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VIA LUCIS:
"SOBRE LOS PASOS DEL VIVIENTE"
Primer esquema
Indicaciones para la celebración
En el lugar en donde se celebrará el Via Lucis se prepara el cirio
pascual encendido, el Evangeliario abierto en los textos de la resurrección
y un arreglo floral.
Después del anuncio del titulo de cada estación, cada una de
estas son introducidas por el responsorio:
V. Te adoramos, Jesús resucitado, y te bendecimos.
R. Porque con tu pascua has dado vida al mundo.
Sigue la proclamación del texto bíblico. Después viene
una reflexión y una oración final. Después de cada estación
o cada tres se puede entonar un canto.
Al final del Via Lucis se pueden renovar las promesas bautismales (en tal
caso, a cada uno de los presentes se les distribuye una vela).
Ritos Introductorios
Introducción y saludo
Guía: En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Introducción a la oración
Después de su resurrección (y antes de la ascensión),
Jesús camina en nuestras calles. Recorremos juntos el Via Lucis para
hacer memoria de los pasos del Viviente y para proyectar los nuestros, de manera
que nuestra existencia sea un testimonio de Él, de Cristo resucitado.
Dar testimonio significa imitar, irradiar, mostrar, y motivar a hacer... mediante
el lenguaje de los hechos, que es el más convincente. Ser testigos del
Resucitado significa realizar signos convencidos de vida plena: ser cada día
más alegres, más entregados, más dedicados. Dar novedad
y esperanza al mundo.
Oración inicial
Oremos
Infunde en nosotros, oh Padre, tu Espíritu de luz, para que podamos
penetrar el misterio de la Pascua de tu Unigénito, que muestra el verdadero
destino del hombre, y haz que lleguemos a ser en el mundo testigos de su resurrección.
El que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
PRIMERA ESTACIÓN
JESÚS RESUCITA DE LA MUERTE
Lectura evangélica (Mt 28, 1-7)
Reflexión
En el silencio de la noche sucede cualquier cosa inesperada; la resurrección
es más que un muerto vuelva respirar: es Dios que irrumpe en la historia
de los hombres. Con Cristo toda la humanidad sale de la muerte y entra en la
vida: la vida plena que Jesús ha indicado como objetivo de su misión.
"Yo he venido para que tengan vida en abundancia". Cada muerte aparece
superable: la del cuerpo, la del espíritu, la de la dignidad, la de la
esperanza... la resurrección de Jesús nos cura del miedo a la
muerte y nos da la posibilidad de vivir en la libertad.
Oración
Oremos
Jesús resucitado, has que en todo el mundo resuene el anuncio de tu
resurrección y haznos mensajeros entusiastas de la Pascua, origen de
la vida nueva. Haz que pensemos como piensas tú; haz que amemos como
amas tú; has que proyectemos como proyectas tú; haz que sirvamos
como sirves tú, que eres el Viviente por los siglos de los siglos. Amén.
SEGUNDA ESTACIÓN
LOS DISCÍPULOS ENCUENTRAN EL SEPULCRO VACÍO
Lectura evangélica (Jn 20, 1-9)
Reflexión
A las tumbas se va para llorar y para recordar con nostalgia a quien ya no
esta entre nosotros. Así regresamos a casa un poco más sabios,
aunque más tristes y más viejos. La visita a la tumba de Jesús
no respeta esta tradición: no hay nada que llorar, nada de nostalgia.
El sepulcro vacío nos reta a mirar el futuro, a correr, ha afrontar la
vida, a abandonar la prudencia. La existencia de Jesús no ha concluido
en la oscuridad de una gruta cerrada por una gran piedra; la vida de tantos
amigos y personas queridas no termina detrás de una foto, un nombre y
cualquier palabra gravada en el mármol. No existe ningún sello
que pueda encerrar un amor "más fuerte que la muerte".
Oración
Oremos
Solo tú, Jesús resucitado, nos llevas a la alegría de
la vida. Solo tú nos haces ver una tumba vaciándose en su interior.
Haz que confiemos totalmente en la omnipotencia del amor, que solo vence la
muerte. Tú eres Dios que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
TERCERA ESTACIÓN
EL RESUCITADO SE MANIFIESTA A LA MAGDALENA
Lectura evangélica (Jn 20, 11-18)
Reflexión
"He visto al Señor". Como María Magdalena, que de
regreso del sepulcro comunica a los apóstoles la noticia de las noticias,
también nosotros queremos anunciar gritando la Pascua del Señor
en éste mundo incrédulo a su resurrección. Jesús
se nos muestra hoy como el "Viviente", un Dios muerto y resucitado
por la salvación de todos. ¡Duc in altum! Cambiemos la ruta y sigamos
de largo. Que nuestro corazón arda de amor y que el espíritu Santo
nos de la fuerza para gritar al mundo: "¡Jesús está
vivo! Está en medio de nosotros. Lo hemos visto, lo hemos reconocido".
Oración
Oremos
Jesús resucitado, tú nos llamas por nuestro nombre porque nos
conoces y nos amas. Tú nos dices como a la Magdalena: "Ve y anuncia
a mis hermanos". Ayúdanos a ir por los caminos del mundo, en nuestras
familias, en las escuelas, en las oficinas, en las fábricas, en los talleres,
en los centros de diversión, para anunciar que tú continuas llamándonos
amigos, tú, el Viviente por los siglos de los siglos. Amén.
CUARTA ESTACIÓN
EL RESUCITADO EN EL CAMINO DE EMAÚS
Lectura evangélica: Lc 24, 13-19.25-28
Reflexión:
Cuantas veces caminando por nuestra vida, nos sentimos insatisfechos. Como
los discípulos de Emaús, nos cuesta trabajo reconocer quien está
cerca de nosotros: cuando experimentamos el dolor; cuando el sufrimiento nubla
nuestra vista; cuando el desaliento nos cierra en nosotros mismos; cuando escuchamos
el sufrimiento de otros y nos sentimos impotentes; cuando presenciamos las grandes
tragedias pensando no poder hacer nada por el bien de nuestros semejantes.
Sin embargo Él está junto a nosotros, camina junto a nosotros.
Ha prometido estar siempre con nosotros y es fiel a su palabra.
No obstante nos fatigamos en reconocerle; nos sentimos solos, pensando que no
nos escucha, que nos ha abandonado a nuestra propia suerte. Sentimos la cruz
cada vez más pesada y quizás hasta inútil; de rechazar,
de dejar a que algún otro la lleve por nosotros.
Oración
Oremos
Permanece con nosotros, Jesús resucitado: porque se hace tarde. Permanece
con nosotros, Señor, en la noche de las dudas y el ansia que cubren nuestros
corazones. Permanece con nosotros, Señor: danos tu compañía.
Diremos a todos que tú, el crucificado, has resucitado y vives por los
siglos de los siglos. Amén.
