Hoy Viernes, 21 de noviembre de 2008 | 23:45

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4. LA IGLESIA COMUNIDAD

 SACERDOTAL

            La Constitución Dogmática sobre la renovación litúrgica del Vaticano II nos recuerda: “Con solícito cuidado la Iglesia procura que los cristianos no asistan a la celebración eucarística como extraños y mudos espectadores, sino que aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada, no solo por las manos del sacerdote sino juntamente con él” (SC 48). Y en Decreto sobre el Ministerio Sacerdotal el mismo Vaticano II insta a los sacerdotes “enseñen a los fieles al ofrecer al Padre en el Sacrificio de la Misa, la Víctima divina y a ofrecer la propia vida juntamente con ella” (PO 5).

            Antes de alimentarnos con la Carne y la Sangre de Cristo, hemos de compartir con El su sacrificio: con su vida, ofrecer también la nuestra a Dios.

            Por eso, todos participamos del sacerdocio real de Cristo. Los sacerdotes de su sacerdocio ministerial, por el Sacramento del Orden Sagrado, que los configura con Cristo cabeza; los laicos por el Bautismo, reciben también una participación real del Sacerdocio de Cristo, por su sacerdocio común.

            Hagamos de la celebración eucarística el centro de nuestra vida. Por Cristo y con Cristo ofrezcamos a Dios: nuestros trabajos, luchas, angustias, alegrías, éxitos, etc.

            El sacrificio se ofrece, pero antes se vive. Nuestra Inmolación ha de llevarnos a una constante y continua purificación de todo pecado en nuestra vida, para que nuestra ofrenda filial al Padre sea cada vez más parecida a aquella de su Unigénito: digna, agradable, perfecta. Los que comparten con Cristo su sacrificio, buscan la Palabra de Dios, para entenderla y practicarla.

            Si todos los cristianos participamos en el Sacrificio Eucarístico “consciente, piadosa y activamente” como nos sugiere el Concilio Vaticano II, habría en el mundo menos egoísmo e injusticias, esclavitud y luchas; habría más fraternidad, justicia, libertad y paz.

            A la ofrenda infinitamente santa y perfecta de Cristo, unamos el pobre e imperfecto don de nuestra vida al Padre Celestial. Recordemos las sencillas y prácticas palabras de la Imitación de Cristo: “Dolores, penas, trabajos, tribulaciones no faltan; lo que falta es que nosotros asociemos nuestras penalidades al sacrificio eucarístico. Todos esos trabajos apenas tendrían algún valor, al vincularse al Sacrificio de Cristo, se convierten en actos sacrificiales; en actos del mismo Cristo, que les comunica sus propios merecimientos” (Cfr. IM 4, 8-9 y LG 6, 48).

            Compartir con Cristo su sacrificio es la mejor preparación para unirnos a El, después de la Santa Comunión.

 

            PREGUNTA:

            ¿Por qué la Iglesia es una comunidad sacerdotal?.

R.- Porque todos participamos del sacerdocio de Cristo para ofrecer nuestra vida como sacrificio unido al de Cristo, cada uno según la participación de ese sacerdocio.

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