra realidad. Aquí la pregunta fundamental es: ¿Qué me dice este texto a mí? Como palabra de Dios vivo ¿Qué me está diciendo hoy? ¿Qué fuerza tienen para mí los valores permanentes que están detrás de las personas, palabras y acciones. La Meditatio es el corazón de la lectura orante.

3) La Oratio despierta en nosotros las palabras apropiadas que el texto nos hace decir a Dios.   A través de la oración respondemos a Dios que nos habló en la Lectio y en la Meditatio. La oración es el ambiente y el perfume de la lectura orante.

4) La contemplatio es la luz que resplandece en los ojos después que terminamos la lectura orante. Es el momento en que se degusta el texto, captado o entendido como por asimilación, no tanto intelectual, cuanto por connaturalidad; la palabra de Dios nos nutre. Y es sólo en este momento cuando comienza a nutrirnos; saltarlo o superarlo pensando enseguida en cómo explicar el texto y decir algo sobre él, nos hace caer en la repetición de cosas banales, triviales, leídas en otro lugar.

La contemplación es la nueva luz con que miramos a Dios, a los hermanos y hermanas, la vida, la realidad.  Es el nuevo sabor con que aceptamos la vida de la mano de Dios.

3. Los siete pasos de la Lectio Divina

Una vez reconocida la dinámica propia de la “Lectio Divina” podemos comenzar su aprendizaje. La “Lectio” se aprende por el ejercicio continuo, preferentemente diario.   Mejor aún si se cuenta con el apoyo de un acompañante con quien compartir este camino de oración.

Las anteriores actitudes se han colocado en un esquema de siete pasos con sus respectivas indicaciones para que nos sea más fácil el “caminar juntos y con el mismo rumbo”:

1) Primer paso: Acogida y oración

La preparación es decisiva para el éxito de la “Lectio Divina”.  Para poder escuchar a otro, primero hay que bajar el tono de voz, hacer silencio, concentrarse.  El clima ideal para la “Lectio” es lo que San Juan de la Cruz llamó la “soledad sonora” (Cántico, 15), es decir, callar el ruido de tantas voces que nos invaden para captar el dulce silbido del Espíritu en la Palabra de Dios.

Podemos considerarnos preparados cuando hayamos logrado entrar en este silencio receptivo, atento, consciente de la presencia poderosa de Dios que viene amorosamente a nuestro encuentro con el don de su Palabra.

Muchas veces este momento llega a ser un verdadero combate espiritual.  Especialmente en aquellos días en que tenemos muchos compromisos o tenemos algún problema o estamos cansados o venimos de alguna actividad agitada. Gracias a Dios, habrá días en que será relativamente fácil entrar en la “Lectio”.   Lo importante es tener presente que no es posible entrar en la inteligencia del texto sin el corazón pacificado y poseído por el Espíritu Santo (Ver Lucas 24, 36.  45.  49).

2) Segundo paso: Lectura del texto bíblico

Abrimos el texto con mucho respeto. En este momento cada letra, cada signo de la Escritura vale mucho. Los antiguos veneraban las Escrituras casi como la misma Sagrada Eucaristía, no se puede dejar perder ni una migaja.

El respeto al texto se expresa en la renuncia a la imposición de cualquier idea previa, a quitarle o acomodarle nada. Queremos que éste brille solo: que él hable primero.  Buscamos una lectura objetiva, cuidadosa, humilde, siendo conscientes de nuestras necesidad de ella.  Sucede, a veces, que se trata de un pasaje ya conocido.  Entonces habrá que decir como santa Teresita. “Más me vale leer mil veces los mismos versículos (del Evangelio) porque cada vez les encuentro un sentido nuevo”.

Lo que hay que hacer es leer lentamente desde el comienzo hasta el final, releerlo y volver a hacerlo una vez más. Poco a poco los detalles van apareciendo y cada palabra va haciendo sentir su peso. Las letras se vuelven imagen, comienzan a hablar y nosotros nos vamos apropiando de ellas.

3) Tercer paso: Lectura del texto en sí

¿Qué dice el texto? Las siguientes  indicaciones sencillas pueden ayudar:

1. Captar las ideas principales:

* Retener las voces fuertes del texto: con lápiz en mano, subraya la(s) frase(s)  que más te impactan.

* Subdividir el texto: mientras más subdivido mejor.  Es como un pan que se come en pequeños trozos.

* Distinguir quién habla y de qué cosa habla: si es un narrador o es un actor; quién es este personaje, cuáles son sus características.  No será nunca lo mismo cuando habla Jesús que cuando habla otro.

* Ayudarnos de nuestra propia práctica de lectura: para tratar de intuir qué es lo fundamental y qué es lo secundario.  Se aplica todo lo que sabe.

2. Profundizar:

* Hacer preguntas pertinentes sobre el texto.

* Leer las notas de pie de página de la versión (Biblia) que tenemos.

* Consultar los posibles textos paralelos u otras referencias que se indican en la versión.

*Remitir a algún comentario, cuando lo tenemos a la mano.

4) Cuarto paso: Sentido para nosotros

Sentir el texto:

Dar espacio a nuestra propia emoción. Quizás haya una frase que, aunque sea secundaria, nos ha impactado. Pues bien, hay que apropiársela. Dios me habla en ella. Lo importante es respetar siempre su sentido dentro del contexto: que sea lo que ella dice y no lo que yo quiero que me diga. Respetar el contexto es la regla primera de la lectura de la Biblia.