QUINTA ESTACIÓN
EL RESUCITADO SE MANIFIESTA AL PARTIR EL PAN
Lectura evangélica: Lc 24, 28-35
Reflexión
"Permanece con nosotros porque se hace tarde y el día está
por declinar". Éstas palabras expresan la condición y el
deseo del hombre: son espejo de la incomodidad ante la vida y contemporáneamente
indican el deseo más profundo de nuestro corazón, que es la búsqueda
de la verdadera alegría, la búsqueda de Cristo.
El resucitado siempre está cerca de nosotros en el camino de la vida,
pero tenemos la posibilidad de reconocerlo sobretodo en nuestras fatigas y en
las necesidades de los pobres: en el pan partido sobre la mesa, el sacrificio
de Cristo y los sufrimientos del mundo se convierten en transparencia de la
presencia de Dios y de la victoria de Cristo. El pan partido - la Eucaristía-
es pan vivo y verdadero, es alimento de una vida más fuerte que el dolor
y que la muerte.
Oración
Oremos
Señor Jesús, en la última cena antes de la pasión
has revelado el sentido de la Eucaristía con el gesto del lavatorio de
los pies; en la primera cena después de la resurrección has partido
el pan, para develar el misterio de tu presencia en el camino del hombre herido.
Señor de la gloria, has que en cada celebración la Eucaristía
nos ayude a reconocerte presente y a desear servirte en la persona de los pobres.
Tu que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
SEXTA ESTACIÓN
EL RESUCITADO SE PRESENTA VIVO A LOS DISCÍPULOS
Lectura evangélica: Lc 24, 36-43
Reflexión
Cristo resucitado es la Luz y la Luz es la vida de la creación. El
hombre camina y se orienta en el mundo porque ve. De lo contrario debe andar
a tientas, o ser tomado de la mano. Quien camina en la luz, quien no se esconde
en la oscuridad, él mismo es claro. "Dios es luz y en Él
no hay oscuridad", dice San Juan.
Con frecuencia en el mundo faltan puntos de referencia, pequeñas llamas
encendidas que orientan los pasos del hombre "peregrino". Nos perdemos
en sendas sin sentido. Alguno ha osado apagar la luz. Se cree, saber donde está
la luz; mas aún saber quien es la luz. No es un privilegio sino una tarea:
compartir la posibilidad de interpretar la realidad, de un modo diverso.
Oración
Oremos
Jesús resucitado, que te manifiestas a quien te espera en el amor y
en la oración, libéranos de toda falsa idea de Dios y danos la
posibilidad de acogerte con sinceridad, para que el mundo reconozca en nosotros
tu presencia, Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
SÉPTIMA ESTACIÓN
EL RESUCITADO DA EL PODER DE PERDONAR LOS PECADOS
Lectura evangélica: Jn 20, 19-23
Reflexión
La tarde de Pascua, Jesús da el mandato a los apóstoles de perdonar
los pecados. A veces se pregunta: "¿Por qué debo confesar
mis hechos a un extraño? ¡Yo me confieso cara a cara con Dios!".
Sin embargo la primera cosa de la cual se preocupa Jesús es encargar
de que exista alguien que pueda escuchar y aliviar, por su propia cuenta, los
sufrimientos, los miedos, los descuidos, los errores... Con frecuencia siempre
los mismos. Él no tiene voz para expresar todo su amor, no tiene manos
para darnos aquella caricia paterna de perdón y de consuelo, se vale
por tanto de los sacerdotes, de su voz, de sus manos. Él nos ama y no
ha querido que permaneciéramos abatidos por nuestras debilidades humanas
y de aquel sufrimiento que inevitablemente nace del pecado. ¡Él
nos ama y nos ha dado la posibilidad de resanar el corazón, de recomenzar,
de renacer de nuevo!. Confiemos en Él.
Oración
Oremos
Ven, oh Espíritu Santo. Se el entusiasmo del Padre y del Hijo en nosotros,
que nadamos en el fastidio y en la oscuridad; muévenos hacía la
justicia y la paz; libéranos de las prisiones de muerte. Tú, vida
eterna del Padre y del Hijo, sopla sobre estos huesos inermes y haz que pasemos
del pecado a la gracia.
Tú, juventud del Padre y del Hijo, haznos entusiastas, renovados por
la Pascua de Cristo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
OCTAVA ESTACIÓN
EL RESUCITADO CONFIRMA LA FE DE TOMÁS
Lectura evangélica: Jn 20, 24-29
Reflexión
Como Tomás, queremos volver a la vida ordinaria, aquella de todos los
otros; no queremos que cambie demasiado la alegría: el cinismo y el miedo
de creer en un cambio demasiado grande, nos pone un sin número de condiciones
para creer en la resurrección. Queremos palpar el cambio. Y Jesús
toma la iniciativa: ofrece sus manos y su cuerpo; no se escandaliza de nuestra
incredulidad, nos ayuda a conocer la felicidad de la vida en su Padre.
En el encuentro cara a cara con Él, las dudas desaparecen. El único
deseo que pedimos es mantener las ganas de maravillarnos de lo extraordinario
que puede suceder.
Oración
Oremos
¡Oh Jesús resucitado!, en la fe te decimos: "Señor
mío y Dios mío".
Aumenta nuestra fe, fundada en tu Pascua; has crecer nuestra confianza en ti
y danos una fidelidad indefectible, para que los frutos de tu Pascua resplandezcan
en nuestra vida. Tú eres el Viviente por los siglos de los siglos. Amén.
NOVENA ESTACIÓN
EL RESUCITADO SE ENCUENTRA CON SUS DISCÍPULOS EN EL LAGO DE TIBERÍADES
Lectura evangélica: Jn 21, 1-9.13
Reflexión
"¡Echa la red del otro lado: busca en otra parte, busca de otro
modo! ¡Con más calma, con más confianza en mí, busca
con la fe y con la oración, y encontraras aquello que has buscado, ya
que hasta este momento, en vano has buscado con todas tus fuerzas!". La
Palabra del Señor resucitado invita a echar las redes: en el tiempo de
la consolación y en el tiempo de la dificultad; en la oscuridad de la
noche -de una noche estéril como aquella vivida por los apóstoles
en el lago de Tiberíades- y a los primeros rayos del alba; en el mar
apacible de la fe, como en aquel tempestuoso de la duda y de la tentación.
Estas palabras de Jesús infunden confianza y seguridad; dan apoyo y fortaleza;
ofrecen consolación y compañía. Ésta es la aventura
de los apóstoles en la rivera del lago de Tiberíades: ésta
es la experiencia de la pequeña comunidad en torno al Señor resucitado,
reunida para partir el pan.
