Hoy Sábado, 22 de noviembre de 2008 | 02:48

INDICE

Google
 
Para recibir información de las actualizaciones contáctanos.

"SIN EL DOMINDO NO PODEMOS VIVIR"     Hora santa pascual   Exposición del Santísimo  

               Guía (G): "Sin el Domingo no podemos vivir". El testimonio que los 49 mártires de la ciudad africana de Abitina (en el actual Tunes) dieron a Cristo durante la persecución del emperador Dioclesiano en el año 304, se puede atribuir a una confesión de fe: "sin la celebración de la eucaristía dominical no podemos vivir".
               Dominicum, que significa conjuntamente "el Resucitado", "el día del Señor",  "la celebración de la eucaristía", "el lugar de la celebración", era la única razón de ser para ellos; y por haberlo celebrado fueron martirizados.
               Hoy nos hemos reunido con la misma intención de los éstos mártires de Abitina, con la misma fe, que se ha conservado a través de los siglos, para adorar al Señor que está vivo y presente en el sacramento de la Eucaristía: en la celebración de la cena del Señor hacemos memoria de la institución del sacramento del altar; ahora contemplamos el fruto de amor, que como la uva en el lagar y el grano en el molino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, alimento de vida eterna. Él es nuestro "Dominicum", nuestro "Señor".
               Estamos de rodillas delante del Señor inmolado y resucitado, como María de Betania ante sus pies en el momento de ungirlos con el bálsamo de la adoración: sólo a Él nuestra alabanza y nuestro agradecimiento.
               Solo Él puede dar sentido y gozo a nuestra vida terrena, santificarla.
 
Canto: Bendito, bendito, bendito sea Dios...
 
 
Sacerdote (S): en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Todos (T): Amén.
 
S: El Señor esté con ustedes
T: Y con tu espíritu.
S: Adoremos y demos gracias en cada instante y momento.
T: Al Santísimo Sacramento.
S: Vengan, adoremos a Dios nuestro Rey.
T: Te adoramos oh  Cristo, resucitado en medio de nosotros,  nuestro Rey y nuestro Dios.
S: Vengan, doblemos la rodilla delante del Señor, nuestro Rey y nuestro Dios.
T: Dios santo, Dios fuerte, Dios inmortal, ten piedad de nosotros.
S: Señor Jesús, Tú que eres el Cordero, el Siervo del Señor.
T: Con tu sangre derramada has quitado el pecado del mundo.
S: Señor Jesús, Tú eres el Cordero Pascual.
T: De tu costado herido ha manado sangre y agua.
S: Señor Jesús, Tú eres el Cordero sentado en el trono.
T: Tú que abres los sellos del libro de la primera alianza.
S: Señor Jesús, Tú eres el Cordero de la Nueva Jerusalén.
T: Tu lámpara y tu sol resplandecen en todo el universo.
S: Señor Jesús, Tú eres el principio y el fin, el viviente.
T: Tú has muerto pero ahora reinas sobre la muerte y sobre el infierno.
 
S: Oremos
               Dios de la luz, habíamos recibido  tu invitación y aquí estamos en tu presencia: manda tu Espíritu Santo sobre nosotros para que escuchando la Escritura recibamos tu Palabra, a través de la meditación aumente el conocimiento de ti y a través de la oración contemplemos el rostro amado de tu Hijo, Jesucristo nuestro único Señor.
T: Amén
 
Primer momento: en la mesa de Betania
 
G: La cena de Betania en la casa de sus amigos anticipa la cena pascual y el camino de la pasión. Ante Marta, Lázaro y los doce, María, enamorada de Cristo, se arrodilla, lo besa, lo impregna de aceite de nardo precioso y lo seca delicadamente con sus cabellos. La belleza del Maestro es irresistible: sin el Señor no se puede vivir.
 
