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Hoy
Sábado, 22 de noviembre de 2008 | 04:16
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MILAGRO O MISTERIO Jueves Santo: Vigilia de adoración al Santísimo Guía (G): En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu
Santo. Todos (T): Amén. Introducción «Haced esto en conmoración mía» (Lc 22,19) Veinte siglos después, los cristianos seguimos, en todos los rincones
del mundo, repitiendo aquellas mismas palabras y gestos, con la certeza de cumplir el
mandato del Señor, con la seguridad de que estas palabras pronunciadas por los
sacerdotes, siguen teniendo el mismo efecto que aquella noche produjeron las palabras de
Jesús, y veinte siglos después, seguimos sin entender este misterio. Hoy, al atardecer, nos hemos reunido junto al altar del Señor para
celebrar la Eucaristía haciendo memoria, de manera singular de aquella última cena, en
la cual el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, habiendo amado hasta el
extremo a los suyos que estaban en el mundo,
ofreció a Dios Padre su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino y los
entregó a los apóstoles como alimento de vida eterna. Ahora, nos reunimos, en actitud de adoración y contemplación ante el
sagrario donde hemos depositado el sacramento admirable de la Eucaristía para expresar
nuestra gratitud al Señor por el don de su Pascua, por el don de su sacrificio pascual,
que es precisamente el misterio de la muerte de Cristo. Que nuestra plegaria esta noche junto al sacramento eucarístico nos
ayude a comprender más y más el don que el Señor nos ha hecho de su Cuerpo y de su
Sangre, para que siempre que participemos del convite pascual en el que comemos a Cristo seamos más conscientes
de la gracia que entonces se nos da. HIMNO Aquella noche santa, te nos quedas nuestro, con angustia tu vida, sin heridas tu cuerpo. Te nos quedaste vivo, porque ibas a ser muerto; porque iban a romperte, te nos quedaste entero. Gota a gota tu sangre, grano a grano tu cuerpo: un lugar y un molino en dos trozos de leño. Aquella noche santa, te nos quedaste nuestro. Te nos quedaste todo: amor y sacramento, ternura prodigiosa, Todo en ti, tierra y cielo, te quedaste conciso, te escondiste concreto, nada para el sentido, todo para el misterio. Aquella noche santa te nos quedaste nuestro. Vino de sed herida, trigo de pan hambriento, toda tu hambre cercana, tú, blancura de fuego. En este frío del hombre y en su labio reseco, aquella noche santa, te nos quedaste nuestro. Te adoro, Cristo oculto, te adoro, trigo tierno. Amén. Salmodia Ant.1 Decid a los invitados: «tengo ya preparado el banquete,
venid a las bodas». Salmo 22 El buen Pastor El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tu vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan. Preparas una mesa ante mí enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa. Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término. Ant. Decid a los invitados: «tengo ya preparado el banquete,
venid a las bodas». Ant. 2 El que tenga sed que venga a mí y beba en la fuente
eterna. Salmo 41 Deseo del Señor Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; tiene Sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? Las lágrimas son mi pan noche y día. mientras todo el día me repiten: «¿Dónde está tu Dios?» Recuerdo otros tiempos, y desahogo mi alma conmigo: cómo marchaba a la cabeza del grupo, hacia la casa de Dios, entre cantos de júbilo y alabanza, en el bullicio de la fiesta. ¿Por qué te acongojas, alma mía, por qué te me turbas? Espera en Dios que volverás a alabarlo: «Salud de mi rostro, Dios mío». Cuando mi alma se acongoja, te recuerdo, desde el Jordán y el Hermón y el Monte Menor. Una sima grita a otra sima con voz de cascadas: tus torrentes y tus olas me han arrollado. De día el Señor me hará misericordia, de noche cantaré la alabanza del Dios de mi vida. Diré a Dios: «Roca mía, ¿por qué me olvidas? ¿Por qué voy andando, sombrío, hostigado por mi enemigo?» Se me rompen los huesos por las burlas del adversario; todo el día me preguntan: «¿Dónde está tu Dios?» ¿Por qué te acongojas, alma mía, por qué te me turbas? Espera en Dios que volverás a alabarlo: «Salud de mi rostro, Dios mío». Ant. El que tenga sed que venga a mí y beba en la fuente
eterna. Ant. 3 El Señor nos alimentó con flor de harina, nos sacio