Oración
Oremos
Señor Jesús, Tú, el resucitado, siéntate a la
mesa con nosotros, no eres un Dios victorioso entre el fulgor y las lámparas,
sino un Dios simple, ordinario, que parte el pan en la rivera de un lago al
descubierto. Haznos testigos de tu Pascua en lo cotidiano, con sus monotonías
y sus vanalidades, para que hoy tú puedas sentarte en las mesas de los
hombres saciados y desesperados, en las mesas de los pobres y en las mesas de
los que sufren. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
DECIMA ESTACIÓN
EL RESUCITADO CONFIERE EL PRIMADO A PEDRO
Lectura evangélica: Jn 21, 15-17
Reflexión
Es necesario el coraje para pedir a un pescador el comprometerse a ser un
pastor. De las redes a la ovejas, de las olas a los rebaños... El paisaje
no es previsto. Sobre todo para quien tiene un "tsunami" en el corazón.
En esta circunstancia, Jesús parece incluso deducir o concluir: "¿Me
quieres? ¿De verdad? ¿En serio?" Y no contento todavía,
insiste: "entonces si me quieres, te confío una gran responsabilidad.
La más grande y pesada que pueda ser. ¿Estás contento?".
Probablemente sin este encuentro difícil, sin esta exclamación
de emoción, Pedro no se habría sentido jamás perdonado
totalmente. Si Jesús hubiera hecho, caso omiso, si hubiera dejado pasar,
en el pescador de Galilea habría permanecido la duda: "¿...me
habría verdaderamente perdonado?". En cambio, Pedro se deja perdonar.
Hasta saborear toda la amargura de su pecado y toda la dulzura del amor del
resucitado. Y por la fuerza de aquel amor cambia de ocupación. Cambia,
ahora una vez más, toda su vida.
Oración
Oremos
Jesús resucitado, cada día tu nos interpelas también
a nosotros: "¿Me amas más que estos?". Tú nos
confías a nuestros hermanos, y nosotros nos confiamos a ti: sedúcenos,
maestro y doctor de vida, ya que solamente si amamos pastorearemos a tu rebaño;
y con nuestro sacrificio lo nutriremos de tu verdad y de tu paz. Tú que
vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
UNDÉCIMA ESTACIÓN
EL RESUCITADO CONFÍA A LOS DISCÍPULOS LA MISIÓN UNIVERSAL
Lectura evangélica: Mt 28, 16-20
Reflexión
"Vayan por el mundo": a la familia, a la escuela, a la Iglesia,
por las calles, en las playas, en las discotecas, en las autopistas, en el Internet...
"Vayan a todos": a los amigos de siempre, a los que buscan la verdad,
a quien a perdido toda esperanza, a quien sufre, a quien tiene todo pero no
es feliz... Vayan, pero no solos: Jesús con nosotros siempre. Vayan simplemente,
por aquello que se es, transparentando la alegría y la esperanza nacidas
de un encuentro que hace extraordinario cada momento, cada paso, cada encuentro,
cada cosa.
Oración
Oremos
Jesús resucitado, tu estas con nosotros todos los días, porque
por nosotros mismos no somos capaces sostener en nuestras pobres espaldas el
peso del mundo. Nosotros somos debilidad, Tú eres la fuerza; nosotros
somos la inconstancia, Tú eres la perseverancia; nosotros somos el miedo,
Tú eres la valentía; nosotros somos la tristeza, Tú eres
la alegría; nosotros somos la noche, Tú eres la luz; nosotros
somos estancamiento, Tú eres la Pascua. Amén.
DUODECIMA ESTACIÓN
EL RESUCITADO ASCIENDE AL CIELO
Lectura evangélica: Hch 1, 6-11
Reflexión
La pregunta de los discípulos expresa la curiosidad típica de
nuestra sociedad, de un mundo que piensa que todas las decisiones corresponden
a el, que busca adueñarse del futuro, porque es incapaz de vivir el presente,
de entrar en el hoy de Dios.
Quizás hoy, como a los apóstoles después de la muerte de
Jesús, nos sentimos solos, vivimos esclavos del hacer, del derroche,
de la prisa, de no perder el tiempo. No podemos continuar observando los acontecimientos
humanos con la cara en alto, sin alegría, sin esperanza, debemos aprender,
a detenernos, a esperar y a escuchar la voz del Espíritu: el nos invita
a vivir como peregrinos que han recibido un mensaje de salvación para
proponer a todos.
Que la Pascua que estamos viviendo contagie nuestro corazón de una pasión
que nos estimule a dar testimonio con la mirada fija en Jesús.
Oración
Oremos
Jesús resucitado, te has ido a prepararnos un lugar. Haz que nuestros
ojos estén fijos allá donde está la eterna y verdadera
alegría, a fin de que nos empeñemos a realizar en la tierra la
Pascua para cada hombre y para todo el hombre, profecía gloriosa de la
bienaventuranza sin fin. Amén.
TRIGÉSIMA ESTACIÓN
CON MARIA, EN LA ESPERA DEL ESPÍRITU
Lectura evangélica: Hch 1, 12-14
Reflexión
¿Qué nos une, qué nos hace estar a todos de acuerdo?
¿Es quizás el fútbol? ¿O quizás sea la política
y los negocios? Nada de todo esto. Quien nos une es Jesús: sólo
el puede hacernos estar de acuerdo, no obstante las diferencias que nos dividen.
En la oración es posible recibir de Jesús el don del Espíritu.
Sólo en la oración podemos estar todos de acuerdo; los discípulos
-reunidos en torno a María, nuestra Madre- lo saben bien. La constancia
en la oración nos ayuda a ver a Jesús presente en la persona cercana
a nosotros; nos hace posible llamar al otro nuestro hermano en Cristo, sintiéndonos
hijos de un mismo Padre que está en los cielos.
De la oración nace el compartir; del compartir la ayuda al prójimo.
¡Y ayudar al prójimo es el camino a la santidad!
Oración
Oremos
Señor Jesús, resucitado de al muerte, siempre presente en tu
comunidad pascual, infunde hoy sobre nosotros, por intercesión de María,
tu Espíritu Santo y el de tu Padre amado: Espíritu de la vida;
Espíritu de la alegría; Espíritu de la paz; Espíritu
de la fuerza; Espíritu del amor; Espíritu de la Pascua. Tu que
vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
DECIMOCUARTA ESTACIÓN
EL RESUCITADO MANDA A SUS DISCÍPULOS EL ESPÍRITU PROMETIDO
Lectura evangélica: Hch 2, 1-6
Reflexión
El soplo del viento, capaz de barrer cualquier cosa, es una fuerza que nos
pone de frente a todos nuestros límites, con toda nuestra impotencia.
¡El sonido del viento viene del cielo, de Jesús mismo! Llena toda
la casa: todos los sienten, para que cada uno quede lleno del Espíritu
Santo, y sea capaz de anunciar la plenitud de Cristo en toda lengua y cultura.