Lector: lectura del Evangelio según San Juan 12, 1-8
 
Reflexión
 
G: Betania en hebreo quiere decir "casa del pobre, del afligido". Pobres y afligidos somos sin Cristo. Pero en Betania la aflicción se ha cambiado en alegría por el despertar de Lázaro del sueño de la muerte.
Un día respondiendo a los fariseos, los cuales reprochaban a los doce porque no respetaban los días de ayuno, dijo que no podían ayunar los invitados a la boda cuando el esposo estaba con ellos. Pero que deberían ayunar y hacer luto cuando el esposo les fuera quitado.
En la "casa de la amistad", juntos María, Lázaro, Marta y los doce, la compañía de Jesús transforma cada aflicción en alegría. El encuentro con el Resucitado llena de alegría nuestros días. A la mesa con Él se nos restituye la vida. Es fiesta cuando entra en el corazón y permanece con nosotros.
Betania: pequeña casa en la cual se han reunido, se saborea siempre el perfume suave de la amistad. Betania: imagen de la Iglesia que sumerge sus días en el día del Señor. Está presente Lázaro, resucitado de entre los muertos, figura de todos nosotros resucitados con Cristo mediante el bautismo. Está presente Marta, imagen de la Iglesia que sirve y se ofrece, que trabaja y se da para preparar la mesa del amor. Está presente María, la Iglesia que contempla y que ama, que sufre y que espera, que ora y que teje en el secreto lazos de comunión con Dios y con los hermanos. Están presentes los doce. Betania: Iglesia de amigos y templo de amistad, una amistad verdadera, "bálsamo de vida", "aceite perfumado de nardo verdadero, demasiado precioso", cuyo precio puede ser solamente la vida de los dos amigos: Dios y el hombre.
¡Qué hermosa es esta imagen de la Iglesia, la Eucaristía en la mesa de de Betania!
Te pedimos, oh Señor llegar a ser una Iglesia así. La tarde de la Cena con tus amigos les has lavado los pies para dar ejemplo. Has lavado los pies a los doce para que aprendieran de ti el arte del servicio, de ti que te has hecho siervo por amor.
En Betania, unos días antes fue una mujer a enseñarnos el arte de la ternura, doblándose sobre tus pies, los pies del Hijo de Dios. Los ha ungido con el bálsamo del amor, los ha acariciado con sus suaves cabellos y los ha besado con la ternura de la esposa. Y toda la casa se ha impregnado del perfume suave del verdadero nardo demasiado precioso. En el Cenáculo tu compasión nos hace Iglesia del servicio al prójimo. En Betania el testimonio de amor y de gratitud de María nos entrega a TÍ, nuestro esposo. Enséñanos a reconocerte en el prójimo y a amarlos porque te amamos a Tí.
Cuando nos reúnas en el domingo en torno a la mesa de la amistad y te ofrezcas como alimento de salvación, danos la audacia de María que, intrépida y rebosante de amor por ti, por tu cuerpo inmolado, te unge de nardo precioso. Tú solo puedes transformar aquello que sería el banquete fúnebre en memoria de Lázaro, en un banquete de gozo por la resurrección del hermano. Sólo tu, oh Cristo, puedes transformar el hedor insoportable de un muerto de cuatro días en el perfume de alegría pascual que inunda la casa. Nosotros te buscamos oh Señor: en las experiencias contemplativas, en la vida ordinaria, danos el gozo de encontrarte. Que el esplendor de tu rostro divino ilumine y sacie nuestras miradas impuras. Ahora te contemplamos en la Eucaristía y te decimos desde lo más profundo del corazón: "sin ti, oh Cristo no podemos vivir".
Meditemos un momento en silencio.
 
S: Oremos
Oh, Señor, nuestro Dios, te bendecimos y te damos gracias, por el don de Jesucristo tu Hijo y Señor nuestro. A los "hijos del óleo", a los consagrados con la unción para que lleven el alegre anuncio a los pobres, presérvanos, oh Padre, del error de Judas el cual, insensible al perfume de nardo, advierte sólo el sonido del dinero, en lugar percibir la dulzura de óleo, se deja seducir por destello de las monedas. Concédenos, oh Padre, que fortalecidos de tu Espíritu de santidad, difundamos en el mundo el buen aroma de Cristo. A ti la alabanza y la gloria de la Iglesia y de la creación por todos los siglos de los siglos.
T: Amén
 
Canto:
 
Segundo momento: permanezcan en mi amor
 
G: A los apóstoles en el Cenáculo y a nosotros en oración en la memoria y en la acción de gracias por el don recibido, Jesús dice: "permanezcan en mí y yo en ustedes". La palabra "permanecer, morar", muy querida por el evangelista Juan, hace referencia a relación, afectos, amor. El hombre vive donde tiene el corazón. La unión con Dios no es un vago afecto o una iluminación intelectual: es vida concreta, gastada en el amor por los hermanos. Como Cristo.
 