con miel silvestre. Salmo 80 Solemne renovación de la Alianza Aclamad a Dios, nuestra fuerza; dad vítores al Dios de Jacob: acompañad, tocad los panderos, las cítaras templadas y las arpas; tocad la trompeta por la luna nueva, por la luna llena, que es nuestra fiesta; porque es una ley de Israel, un precepto del Dios de Jacob, una norma establecida por José al salir de Egipto. Oigo un lenguaje desconocido: «retiré sus hombros de la carga, y sus manos dejaron la espuerta. Clamaste en la aflicción, y te libré, te respondí oculto entre los truenos, te puse a prueba junto a la fuente de Meribá. Escucha, pueblo mío, doy testimonio contra ti; ¡ojalá me escuchases, Israel! No tendrás un dios extraño, no adorarás un dios extranjero; yo soy el Señor, Dios tuyo, que saqué del país de Egipto; abre tu boca y yo la saciaré. Pero mi pueblo no escuchó mi voz, Israel no quiso obedecer: los entregué a su corazón obstinado, para que anduviesen según sus antojos. ¡Ojalá me escuchase mi pueblo y caminase Israel por mi camino!: en un momento humillaría a sus enemigos y volvería mi mano contra sus adversarios; los que aborrecen al Señor te adularían, y su suerte quedaría fijada; te alimentaría con flor de harina, te saciaría con miel silvestre. Ant. El Señor nos alimentó con flor de harina, nos sació con
miel silvestre. L: La sabiduría se ha construido su casa. T: Ha mezclado el vino y puesto la mesa. Lector 1: Primera lectura Ex 24, 1-11 Vieron al Señor y comieron y bebieron en su presencia. En aquellos días, dijo Dios a Moisés: «sube hacia mí con Aarón,
Nadab, Abihú y los setenta ancianos de Israel, y prosternaos a distancia. Después se
acercará Moisés solo, ellos no se acercarán; tampoco el pueblo subirá con ellos». Moisés bajó y contó al pueblo todo lo que le había dicho el
Señor, todos sus mandamientos, y el pueblo contestó a una: «haremos todo lo que dice el
Señor». Entonces Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor. Se
levantó temprano y edificó un altar en la falda del monte, y dos estelas por las doces
tribus de Israel. Mandó luego a algunos jóvenes israelitas que ofreciesen holocaustos e
inmolasen vacas como sacrificio de comunión para el Señor. Después tomó la mitad de la
sangre y la echó en recipientes, y con la otra roció el altar. Tomó en seguida el
documento del pacto y se le leyó en voz alta al pueblo, el cual respondió: «haremos
todo lo que manda el Señor y obedeceremos». Moisés tomó el resto de la sangre y roció con ella al pueblo,
diciendo: «esta es la sangre de la alianza que el Señor hace con vosotros, de acuerdo
con todas estas palabras». Subieron Moisés, Aarón, Nadab y Abihú y los setenta ancianos de
Israel, y vieron al Dios de Israel. Bajo sus pies había como un pavimento de zafiro, tan
puro como el mismo cielo cuando está sereno. Dios no extendió la mano contra los
notables de Israel, los cuales pudieron contemplar a Dios y después comieron y bebieron. G: Guardamos un momento de silencio para meditar este texto. Canto: Bendito, bendito Bedito, bendito, bendito sea Dios, los ángeles cantan y alaban a Dios, los ángeles cantan y alaban a Dios. Yo creo, Jesús mío, que estas en el altar, oculto en la hostia de vengo a adorar (2). Espero Jesús, mío, en tu suma bondad, poder recibirte con fe y caridad (2). Por el amor al hombre moriste en una cruz, -y al cáliz bajaste por nuestra salud (2). Lector 2: Segunda lectura Jn 6-51-58. El que coma de este pan vivirá para siempre y yo lo resucitaré el
último día. En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: «Yo soy el pan vivo que
ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy
a dar es mi carne, para que el mundo tenga vida». Entonces los judíos se pusieron a discutir entre si: «¿Cómo puede
éste darnos a comer su carne?» Jesús les dijo: «Yo les aseguro: Si no comen la carne del Hijo del
hombre y no beben su sangre, no podrían tener vida en ustedes. El que come mi carne y
bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo le resucitaré el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come
mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que me ha enviado,
posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mi y yo en él.
Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que
como vivirá por mí. Canto: «Señor, ¿a quién iremos?» SEÑOR, ¿A QUIEN IREMOS? TU TIENES PALABRA DE VIDA NOSTROS HEMOS CREIDO QUE TU ERES EL HIJO DE DIOS. Soy el pan que os da la vida eterna: el que viene a mí no tendrá hambre, el que viene a mí no tendrá sed: así ha hablado Jesús. No busquéis alimento que parece, sino aquel que perdura eternamente; el que ofrece el hijo del hombre, que el Padre os ha enviado. No es Moisés quien os dio pan del cielo es mi Padre quien os da pan verdadero porque el Pan de Dios baja del cielo y da la vida al mundo. Lector 3: Tercera lectura De las obras de S. Tomás de Aquino, presbítero (Opúsculo 57. En la
fiesta del Cuerpo de Cristo, lect. 1-4) ¡Oh banquete precioso y admirable! El Hijo único de Dios, queriendo hacernos partícipes de su
divinidad, tomó nuestra naturaleza, a fin de que, hecho hombre, divinizase a los hombres. Además entregó por nuestra salvación todo cuanto tomó de nosotros.