El Espíritu Santo da la fuerza para salir del cenáculo: quema
el miedo e infunde el coraje para ir y anunciar a Jesús. Aunque rehusemos
al encerrarnos en nuestros propios "cenáculos" (grupo, movimiento,
parroquia...), atraídos por la comodidad del mundo externo. Tenemos necesidad
de experiencias fuertes que permitan al fuego del Espíritu posarse sobre
cada uno de nosotros para vencer el miedo, y empujarnos hacía fuera y
ser testigos auténticos de Cristo cada día.
Oración
Oremos
¡Oh Espíritu Santo, Tú que une inefablemente al Padre
y al Hijo, Tú eres el que nos une a Jesús resucitado; Tú
eres el que nos une a la Iglesia! Cada uno de nosotros te suplica: "Respira
en mí, Espíritu Santo, para que yo piense lo que es santo. Muéveme,
Espíritu Santo, para que yo haga lo que es santo. Atráeme, Espíritu
Santo, para que yo amé lo que es santo, fortifícame, Espíritu
Santo, para que yo jamás pierda lo que es santo". Por Cristo nuestro
Señor. Amén.
PROPUESTA
Rito de conclusión:
Entrega de la luz
A cada uno de los participantes se le ha distribuido con anticipación
una vela. El celebrante enciende la vela del cirio pascual y ofrece la luz a
cada uno diciendo:
N. Ve y lleva la luz de Cristo resucitado a todos tus hermanos.
R. Amén.
Durante el gesto, si los participantes son muchos, se puede acompañar
con un canto apropiado.
Renovación de las promesas bautismales
Mientras todos están de pie con sus velas encendidas en la mano, se renuevan
las promesas del bautismo.
Hermanos y hermanas, el Bautismo es la Pascua del resucitado participada al
hombre. Concluyamos nuestro itinerario renovando las promesas bautismales, agradeciendo
al Padre, que continúa llamándonos de las tinieblas a la luz de
su reino.
V. ¿Renuncian al pecado, para vivir en la libertad de los hijos de Dios?
R. Sí, renuncio.
V. ¿Renuncian a las seducciones del mal, para no dejarse dominar por
el pecado?
R. Sí, renuncio.
V. Renuncian a Satanás y a todas sus obras?
R. Sí, renuncio.
V. ¿Creen en Dios Padre omnipotente, creador del cielo y de la tierra?
R. Sí, creo.
V. ¿Creen en Jesucristo, su Hijo único, y Señor nuestro,
que nació de la Virgen María, padeció y murió por
nosotros, resucitó y está sentado a la derecha del Padre?
R. Sí, creo
V. ¿Creen en el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia Católica,
en la comunión de los Santos, en el perdón de los pecados, en
la resurrección de la carne y en la vida eterna?
R. Sí, creo.
Dios omnipotente, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha liberado
del pecado y nos ha hecho renacer del agua y del Espíritu Santo, nos
conserve con su gracia en Cristo Jesús, resucitado de la muerte, para
la vida eterna.
BENDICIÓN
Dios fuente de toda luz, que ha mandado a sus discípulos el Espíritu
consolador, los bendiga y los colme de sus dones.
R. Amén.
El Señor resucitado les comunique el fuego de su Espíritu
y los ilumine con su sabiduría.
R. Amén.
El Espíritu Santo, que ha reunido pueblos diversos en la única
Iglesia, los haga perseverar en la fe y alegres en la esperanza los lleve a
contemplar la vida eterna.
R. Amén.
Y la bendición de Dios omnipotente, Padre, y Hijo, y Espíritu
Santo, descienda sobre ustedes y permanezca siempre.
R. Amén.
DESPEDIDA
¡Vayan, y lleven a todos la alegría del Señor resucitado!.
R. Demos gracias a Dios.
Canto final.
VIA LUCIS:
“LA RESURRECCIÓN, EXPERIENCIA DE PAZ Y DE ALEGRÍA”
Segundo esquema
Guía: En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.
R. Amén.
Durante siglos las generaciones cristianas han acompañado a Cristo camino
del Calvario, en una de las más hermosas devociones cristianas: el Via
Crucis.
¿Por qué no intentar -no "en lugar de", sino "además
de"- acompañar a Jesús también en las catorce estaciones
de su triunfo?
Esta meditación pascual es la que encierran las páginas que siguen.
N. B. En cuanto a las indicaciones se pueden seguir las anteriormente sugeridas
al primer esquema.
PRIMERA ESTACIÓN
JESÚS, RESUCITANDO, CONQUISTA LA VIDA VERDADERA
Guía (G): El Señor ha resucitado. Aleluya, Aleluya.
Todos (T): Demos gracias al Señor. Aleluya, Aleluya.
Pasado el sábado, ya para amanecer el día primero de la semana,
vino María
Magdalena con la otra María a ver el sepulcro.
Y sobrevino un gran terremoto, pues un ángel del Señor bajó
del cielo y acercándose removió la piedra del sepulcro y se sentó
sobre ella.
Era su aspecto como el relámpago, y su vestidura blanca como la nieve.
De miedo a él temblaron los guardias y se quedaron como muertos.
El ángel, dirigiéndose a las mujeres, dijo: No temáis vosotras,
pues sé que buscáis a Jesús, el crucificado.
No está aquí; ha resucitado, según lo había dicho.
Venid y ved el sitio donde fue puesto.
(Mt 28, 1-6)
Gracias, Señor, porque al romper la piedra de tu sepulcro nos trajiste
en las manos la vida verdadera, no sólo un trozo más de esto que
los hombres llamamos vida, sino la inextinguible, la zarza ardiendo que nos
se consume, la misma vida de que vive Dios.
Gracias por este gozo, gracias por esta Gracia, gracias por esta vida eterna
que nos hace inmortales, gracias porque al resucitar inauguraste la nueva humanidad
y nos pusiste en las manos esta vida multiplicada, este milagro de ser hombres
y más, esta alegría de sabernos partícipes de tu triunfo,
este sentirnos y ser hijos y miembros de tu cuerpo de hombre y Dios resucitado.
G: Los discípulos vieron al Señor. Aleluya, Aleluya.
T: Y se llenaron de paz y alegría. Aleluya, Aleluya.
SEGUNA ESTACIÓN
SU SEPULCRO VACÍO MUESTRA QUE JESÚS HA VENCIDO A LA MUERTE
G: El Señor ha resucitado. Aleluya, Aleluya.
T: Demos gracias al Señor. Aleluya, Aleluya.
Muy de madrugada, el primer día después del sábado, en
cuanto salió el sol, vinieron al sepulcro.
Se decían entre sí: ¿Quién nos removerá la
piedra de la entrada del monumento?
Y miraron, vieron que la piedra estaba removida; era muy grande. Entrando en
el sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido de una túnica
blanca,
y quedaron sobrecogidas de espanto.