Lector: lectura del evangelio según San Juan 15, 5-17
 
Reflexión
 
G: "Permanecer en el amor, el mío". A Juan le gusta mucho utilizar el verbo "permanecer-morar". La morada de Nazaret con María y José; la habitación de Cafarnaúm con los primeros discípulos; la casa de Betania en compañía de los amigos más queridos; el Cenáculo, donde se entrega en el pan y el vino la tarde de la traición, donde entrega el Espíritu la tarde de Pascua, donde abre de par en par las puertas y los corazones a la misión en la mañana de Pentecostés. Él habita en la "casa del amor" y nos pide no sólo permanecer con Él, sino permanecer en Él, en su amor.
Ésta es nuestra casa verdadera. Aquí podemos reencontrar nuestra identidad.
Permanecer en su amor nos hacer convertirnos en hijos de Dios y nos hace capaces de dar  fruto, mucho fruto.
Nos hace ser capaces de amar a los hermanos porque el amor es comunicación de lo que se tiene, y sobre todo de lo que se es.
Nos debemos incitar a amar, y a amar profundamente. Podríamos tener miedo del dolor que un profundo amor puede causar. Cuando aquellos que amas profundamente te rechacen, te abandonen o mueran, el corazón se destroza. Pero esto no debe detenerte de amar profundamente. El dolor que viene por un amor profundo te dará un amor más fecundo. Es como un arado que abre el surco para recibir la semilla que echará raíces y crecerá llegando a ser una planta robusta.
Siempre que experimentes el dolor del rechazo, de la ausencia o de la muerte, te encontrarás de frente a una nueva decisión. Puedes amargarte y decidir no volver a amar más, o también puedes permanecer de pie en tu dolor y dejar que el suelo en el que estas parado sea más fértil y sea más capaz de dar vida nueva a la semilla. Cuanto más hayas amado y hayas aceptado sufrir a causa de tu amor, tanto más podrás dejar que tu corazón llegue a ser más amplio y más profundo.
Sí, si amas profundamente, el terreno de tu corazón será siempre más vulnerable, más frágil, pero te alegrarás por la abundancia de los frutos que te dará.
Meditemos un momento en silencio
 
Oremos
 
L 1: Ayúdanos, Señor, a tener la mirada fija en Tí. Tú eres la encarnación del amor divino, Tú eres la expresión de la infinita misericordia de Dios, Tú eres la manifestación visible de la santidad del Padre, Tú eres la belleza, la bondad, la dulzura, el perdón y la gracia.
L 2: En Tí se puede encontrar todo. Fuera de Tí nada se pude encontrar. ¿Por qué deberíamos mirar o ir a otro lugar?
 
T: Tú tienes palabras de vida eterna, Tú eres alimento y bebida, Tú eres la luz que resplandece en las tinieblas, la lámpara sobre el candelabro, la casa sobre el monte. Tú eres la perfecta imagen de Dios. En Tí y a través de Tí podemos ver al Padre, y contigo podemos encontrar el camino hacia ti. Oh santo, oh bello, oh glorioso, eres nuestro Señor, nuestro salvador, nuestro redentor, nuestro guía, nuestro consolador, nuestro consuelo,  nuestra esperanza, nuestra alegría y nuestra paz. A ti queremos dar todo lo que somos.
L 1: Haz que seamos generosos, que no seamos avaros ni exigentes.
L 2: Haz que te demos todo: todo lo que tenemos, todo lo que pensamos, todo lo que hacemos y sentimos.
T: Todo es tuyo, Señor. Acéptalo, te lo pedimos, y hazlo plenamente tuyo. Amén.
 
Canto:
 
Tercer momento: ¡permanece con nosotros Señor!
 
 
G: El don de la Eucaristía resplandece con toda la fuerza de su misterio y en la potente elocuencia del signo del pan, signo de vida y de comunión. El Papa Juan Pablo II nos lo recordaba con su magisterio y con el testimonio de su vida y de su apostolado. Escuchemos en sus palabras que él ha dejado a la Iglesia para el año de la Eucaristía.
 
