Hoy Miércoles, 15 de octubre de 2008 | 21:36

INDICE

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2º DOMINGO DE ADVIENTO 

1. CANTO DE ENTRADA

AmEmonos de corazOn,

no de labios ni de oIdos. (2)

Para cuando Cristo venga,

para cuando Cristo venga,

nos encuentre bien unidos.

¿Cómo puedes tú orar

enojado con tu hermano?

Dios no escucha la oración

si no te has reconciliado.

2. acto penitencial

Pongámonos ahora en silencio ante el Señor. Pidámosle que se abra el cielo y descienda sobre nosotros su gracia, su amor, su perdón.

- Jesús, hermano de los hombres, que vienes para fortalecer a tu pueblo y para abrir un camino nuevo en nuestra vida: Señor, ten piedad.

- Mesías esperado, que vienes para dar la Buena Noticia a los pobres, para curar los corazones desgarrados, para anunciar la libertad a los cautivos: Cristo, ten piedad.

- Hijo de Dios, que vienes para realizar todas las esperanzas de los hombres: Señor, ten piedad.

3. ORACION colecta

Que nuestras responsabilidades terrenas no nos impidan, Señor, prepararnos a la venida de tu Hijo, y que la sabiduría que viene del cielo, nos disponga a recibirlo y a participar de su propia vida. Por nuestro Señor Jesucristo... Amén.

4. PRIMERA LECTURA

El profeta Isaías, el profeta característico de este tiempo de Adviento, anuncia el retorno a la patria del pueblo desterrado. Retorno que supone alegría por la noticia tan esperada, y exige ponerse en camino, para sacar los obstáculos que aún impiden la llegada del Señor.

Lectura del libro del profeta Isaías

 

40, 1-5. 9-11

C onsuelen, consuelen a mi pueblo, dice nues
tro Dios. Hablen al corazón de Jerusalén y
díganle a gritos que ya terminó el tiempo de su servidumbre y que ya ha satisfecho por sus iniquidades, porque ya ha recibido de manos del Señor castigo doble por todos sus pecados».

Una voz clama: «Preparen el camino del Señor en el desierto, construyan en el páramo una calzada para nuestro Dios. Que todo valle se eleve, que todo monte y colina se rebajen; que lo torcido se enderece y lo escabroso se allane. Entonces se revelará la gloria del Señor y todos los hombres la verán». Así ha hablado la boca del Señor.

Sube a lo alto del monte, mensajero de buenas nuevas para Sión; alza con fuerza la voz, tú que anuncias noticias alegres a Jerusalén. Alza la voz y no temas; anuncia a los ciudadanos de Judá: «Aquí está su Dios. Aquí llega el Señor, lleno de poder, el que con su brazo lo domina todo. El premio de su victoria lo acompaña y sus trofeos lo anteceden. Como pastor apacentará su rebaño; llevará en sus brazos a los corderitos recién nacidos y atenderá solícito a sus madres».

 

Palabra de Dios. R. Te alabamos, Señor.

5. SALMO RESPONSORIAL

(Puede cantarse)

R. EL SEÑOR ES COMPASIVO

Y MISERICORDIOSO

Escucharé las palabras del Señor,

palabras de paz para su pueblo santo.

Está ya cerca nuestra salvación

y la gloria del Señor habitará en la tierra. R.

La misericordia y la verdad se encontraron,

la justicia y la paz se besaron,

la fidelidad brotó en la tierra

y la justicia vino del cielo. R.

Cuando el Señor nos muestre su bondad,

nuestra tierra producirá su fruto.

La justicia le abrirá camino al Señor

e irá siguiendo sus pisadas. R.

 

6. SEGUNDA LECTURA

San Pedro, en su segunda carta, quiere confirmar la certeza de que el Señor vendrá para renovarlo todo. Hoy nos anima a esperar al Señor, viviendo ya ahora la vida nueva en la justicia.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pedro

 

3, 8-14

Q ueridos hermanos: No olviden que para el
Señor, un día es como mil años y mil años,
como un día. No es que el Señor se tarde, como algunos suponen, en cumplir su promesa, sino que les tiene a ustedes mucha paciencia, pues no quiere que nadie perezca, sino que todos se arrepientan.

El día del Señor llegará como los ladrones. Entonces los cielos desaparecerán con gran estrépito, los elementos serán destruidos por el fuego y perecerá la tierra con todo lo que hay en ella.

