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Hoy
Sábado, 22 de noviembre de 2008 | 04:14
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30. VENERAClON DEL ALTAR Y SIGNAClON
BESO AL ALTAR:
El altar es la figura de Cristo, centro de la Iglesia,
centro de la acción de gracias, en torno al cual se reúne el pueblo
cristiano. Por eso el sacerdote besa con respeto el altar, como
señal de amor, por ser también el lugar donde el Señor se inmola
(y señal de respeto a las reliquias de los Santos, contenidas
en él, si hay). De ese modo el sacerdote en nombre de todos nosotros,
saluda al altar.
SEÑAL DE LA CRUZ:
Después, el sacerdote hace sobre sí el signo de la cruz,
que los asistentes deben expresar igualmente.
El sacerdote, al hacer el signo de la cruz, dice estas
palabras consignadas literalmente en el Evangelio: En el
nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo (Mt.
28); para indicar que renueva la memoria del sacrificio de Cristo,
que evangeliza y honra a la Santísima Trinidad. Evoca la profesión
de fe bautismal y la signación. Esta invocación de la adorable
Trinidad es la dedicatoria de la obra magnífica que va a tener
lugar entre Dios y los hombres. Como dice San Cipriano: Somos
la comunidad reunida en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo.
Alabamos al Padre a quien nos dirigimos. En nombre
del Hijo que nos da la muestra más grande de su amor, y
al cual ofrecemos. En el nombre del Espíritu Santo
que nos aplica el precio de las gracias más preciosas y por
quien ofrecemos, esto es, por el espíritu de caridad y de
amor.
El pueblo responde amén, que significa: Esto
es así, como lo hemos expresado. Es una unión de fe y una ratificación
de creencia, tanto al final del Credo como después del signo de
la Cruz.
También significa: estoy de acuerdo, sí, que así sea, así
acepto; cuando se dice al fin de las oraciones.
PREGUNTAS: 1.- ¿Por qué el sacerdote besa el altar? R.- Como señal de amor y respeto al lugar en que
cristo se inmola. 2.- ¿Para qué se hace el signo de la Cruz? R.- Para principiar una acción tan grande como es
el Sacrificio y dedicar la oblación a Dios Padre, que ha
enviado a su Hijo; a Dios Hijo, que se ha entregado a la muerte por nosotros y a Dios Espíritu Santo,
cuyo soplo divino mueve nuestras almas hacia el amor eterno.
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