Él les dijo: No os asustéis. Buscáis a Jesús Nazareno,
el crucificado; ha resucitado, no está aquí; mirad el sitio en
que le pusieron.
(Mc 16, 2-6)
Hoy, al resucitar, dejaste tu sepulcro abierto como una enorme boca, que grita
que has vencido a la muerte.
Ella, que hasta ayer era la reina de este mundo, a quien se sometían
los pobres y los ricos, se bate hoy en triste retirada vencida por tu mano de
muerto-vencedor.
¿Cómo podrían aprisionar tu fuerza unos metros de tierra?
Alzaste tu cuerpo de la fosa como se alza una llama, como el sol se levanta
tras los montes del mundo, y se quedó la muerte, muerta, amordazada la
invencible, destruido por siempre su terrible dominio.
El sepulcro es la prueba: nadie ni nada encadena tu alma desbordante de vida
y ésta tumba vacía muestra ahora que tú eres un Dios de
vivos y no un Dios de muertos.
G: Los discípulos vieron al Señor. Aleluya, Aleluya.
T: Y se llenaron de alegría. Aleluya, Aleluya.
TERCERA ESTACIÓN
JESÚS, BAJANDO A LOS INFIERNOS, MUESTRA EL TRIUNFO DE SU RESURRECCIÓN
G: El Señor ha resucitado. Aleluya, Aleluya.
T: Demos gracias al Señor. Aleluya, Aleluya.
Porque también Cristo murió una vez por los pecados, el justo
por los injustos, para llevarnos a Dios. Murió en la carne, pero volvió
a la vida por el Espíritu
y en él fue a pregonar a los espíritus que estaban en la prisión.
(1 Pe 3, 18)
Mas no resucitaste para ti solo. Tu vida era contagiosa y querías repartir
entre todos el pan bendito de tu resurrección.
Por eso descendiste hasta el seno de Abraham, para dar a los muertos de mil
generaciones la caliente limosna de tu vida recién reconquistada.
Y los antiguos patriarcas y profetas que te esperaban desde siglos y siglos
se pusieron en pie y te aclamaron, diciendo: "Santo, Santo, Santo.
Digno es el cordero que con su muerte nos infunde vida, que con su vida nueva
nos salva de la muerte.
Y cien mil veces santo es este Salvador que se salva y nos salva."
Y tendieron sus manos hacia Tí. Y de tus manos, brotó este nuevo
milagro de la multiplicación de la sangre y de la vida.
G: Los discípulos vieron al Señor. Aleluya, Aleluya.
T: Y se llenaron de alegría. Aleluya, Aleluya.
CUARTA ESTACIÓN
JESÚS RESUCITA POR LA FE EN EL ALMA DE MARÍA
G: El Señor ha resucitado. Aleluya, Aleluya.
T: Demos gracias al Señor. Aleluya, Aleluya.
E Isabel se llenó del Espíritu Santo,
y clamó con fuerte voz: ¡Bendita tú entre las mujeres y
bendito el fruto de tu vientre!
¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a
mí?
Porque apenas sonó la voz de tu salutación en mis oídos,
exultó de gozo el niño en mi seno.
Dichosa Tú que ha creído que se cumplirá lo que se te ha
dicho de parte del
Señor.
Dijo María: Mi alma engrandece al Señor y exulta de júbilo
mi espíritu en Dios, mi Salvador, porque ha mirado la humildad de su
sierva, por eso todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque
he hecho en mí maravillas el Poderoso, cuyo nombre es santo.
(Lc 1, 41-49)
No sabemos si aquella mañana del domingo visitaste a tu Madre, pero
estamos seguros de que resucitaste en ella y para ella, que ella bebió
a grandes sorbos el agua de tu resurrección, que nadie como ella se alegró
con tu gozo y que tu dulce presencia fue quitando uno a uno los cuchillos que
traspasaban su alma de mujer.
No sabemos si te vio con sus ojos, mas sí que te abrazó con los
brazos del alma, que te vio con los cinco sentidos de su fe.
Ah, si nosotros supiéramos gustar una centésima parte de su gozo.
Ah, si aprendiésemos a resucitar en ti como ella.
Ah, si nuestro corazón estuviera tan abierto como estuvo el de María
aquella mañana del domingo.
G: Los discípulos vieron al Señor. Aleluya, Aleluya.
T: Y se llenaron de alegría. Aleluya, Aleluya.
QUINTA ESTACIÓN
JESÚS ELIGE A UNA MUJER COMO APÓSTOL DE SUS APÓSTOLES
G: El Señor ha resucitado. Aleluya, Aleluya.
T: Demos gracias al Señor. Aleluya, Aleluya.
María se quedó junto al monumento, fuera, llorando. Mientras
lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y vio a dos ángeles vestidos
de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies de donde había
estado el cuerpo de Jesús.
Le dijeron: ¿Por qué lloras, mujer? Ella les dijo: Porque han
tomado al mi Señor y no sé dónde le han puesto?
Diciendo esto, se volvió para atrás y vio a Jesús que estaba
allí, pero no conoció que fuera Jesús.
Díjole Jesús: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A
quién buscas? Ella, creyendo que era el hortelano, le dijo: Señor,
si te lo has llevado tú, dime dónde le has puesto, y yo le tomaré.
Díjole Jesús: ¡María! Ella, volviéndose, le
dijo en hebreo: "¡Rabbom!", que quiere decir Maestro.
Jesús le dijo: No me toques, porque aún no he subido al Padre,
pero ve a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios
y vuestro Dios.
María Magdalena fue a anunciar a los discípulos: "He visto
al Señor", y las cosas que le había dicho.
(Jn 20, 11-18)
Lo mismo que María Magdalena decimos hoy nosotros:
"Me han quitado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto."
Marchamos por el mundo y no encontramos nada en qué poner los ojos, nadie
en quien podamos poner entero nuestro corazón.
Desde que tú te fuiste nos han quitado el alma y no sabemos dónde
apoyar nuestra esperanza, ni encontramos una sola alegría que no tenga
venenos.
¿Dónde estás? ¿Dónde fuiste, jardinero del
alma, en que sepulcro, en qué jardín te escondes? ¿O es
que tú estás delante de nuestros mismos ojos y no sabemos verte?
¿Estás en los hermanos y no te conocemos? ¿Te ocultas en
los pobres, resucitas en ellos y nosotros pasamos a su lado sin reconocerte?
Llámame por mi nombre para que yo te vea, para que reconozca la voz con
que hace años me llamaste a la vida en el bautismo, para que redescubra
que tú eres mi maestro.
Y envíame de nuevo a transmitir tu gozo a mis hermanos, hazme apóstol
de apóstoles como aquella mujer privilegiada que, porque te amó
tanto, conoció el privilegio de beber el primer sorbo de tu resurrección.