Apropiárselo:

* Leer en voz alta el pasaje. Así podremos sentir mejor la emoción de las palabras, su ritmo, su   respiración, su énfasis, sus silencios. Cada página de la Biblia tiene su originalidad. Nunca nos cansará este ejercicio.

* Repetir una frase o una idea que sintetiza nuestra lectura. Repetirla hasta memorizarla.

* Tratar de respetar el texto en nuestra imaginación (cuando el pasaje es narrativo): con una reconstrucción de la escena, colocándonos en la piel de los personajes. Un poco de fantasía nos da la sensibilidad del texto ¿Qué habríamos dicho nosotros? ¿Cómo nos habríamos comportado?

* Escribir de nuevo el pasaje: es una antigua práctica que ayuda a la identificación con el texto.  Decía Casiano: “penetrados de los mismos sentimientos con que fue escrito el  texto, nos volveremos, por así  decir, su  autores”.

5) Quinto paso: Meditación y Oración a partir del texto

En la práctica de la “Lectio”, al llegar a este momento,  cerramos la Biblia e inclinamos la cabeza ante el Señor. La meditación es el efecto natural de la lectura, porque ya no sólo hablamos del texto sino también de nosotros. La meditación se hace con la Palabra caliente, resonando en el corazón. Todo este movimiento se realiza en la interioridad.

En la “Lectio Divina” la meditación tiene características propias que la distinguen de aquella otra que es especulación mental. Se trata de captar la actualidad de Dios en el caminar, en los sucesos de todos los días, para vivir en sintonía con El y para dar nuevos pasos según su voluntad. Es una actividad lenta y fatigosa. Por eso Casiano prefería hablar de “rumiar” la Palabra, es decir, de saborearla lentamente.

Y lo hacemos de dos modos:

Asociamos la Palabra a la vida. Es decir, nos vemos a la luz de Dios, con la mirada de Dios. En este momento emerge la historia de nuestro caminar en la dirección de Dios o, tal vez, un poco a contra vía.

Asociamos la Palabra con otros textos ya conocidos. Esto nos permite que la Palabra se haga aún más viva y más clara. Realizamos este ejercicio recordando dos principios: “la unidad de la Sagrada Escritura” y que “la Biblia explica la Biblia”.

Así el movimiento de meditación hace que se acorten las distancias entre la experiencia del pueblo de Dios y la mía, entre el ayer del texto  y el hoy de su mensaje, entre la Palabra y la vida. Y, por supuesto, con el mismo Dios, su autor, de quien ahora oímos su voz viva y actual  por la que se nos da a conocer lo que quiere de nosotros.

De la meditación nace la primera oración: Señor, hazme comprender los valores permanentes que encierra este texto y que yo no tengo... se puede manifestar también como petición de perdón o de luz  o como oblación.

La oración que brota de la “Lectio” se vive con gozo en el Espíritu Santo (Gálatas 5,22), emoción con la que Jesús oraba también, porque se siente íntimamente el gusto de Dios, de las cosas de Cristo. El gozo de la alabanza lo invade todo.

6) Sexto paso: Contemplación, compromiso

La contemplación es muy importante; es la alegría de orar; es sentir íntimamente el gusto de Dios y de las cosas de Cristo. Llegar a este grado es fruto del don de Dios, es fruto de su Espíritu. A partir de la contemplación, último movimiento de la “Lectio Divina” se comienzan a vislumbrar horizontes en la vida espiritual que la impulsan por caminos de madurez cristiana.

Porque el Verbo habita en nosotros haciéndose uno con nuestra carne, la práctica de la “Lectio” es una educación contínua para que tengamos “los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Filipenses 2,5), para sentir, decidir y actuar según su Corazón. Es, por tanto, una verdadera escuela de los discípulos de Jesús en la que se aprenden los caminos de Su seguimiento.

La consolación llega a ser como una atmósfera en la que el corazón se puede mover con libertad. Enseña el Cardenal Martini cómo “sólo de la consolación, nacen las opciones valientes de pobreza, castidad, obediencia, fidelidad, perdón, porque es el lugar, la atmósfera propia de las grandes opciones interiores. Lo que no viene de este don poco dura, y puede ser fácilmente sólo fruto del moralismo que nos imponemos a nosotros mismos”.

En lo que se refiere al compromiso, el Cardenal Martini dice: la acción es el fruto maduro de todo el camino...lección bíblica y acción, no son de ningún modo dos líneas paralelas. No siempre es fácil, lo sabemos por experiencia. Por eso podríamos siempre orar como lo hacía un santo: “Pero tú Señor, conoces la imposibilidad y la incapacidad que tengo para amarte. Por eso, Dios mío, dame, si tú quieres, lo que me mandas, después mándame todo lo que tú quieras” (Juan Eudes)   

7) Séptimo paso: Oración conclusiva: Un Salmo cantado que diga relación al tema, un cántico bíblico.

LUEGO ACTUEMOS

Hacer un ensayo en otro día de Lectio Divina con los siguientes textos o con las Lectio del Boletín Diocesano de Pastoral.

CELEBREMOS:

Preparar la Misa de clausura o el rito de Institución de Lectores si lo habrá.

CONCLUSION GENERAL
DEL CURSO:

El oficio de Lectores como un ministerio eclesial es ahora muy imprtante y necesario.

Amós 8,11: Vivimos tiempos de hambre de la Palabra de Dios.

Lamentaciones 4,4: Abunda el pan pero mueren de hambre porque falta quien lo desmenuce.

Decimos como el profeta: "Aquí estoy, Señor, envíame a mí".

Pero jamás agotaremos el contenido ni la fuerza de la Palabra de Dios.

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