Puesto que todo va a ser destruido, piensen con cuánta santidad y entrega deben vivir ustedes esperando y apresurando el advenimiento del día del Señor, cuando desaparecerán los cielos, consumidos por el fuego, y se derretirán los elementos.

Pero nosotros confiamos en la promesa del Señor y esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia. Por lo tanto, queridos hermanos, apoyados en esta esperanza, pongan todo su empeño en que el Señor los halle en paz con él, sin mancha ni reproche.

 

Palabra de Dios.

R. Te alabamos, Señor.

7. ACLAMACION

R. Aleluya, aleluya

Preparen el camino del Señor,

hagan rectos sus senderos,

y todos los hombres verán al Salvador.

R. Aleluya, aleluya

8. EVANGELIO

@ Lectura del santo Evangelio según san Marcos

 

R/ Gloria a Ti, Señor. 1, 1-8

E ste es el principio del Evangelio de
Jesucristo, Hijo de Dios. En el libro del
profeta Isaías está escrito:

 

He aquí que yo envío a mi mensajero delante de ti, a preparar tu camino. Voz del que clama en el desierto: «Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos».

En cumplimiento de esto, apareció en el desierto Juan el Bautista predicando un bautismo de arrepentimiento, para el perdón de los pecados. A él acudían de toda la comarca de Judea y muchos habitantes de Jerusalén; reconocían sus pecados y él los bautizaba en el Jordán.

Juan usaba un vestido de pelo de camello, ceñido con un cinturón de cuero y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Proclamaba: «Ya viene detrás de mí uno que es más poderoso que yo, uno ante quien no merezco ni siquiera inclinarme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo».

Palabra del Señor.

R. Gloria a Ti, Señor Jesús.

9. Profesion de Fe

¿Creen ustedes en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra? - SI, CREO.

¿Creen en Jesucristo, su Hijo único y Señor nuestro, que nació de la Virgen María, padeció y murió por nosotros, resucitó y está sentado a la derecha del Padre? - SI, CREO.

¿Creen en el Espíritu Santo, en la santa Iglesia católica, en la comunión de los santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de los muertos y en la vida eterna? - SI, CREO.

Esta es nuestra fe, es la fe de la Iglesia que nos gloriamos de profesar en Cristo nuestro Señor.

- AMEN

 

10. ORACION DE LOS FIELES

Con esperanza, pidamos la venida del Señor a nosotros y a todos los hombres y mujeres del mundo.

Diciendo: Ven, Señor Jesús.

1.- Para que la Iglesia viva en actitud de renovación constante. Oremos.

2.- Para que el Papa, los obispos, los sacerdotes y diáconos, como Juan el Bautista, hagan posible el encuentro de los hombres con Jesús salvador. Oremos.

3.- Para que sea posible allanar el camino de la separación entre los cristianos y construir la ruta de la unidad. Oremos.

4.- Para que todos nosotros, guiados por la palabra y el testimonio del Bautista, abramos nuestro corazón a la celebración del Gran Jubileo del año 2000. Oremos.

5.- Para que los que celebramos esta Eucaristía no abandonemos la lucha por la venida del Reino de Dios a nosotros y el mundo. Oremos.

 

Ven; Señor, y escucha nuestra oración. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

11. CANTO DE OFERTORIO

Caminamos hacia el sol,

esperando la verdad;

la mentira, la opresión,

cuando vengas cesarán

LLEGARA CON LA LUZ

LA ESPERADA LIBERTAD. (2)

Contruimos hoy la paz

en la lucha y el dolor;

nuestro mundo surge ya

en la espera del Señor.

12. CANTO DE COMUNION

Ven, ven, Señor, no tardes;

ven, ven, que te esperamos:

ven, ven, Señor, no tardes;

ven, pronto, Señor.

El mundo muere de frío,

el alma perdió el calor;

los hombres no son hermanos

el mundo no tiene amor.

Envuelto en sombría noche

el mundo sin paz no ve,

buscando va una esperanza,

buscando, Señor tu fe.

Al mundo le falta vida,

al mundo le falta luz,

al mundo le falta el cielo,

al mundo le faltas Tú.

13. CANTO FINAL

Mientras recorres la vida

tU nunca solo estás

contigo por el camino

Santa Maria va.