G: Los discípulos vieron al Señor. Aleluya, Aleluya.
T: Y se llenaron de alegría. Aleluya, Aleluya.
SEXTA ESTACIÓN
JESÚS DEVUELVE LA ESPERANZA A DOS DISCÍPULOS DESANIMADOS
G: El Señor ha resucitado. Aleluya, Aleluya.
T: Demos gracias al Señor. Aleluya, Aleluya.
El mismo día, dos de ellos iban a una aldea, que dista de Jerusalén
sesenta estadios, llamada Emaús, y hablaban entre sí de todos
esos acontecimientos.
Mientras iban hablando y razonando, el mismo Jesús se les acercó
e iba con ellos, pero sus ojos no podían reconocerle.
Y les dijo: ¿Qué discursos son estos que vais haciendo entre vosotros
mientras camináis? Ellos se detuvieron entristecidos, y tomando la palabra
uno de ellos, por nombre Cleofás, le dijo: ¿Eres tú el
único forastero en Jerusalén que no conoces los sucesos en ella
ocurridos estos días?
El les dijo: ¿Cuáles? Contestáronle: Lo de Jesús
Nazareno, varón profeta, poderoso en obras y palabras ante Dios y ante
todo el pueblo; cómo le entregaron los príncipes de los sacerdotes
y nuestros magistrados para que fuese condenado a muerte y crucificado.
Nosotros esperábamos que sería él quien rescataría
a Israel; mas, con todo, van ya tres días desde que esto sucedido. Nos
dejaron estupefactos ciertas mujeres de las nuestras que, yendo de madrugada
al monumento, no encontraron su cuerpo, y vinieron diciendo que habían
tenido una visión de ángeles que les dijeron que vivía.
Algunos de los nuestros fueron al monumento y hallaron las cosas las mujeres
decían, pero a él no le vieron.
Y él les dijo: ¡Oh hombres sin inteligencia y tardos de corazón
para creer todo lo que vaticinaron los profetas!
¿No era preciso que el Mesías padeciera esto y entrase en su gloria?
Y comenzando por Moisés y por todos los profetas, les fue declarado cuanto
a él se refería en todas las Escrituras.
Se acercaron a la aldea iban, y él fingió seguir adelante.
Obligándole diciéndole: Quédate con nosotros, pues el día
ya declina.
Y entró para quedarse con ellos.
Puesto con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió
y se lo dio.
Se les abrieron los ojos y le reconocieron, y desapareció de su presencia.
(Lc 24, 13-31)
Lo mismo que los dos de Emaús aquel día también yo marcho
ahora decepcionado y triste pensando que en el mundo todo es muerte y fracaso.
El dolor es más fuerte que yo, me agota la soledad y digo que tú,
Señor, nos has abandonado.
Si leo tus palabras me resultan insípidas, si miro a mis hermanos me
parecen hostiles, si examino el futuro sólo veo desgracias.
Estoy desanimado. Pienso que la fe es un fracaso, que he perdido mi tiempo siguiéndote
y buscándote y hasta me parece que triunfan y viven más alegres
los que adoran el dulce becerro del dinero y del vicio.
Me alejo de tu cruz, busco el descanso en mi casa de olvidos, dispuesto alimentarme
desde hoy en las viñas de la mediocridad.
No he perdido la fe, pero sí la esperanza, sí el coraje de seguir
apostando por ti. ¿Y no podrías salir hoy al camino y pasear conmigo
como aquella mañana con los dos de Emaús? ¿No podrías
descubrirme el secreto de tu santa Palabra y conseguir que vuelva a calentar
mi entraña? ¿No podrías quedarte a dormir con nosotros
y hacer que descubramos tu presencia en el Pan?
G: Los discípulos vieron al Señor. Aleluya, Aleluya.
T: Y se llenaron de alegría. Aleluya, Aleluya.
SÉPTIMA ESTACIÓN
JESÚS MUESTRA A LOS SUYOS SU CARNE HERIDA Y VENCEDORA
G: El Señor ha resucitado. Aleluya, Aleluya.
T: Demos gracias al Señor. Aleluya, Aleluya.
Pasados ocho días, otra vez estaba los discípulos, y Tomás
con ellos. Vino
Jesús, cerradas las puertas, y, puesto en medio de ellos, dijo: La paz
sea con vosotros.
Luego dijo a Tomás: Alarga acá tu dedo y mira mis manos, y tiende
tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino fiel.
Respondió Tomás y dijo: ¡Señor mío y Dios
mío!
Jesús le dijo: Porque me has visto has creído; dichosos los que
sin ver creyeron.
Muchas otras señales hizo Jesús en presencia de los discípulos
que no están escritas en este libro;
y éstas fueron escritas para que creáis que Jesús es el
Mesías, Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.
(Jn 20, 26-31)
Gracias, Señor, porque resucitaste no sólo con tu alma, más
también con tu carne.
Gracias porque quisiste regresar de la muerte trayendo tus heridas.
Gracias porque dejaste a Tomás que pusiera su mano en tu costado y comprobara
que el Resucitado es exactamente el mismo que murió en una cruz.
Gracias por explicarnos que el dolor nunca puede amordazar el alma y que cuando
sufrimos estamos también resucitando.
Gracias por ser un Dios que ha aceptado la sangre, gracias por no avergonzarte
de tus manos heridas, gracias por ser un hombre entero y verdadero.
Ahora sabemos que eres uno de nosotros sin dejar de ser Dios, ahora entendemos
que el dolor no es un fallo de tus manos creadoras, ahora que tú lo has
hecho tuyo comprendemos que el llanto y las heridas son compatibles con la resurrección.
Déjame que te diga que me siento orgulloso de tus manos heridas de Dios
y hermano nuestro.
Deja que entre tus manos crucificadas ponga estas manos maltrechas de mi oficio
de hombre.
G: Los discípulos vieron al Señor. Aleluya, Aleluya.
T: Y se llenaron de alegría. Aleluya, Aleluya.
OCTAVA ESTACIÓN
CON SU CUERPO GLORIOSO, JESÚS EXPLICA QUE TAMBIÉN LOS NUESTROS
RESUCITARÁN
G: El Señor ha resucitado. Aleluya, Aleluya.
T: Demos gracias al Señor. Aleluya, Aleluya.
Mientras éstos hablaban, se presentó en medio de ellos y les dijo:
la paz sea con vosotros.
Aterrados y llenos de miedo, creían ver un espíritu.
El les dijo: ¿Por qué os turbáis y por qué suben
a vuestro corazón esos pensamientos?
Ved mis manos y mis pies, que soy yo. Palpadme y ved, que el espíritu
no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo. Diciendo esto, les mostró
las manos y los pies.
No creyendo aún ellos, en fuerza del gozo y de la admiración,
les dijo: ¿Tenéis aquí algo que comer?