L 1: De la Carta Apostólica "Mane nobiscum Domine" ("Permanece con nosotros Señor").  
L 2: A vosotros, queridos Hermanos en el Episcopado, os confío este Año, con la seguridad de que acogeréis mi invitación con todo vuestro ardor apostólico.
Vosotros, sacerdotes, que repetís cada día las palabras de la consagración y sois testigos y anunciadores del gran milagro de amor que se realiza en vuestras manos, dejaos interpelar por la gracia de este Año especial, celebrando cada día la Santa Misa con la alegría y el fervor de la primera vez, y haciendo oración frecuentemente ante el Sagrario.
Que sea un Año de gracia para vosotros, diáconos, entregados al ministerio de la Palabra y al servicio del Altar. También vosotros, lectores, acólitos, ministros extraordinarios de la comunión, tomad conciencia viva del don recibido con las funciones que se os han confiado para una celebración digna de la Eucaristía.
Me dirijo el particular a vosotros, futuros sacerdotes: en la vida del Seminario tratad de experimentar la delicia, no sólo de participar cada día en la Santa Misa, sino también de dialogar reposadamente con Jesús Eucaristía.
Vosotros, consagrados y consagradas, llamados por vuestra propia consagración a una contemplación más prolongada, recordad que Jesús en el Sagrario espera teneros a su lado para rociar vuestros corazones con esa íntima experiencia de su amistad, la única que puede dar sentido y plenitud a vuestra vida.
Todos vosotros, fieles, descubrid nuevamente el don de la Eucaristía como luz y fuerza para vuestra vida cotidiana en el mundo, en el ejercicio de la respectiva profesión y en las más diversas situaciones. Descubridlo sobre todo para vivir plenamente la belleza y la misión de la familia.
L 3: Tenemos ante nuestros ojos los ejemplos de los Santos, que han encontrado en la Eucaristía el alimento para su camino de perfección. Cuántas veces han derramado lágrimas de conmoción en la experiencia de tan gran misterio y han vivido indecibles horas de gozo «nupcial» ante el Sacramento del altar. Que nos ayude sobre todo la Santísima Virgen, que encarnó con toda su existencia la lógica de la Eucaristía. «La Iglesia, tomando a María como modelo, ha de imitarla también en su relación con este santísimo Misterio». El Pan eucarístico que recibimos es la carne inmaculada del Hijo: «Ave verum corpus natum de Maria Virgine». Que en este Año de gracia, con la ayuda de María, la Iglesia reciba un nuevo impulso para su misión y reconozca cada vez más en la Eucaristía la fuente y la cumbre de toda su vida (31).
Reflexión
 
G: ¡Oh Señor, ahora que estamos  aquí delante de ti, presente en el sacramento del altar, en el don de la Eucaristía, pensamos en las innumerables personas que creen en ti, a cuantos sufren por la falta de pan, en cuantos sufren por la falta de amor!
Mientras nosotros estamos  aquí y gozamos de tu presencia y de la comunidad que te ama, te adora, te celebra y se preocupa de ti, delante a ti somos conscientes de la pobreza física y espiritual de tantos otros seres humanos.
¿Nuestra fe en tu presencia, cuando el pan viene fraccionado, no es quizá movida a ir más allá del pequeño círculo de nuestros  hermanos y amigos, hacia un grupo más amplio de la humanidad, a aliviar en lo posible sus sufrimientos?
Si te reconocemos en el sacramento de la Eucaristía, debemos reconocerte también en tantos hombres, mujeres y niños hambrientos de tu amor y del mío. Si no sabemos traducir nuestra fe en acción, somos todavía personas sin fe. Por ello, te pedimos, Señor: danos una fe más profunda en tu presencia eucarística y has que esta fe fecunde la vida de muchos.
Llena nuestros días de amor por ti y de pasión por tu pueblo que es tu Cuerpo disperso en el mundo, que tu sangre preciosa pulse en las venas de la historia de la humanidad entera y crea que Tú eres el único salvador del mundo.
Meditemos un momento en silencio.
 
Canto de preparación para la bendición: En los cielos y en la tierra...