Relato de las Apariciones de la Virgen de Guadalupe

Del Nicán Mopohua, relato del escritor indígena del siglo dieciséis don Antonio Valeriano

 

U n sábado de mil quinientos treinta y uno, a pocos
días del mes de diciembre, un indio de nombre
Juan Diego iba muy de madrugada del pueblo en que residía a Tlatelolco, a tomar parte en el culto divino y a escuchar los mandatos de Dios. Al llegar junto al cerrillo llamado Tepeyac, amanecía, y escuchó que le llamaban de arriba del cerrillo:

«Juanito, Juan Dieguito.»

El subió a la cumbre y vio a una señora de sobrehumana grandeza, cuyo vestido era radiante como el sol, la cual con palabra muy blanda y cortés, le dijo:

«Juanito, el más pequeño de mis hijos, sabe y ten entendido que yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien se vive. Deseo vivamente que se me levante aquí un templo, para en él mostrar y prodigar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa a todos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen. Ve al Obispo de México a manifestarle lo que mucho deseo. Anda y pon en ello todo tu esfuerzo.»

Cuando llegó Juan Diego a presencia del Obispo don Juan de Zumárraga, religioso de san Francisco, éste pareció no darle crédito y le respondió:

«Otra vez vendrás y te oiré más despacio.» Juan Diego volvió a la cumbre del cerrillo, donde la Señora del Cielo le estaba esperando, y le dijo:

«Señora, la más pequeña de mis hijas, niña mía, expuse tu mensaje al Obispo, pero pareció que no lo tuvo por cierto. Por lo cual te ruego que le encargues a alguno de los principales que lleve tu mensaje para que le crean, porque yo soy sólo un hombrecillo.»

Ella le respondió: «Mucho te ruego, hijo mío el más pequeño, que otra vez vayas mañana a ver al Obispo y le digas que yo en persona, la siempre Virgen santa María, Madre de Dios, soy quien te envío.»

Pero al día siguiente, domingo, el Obispo tampoco le dio crédito y le dijo que era muy necesaria alguna señal para que se le pudiera creer que le enviaba la misma Señora del Cielo. Y le despidió.

El lunes, Juan Diego ya no volvió. Su tío Juan Bernardino se puso muy grave y, por la noche, le rogó que fuera a Tlatelolco muy de madrugada a llamar un sacerdote que fuera a confesarle.

Salió Juan Diego el martes, pero dio vuelta al cerrillo y pasó al otro lado, hacia el oriente, para llegar pronto a México y que no lo detuviera la Señora del Cielo. Mas ella le salió al encuentro a un lado del cerro y le dijo:

«Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige. No se turbe tu corazón ni te inquiete cosa alguna. ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No estás, por ventura, en mi regazo? No te aflija la enfermedad de tu tío. Está seguro de que ya sanó. Sube ahora, hijo mío, a la cumbre del cerrillo, donde hallarás diferentes flores; córtalas y tráelas a mi presencia.»

Cuando Juan Diego llegó a la cumbre, se asombró muchísimo de que hubiesen brotado tantas exquisitas rosas de Castilla, porque en ese tiempo encrudecía el hielo, y las llevó en los pliegues de su tilma a la Señora del Cielo. Ella le dijo:

«Hijo mío, ésta es la prueba y señal que llevarás al Obispo para que vea en ella mi voluntad. Tú eres mi embajador muy digno de confianza.»

Juan Diego se puso en camino, ya contento y seguro de salir bien. Al llegar a la presencia del Obispo, le dijo:

«Señor, hice lo que me ordenaste. La Señora del Cielo condescendió a tu recado y lo cumplió. Me despachó a la cumbre del cerrillo a que fuese a cortar varias rosas de Castilla, y me dijo que te las trajera y que a ti en persona te las diera. Y así lo hago, para que en ellas veas la señal que pides y cumplas su voluntad. Aquí están: recíbelas.»

Desenvolvió luego su blanca manta, y, así que se esparcieron por el suelo todas las diferentes rosas de Castilla, se dibujó en ella y apareció de repente la preciosa imagen de la siempre Virgen santa María, Madre de Dios, de la manera que está y se guarda hoy en su templo del Tepeyac.

La ciudad entera se conmovió, y venía a ver y a admirar su devota imagen y a hacerle oración, y, siguiendo el mandato que la misma Señora del Cielo diera a Juan Bernardino cuando le devolvió la salud, se le nombró, como bien había de nombrarse: «la siempre Virgen santa María de Guadalupe.»