Le dieron un trozo de pez asado, y tomándolo, comió delante de
ellos.
(Lc 24, 36-43)
"Miradme bien. Tocadme. Comprobad que nos soy un fantasma", decías
a los tuyos, temiendo que creyeran que tu resurrección era tan sólo
un símbolo, una dulce metáfora, una ilusión hermosa para
seguir viviendo.
Era tan grande el gozo de reencontrarte vivo que no podían creerlo; no
cabía en sus pobres cabezas que entendían de llantos, pero no
de alegrías.
El hombre, ya lo sabes, es incapaz de muchas esperanzas.
Como él tiene el corazón pequeño cree que el tuyo es tacaño.
Como te ama tan poco no puede sospechar que tú puedas amarle.
Como vive amasando pedacitos de tiempo siente vértigo ante la eternidad.
Y así va por el mundo arrastrando su carne sin sospechar que pueda ser
una carne eterna.
Conoce el pudridero donde mueren los muertos; no logra imaginarse el día
que esos muertos volverán a ser niños, con una infancia eterna.
¡Muéstranos bien tu cuerpo, Cristo vivo, enséñanos
ahora la verdadera infancia, la que tú preparas más allá
de la muerte!
G: Los discípulos vieron al Señor. Aleluya, Aleluya.
T: Y se llenaron de alegría. Aleluya, Aleluya.
NOVENA ESTACIÓN
JESÚS BAUTIZA A SUS APÓSTOLES CONTRA EL MIEDO
G: El Señor ha resucitado. Aleluya, Aleluya.
T: Demos gracias al Señor. Aleluya, Aleluya.
La tarde del primer día de la semana, estando cerradas las puertas
del lugar se hallaban los discípulos por temor de los judíos,
vino Jesús y, puesto en medio de ellos, les dijo: La paz sea con vosotros.
Y diciendo esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos
se alegraron viendo al Señor.
Diciendo esto, sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a
quien perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se les
retuviereis, les serán retenidos.
( Jn 20, 19-31)
Han pasado, Señor, ya veinte siglos de tu resurrección y todavía
no hemos perdido el miedo, aún no estamos seguros, aún tememos
que las puertas del infierno podrían algún día prevalecer
si no sobre tu Iglesia, sí en nuestro pobre corazón de cristianos.
Aún vivimos mirando a todos lados menos hacia tu cielo.
Aún creemos que el mal será más fuerte que tu propia Palabra.
Todavía no estamos convencidos de que tú hayas vencido al dolor
y a la muerte.
Seguimos vacilando, dudando, caminando entre preguntas, amasando angustias y
tristezas.
Repítenos de nuevo que tú dejaste paz suficiente para todos.
Pon tu mano en mi hombro y grítame: No temas, no temáis.
Infúndeme tu luz y tu certeza, danos el gozo de ser tuyos, inúndanos
de la alegría de tu corazón.
Haznos, Señor, testigos de tu gozo.
¡Y que el mundo descubra lo que es creer en ti!
G: Los discípulos vieron al Señor. Aleluya, Aleluya.
T: Y se llenaron de alegría. Aleluya, Aleluya.
DECIMA ESTACIÓN
JESÚS ANUNCIA QUE SEGUIRÁ SIEMPRE CON NOSOTROS
G: El Señor ha resucitado. Aleluya, Aleluya.
T: Demos gracias al Señor. Aleluya, Aleluya.
Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús
les había indicado,
y, viéndole, se postraron, aunque vacilaron, y acercándose Jesús,
les dijo: ...
Yo estaré con vosotros hasta la consumación del mundo.
(Mt 28, 16-20)
"Yo estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos".
Esta fue la más grande de todas tus promesas, el más jubiloso
de todos tus anuncios. ¿O acaso tú podrías visitar esta
tierra como un sonriente turista de los cielos, pasar a nuestro lado, ponernos
la mano sobre el hombro, darnos buenos consejos y regresar después a
tu seguro cielo dejando a tus hermanos sufrir en la estacada?
¿Podrías venir a nuestros llantos de visita sin enterrarte en
ellos? ¿Dejarnos luego solos, limitándote a ser un inspector de
nuestras culpas?
Tú juegas limpio, Dios. Tú bajas a ser hombre para serlo del todo,
para serlo con todos, dispuesto a dar al hombre no sólo una limosna de
amor, sino el amor entero.
Desde entonces el hombre no está solo, tú estás en cada
esquina de las horas esperándonos, más nuestro que nosotros, más
dentro de mí mismo que mi alma.
"No os dejaré huérfanos", dijiste. Y desde entonces
ha estado lleno nuestro corazón.
G: Los discípulos vieron al Señor. Aleluya, Aleluya.
T: Y se llenaron de alegría. Aleluya, Aleluya.
UNDÉCIMA ESTACIÓN
JESÚS DEVUELVE A SUS APOSTOLES LA ALEGRÍA PERDIDA
G: El Señor ha resucitado. Aleluya, Aleluya.
T: Demos gracias al Señor. Aleluya, Aleluya.
Después de esto se apareció Jesús a los discípulos
junto al mar de Tiberíades, y se apareció así:
Estaban juntos Simón Pedro y Tomás, llamado Dídimo; Natanael,
el de Caná de Galilea, y los de Zebedeo, y otros dos discípulos.
Díjoles Simón Pedro: Voy a pescar. Los otros le dijeron: Vamos
también nosotros contigo. Salieron y entraron en la barca, y en aquella
noche no pescaron nada.
Llegada la mañana, se hallaba Jesús en la playa, pero los discípulos
no se dieron cuenta de que era Jesús.
Díjoles Jesús: Muchachos, ¿no tenéis en la mano
nada que comer? Le respondieron: No.
Él les dijo: Echad la red a la derecha de la barca y hallaréis.
La echaron, pues, y ya no podían arrastrar la red por la multitud de
los peces.
Dijo entonces aquel discípulo a quien amaba Jesús: ¡Es el
Señor! Así que oyó
Simón Pedro que era el Señor, se ciñó la sobretúnica
-pues estaba desnudo- y se arrojó al mar. Los otros discípulos
vinieron en la barca, pues no estaban lejos de tierra, sino como unos doscientos
codos, tirando de la red con los peces.
Así que bajaron a tierra, vieron unas brasas encendidas y un pez puesto
sobre ellas y pan.
Díjoles Jesús: Traed de los peces que habéis pescado ahora.
Subió Simón Pedro y arrastró la red a tierra, llena de
ciento cincuenta y tres peces grandes; y a pesar de ser tantos, no se rompió
la red.
Jesús les dijo: Venid y comed. Ninguno de los discípulos se atrevió
a preguntarle: ¿Tú quién eres?, sabiendo que era el Señor.
Se acercó Jesús, tomó el pan y se lo dio, e igualmente
el pez.
Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos
después de resucitado de entre los muertos.