Porque, por nuestra reconciliación, ofreció, sobre el altar de la cruz, su cuerpo como
víctima a Dios, su Padre, y derramó su sangre como precio de nuestra libertad y como
baño sagrado que nos lava, para que fuésemos liberados de una miserable esclavitud y
purificados de todos nuestros pecados. Pero, a fin que guardásemos por siempre jamás en nosotros la memoria
de tan gran beneficio, dejó a los fieles, bajo la apariencia de pan y de vino, su cuerpo,
para que fuese nuestro alimento, y su sangre nuestra bebida. ¡Oh banquete precioso y admirable, banquete saludable y lleno de
suavidad! ¿Qué puede haber, en efecto, de más precioso que este banquete en
el cual no se nos ofrece, para comer, la carne de becerros o de machos cabríos, como se
hacía antiguamente, bajo la ley, sino al mismo Cristo, verdadero Dios? No hay ningún sacramento más saludable que éste, pues por él se
borran los pecados, se aumentan las virtudes y se nutre el alma con abundancia de todos
los dones espirituales. Se ofrece, en la Iglesia, por los vivos y por los difuntos, para que a
todos aproveche, ya que ha sido establecido para la salvación de todos. Finalmente, nadie es capaz de expresar la suavidad espiritual en su
misma fuente y celebramos la memoria del inmenso y sublime amor que Cristo mostró en su
pasión. Por eso, para que la inmensidad de este amor se imprimiese más
profundamente en el corazón de los fieles, en la última cena cuando después de celebrar
la Pascua con sus discípulos iba a pasar de este mundo al Padre, Cristo instituyó este
sacramento como el memorial perenne de su pasión, como el cumplimiento de las antiguas
figuras y la más maravillosa de sus obras; y lo dejó a los suyos como singular consuelo
en las tristezas de su angustia. G: Guardamos un momento de silencio para meditar este texto. Canto: «YO SOY EL PAN DE VIDA» Yo soy el pan de vida: el que viene a mí no tendrá hambre; el que viene a mí no tendrá sed. Nadie viene a mí, si el Padre no lo llama. YO LO RESUCITARE, YO LO RESUCITARE, YO LO RESUCITARE EN EL DIA FINAL. El pan que yo les daré, es mi cuerpo vida del mundo. El que coma de mi carne, tendrá vida eterna, tendrá vida eterna. Mientras tú no comas el cuerpo del Hijo del hombre y bebas de su sangre, y bebas de su sangre, no tendrás vida él en Ti. Lector 4: Romance al Santísimo Sacramento (Fr. Asinello) Así te quiero, a la medida del pan que come nuestra boca: pequeñito; así te quiero: a mis alcances, igual al sol, igual al aire en lo gratuito; así te quiero: silencioso en el tumulto de las risas y los gritos; así te quiero, en la corriente de las edades y las horas: paralítico; así te quiero, tan palpable como las rocas y los frutos y los lirios; así te quiero: omnipresente Dios marinero y Ciudadano y Campesino; así te quiero: tan cercano y familiar como la casa en que vivimos; así te quiero: misterioso, como el amor, como los sueños,
escondidos; así te quiero en vida y muerte: inseparable compañero de camino. Responsorio T. Tú eres, Señor, el pan de vida. L. Mi Padre es quien os da verdadero pan del cielo. T. Tú eres, Señor, el pan de vida. L. Quien come de este pan, vivirá eternamente. T. Tú eres, Señor, el pan de vida. L. Aquel que venga a mí, no padecerá más hambre. T. Tú eres, Señor, el pan de vida. L. Mi carne es un manjar, y mi Sangre la bebida. T. Tú eres, Señor, el pan de vida. L. Quien como de mi Carne, mora en mí y yo en él. T. Tú eres, Señor, el pan de vida. L. Bebed todos de él: es el cáliz de mi Sangre. T. Tú eres, Señor, el pan de vida. L. Si no coméis mi Carne, no tendréis vida en vosotros. T. Tú eres, Señor, el pan de vida. L. Si no bebéis mi Sangre, no tendréis vida en vosotros. T. Tú eres, Señor, el pan de vida. L. Quien bebe de mi Sangre, tiene ya la vida eterna. T. Tú eres, Señor, el pan de vida. L. Mi cuerpo recibí, entregado por vosotros. T. Tú eres, Señor, el pan de vida. G: Oración Señor nuestro Jesucristo, que en este sacramento admirable nos
dejaste de tu pasión, concédenos venerar de tal modo los sagrados misterios de tu cuerpo
y de tu sangre, que experimentemos
constantemente en nosotros el fruto de tu redención. Tú que vives y reinas.
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