(Jn 21, 1-14)
Desde que tú te fuiste no hemos pescado nada.
Llevamos veinte siglos echando inútilmente las redes de la vida y entre
sus mallas sólo pescamos el vacío.
Vamos quemando horas y el alma sigue seca.
Nos hemos vuelto estériles lo mismo que una tierra cubierta de cemento.
¿Estaremos ya muertos? ¿Desde hace cuántos años
no nos hemos reído? ¿Quién recuerda la última vez
que amamos?
Y una tarde tú vuelves y nos dices: "Echa tu red a tu derecha, atrévete
de nuevo a confiar, abre tu alma, saca del viejo cofre las nuevas ilusiones,
dale cuerda al corazón, levántate y camina".
Y lo hacemos, sólo por darte gusto. Y, de repente, nuestras redes rebosan
alegría, nos resucita el gozo y es tanto el peso de amor que recogemos
que la red se nos rompe, cargada de ciento cincuenta nuevas esperanzas.
¡Ah, tú, fecundador de almas: llega a nuestra orilla, camina sobre
el agua de nuestra indiferencia, devuélvenos, Señor, a tu alegría!
G: Los discípulos vieron al Señor. Aleluya, Aleluya.
T: Y se llenaron de alegría. Aleluya, Aleluya.
DUODÉCIMA ESTACIÓN
JESÚS ENTREGA A PEDRO EL PASTOREO DE SUS OVEJAS
G: El Señor ha resucitado. Aleluya, Aleluya.
T: Demos gracias al Señor. Aleluya, Aleluya.
Cuando hubieron comido, dijo Jesús a Simón Pedro: Simón,
hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? El le dijo: Sí,
Señor, tú sabes que te amo. Díjole: Apacienta mis corderos.
Por segunda vez le dijo: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro
le respondió: sí, Señor, tú sabes que te amo. Jesús
le dijo: Apacienta mis ovejas.
Por tercera vez le dijo: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro
se entristeció de que por tercera vez le preguntase: ¿Me amas?
Y le dijo: Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo.
Díjole Jesús: Apacienta mis ovejas.
(Jn 21, 15-17)
Aún nos faltaba un gozo: descubrir tu inédito modo de perdonar.
Nosotros, como Pedro, hemos manchado tantas veces tu nombre, hemos dicho que
no te conocíamos, hemos enrojecido ante el "horror" de que
alguien nos llamara "beatos", nos hemos calentado al fuego de los
gozos del mundo.
Y esperábamos que, al menos, tú nos reprendieras para paladear
el orgullo de haber pecado en grande.
Y tú nos esperabas con tu triste sonrisa para preguntar sólo:
"¿me amas aún, me amas?", dispuesto ya entregarnos tu
rebaño y tus besos, preparado a vestirnos la túnica del gozo.
Oh Dios, ¿cómo se puede perdonar tan de veras? ¿Es que
no tienes ni una palabra de reproche? ¿No temes que los hombres se vayan
de tu lado al ver que se lo pones tan barato? ¿No ves, Señor,
que casi nos empujas a alejarnos de ti sólo por encontrarnos de nuevo
entre tus brazos?
G: Los discípulos vieron al Señor. Aleluya, Aleluya.
T: Y se llenaron de alegría. Aleluya, Aleluya.
DECIMOTERCERA ESTACIÓN
JESÚS ENCARGA A LOS DOCE LA TAREA DE EVANGELIZAR
G: El Señor ha resucitado. Aleluya, Aleluya.
T: Demos gracias al Señor. Aleluya, Aleluya.
Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús
les había indicado, y, viéndole, se postraron, aunque algunos
vacilaron, y, acercándose Jesús, les dijo: Me ha sido dado todo
poder en el cielo y en la tierra; id, pues; enseñad a todas las gentes,
bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado.
(Mt 28, 16-20)
Y te faltaba aún el penúltimo gozo: dejar en nuestras manos la
antorcha de tu fe.
Tú habrías podido reservarte ese oficio, sembrar tú en
exclusiva la gloria de tu nombre, hablar tú al corazón, poner
en cada alma la sagrada semilla de tu amor.
¿Acaso no eres Tú la única palabra? ¿No es tuya
toda gracia? ¿Hay algo de Tí o de Dios que no salga de tus manos?
¿Para qué necesitas ayudantes, intermediarios, colaboradores que
nada aportarán si no es su barro? ¿Qué ponen nuestras manos,
que no sea torpeza?
Pero Tú, como un padre que sentara a su niño al volante y dijera:
"Ahora conduce tú", has querido dejar en nuestras manos la
tarea de hacer lo que sólo Tú haces: llevar gozosa y orgullosamente
de mano en mano la antorcha que Tú enciendes.
G: Los discípulos vieron al Señor. Aleluya, Aleluya.
T: Y se llenaron de alegría. Aleluya, Aleluya.
DECIMOCUARTA ESTACIÓN
JESÚS SUBE A LOS CIELOS PARA ABRIRNOS CAMINO
G: El Señor ha resucitado. Aleluya, Aleluya.
T: Demos gracias al Señor. Aleluya, Aleluya.
Diciendo esto, fue arrebatado a vista de ellos, y una nube les sustrajo a
sus ojos.
Mientras estaban mirando al cielo, fija la vista en él, que se iba, dos
varones con hábitos blancos se les pusieron delante
y les dijeron: Hombres de Galilea, ¿qué estáis mirando
al cielo? Ese Jesús que ha sido arrebatado de entre vosotros al cielo,
vendrá como le habéis visto ir.
Entonces se volvieron del monte llamado de los Olivos a Jerusalén, que
dista de allí el camino de un sábado.
Cuando hubieron llegado, subieron al piso alto, en donde permanecían
Pedro y Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé
y Mateo, Santiago de Alfeo y Simón el Zelote y Judas de Santiago.
Todos estos perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres,
con María, la Madre de Jesús, y con los hermanos de éste.
(Hech 1, 9-14)
La última alegría fue quedarte marchándote.
Tu subida a los cielos fue ganancia, no pérdida; fue bajar a la entraña,
no evadirte.
Al perderte en las nubes te vas sin alejarte, asciendes y te quedas, subes para
llevarnos, señalas un camino, abres un surco.
Tu ascensión a los cielos es la última prueba de que estamos salvados,
de que estás en nosotros por siempre y para siempre.
Desde aquel día la tierra no es un sepulcro hueco, sino un horno encendido;
no una casa vacía, sino un corro de manos; no una larga nostalgia, sino
un amor creciente.
Te quedaste en el pan, en los hermanos, en el gozo, en la risa, en todo corazón
que ama y espera, en estas vidas nuestras que cada día ascienden a tu
lado.
G: Los discípulos vieron al Señor. Aleluya, Aleluya.
T: Y se llenaron de alegría. Aleluya, Aleluya.
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