Hoy Sábado, 22 de noviembre de 2008 | 05:18

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Evangelio según San Mateo

 

Tema 1
Introducción

 La distinción entre el judaísmo y el cristianismo, que hoy parece un dato evidente, no lo era tanto en la primera mitad del siglo I d. C. El cristianismo nació dentro del judaísmo, y sólo al cabo de algún tiempo fueron apareciendo con claridad las diferentes perspectivas de ambos grupos religiosos. En este proceso de diferenciación los cristianos tuvieron que describir con trazos más precisos la figura de Jesús y aclarar cuál era la identidad y misión de la Iglesia cristiana. También necesitaban tener un punto de referencia claro en las enseñanzas de Jesús. Mateo intentó hacer todo esto, y compuso un evangelio, que por su carácter catequético y por haber integrado diversos puntos de vista que existían entre los mismos cristianos, fue el más leído y comentado en los primeros siglos de la Iglesia.

1. Mateo y su comunidad

La comunidad a la que se dirige el evangelio de Mateo vivía una compleja situación. Hacia fuera el problema más importante era el enfrentamiento con el judaísmo. Hacia dentro experimentaba la división y sufría las tensiones propias de una comunidad cristiana de la segunda generación, en la que comenzaban a aparecer la pereza, el abandono, el abuso de poder, la indiferencia, y otras actitudes similares.

El enfrentamiento de Jesús y sus discípulos con los líderes judíos, así como la distinción entre los judíos y sus sinagogas por un lado (Mt 4, 23; 9, 35), y por otro los discípulos y la Iglesia (Mt 23, 1-12; 16, 18), reflejan la situación que vivía esta comunidad cristiana hacia fuera. En efecto, después de la destrucción del templo de Jerusalén en el año 70 d. C. el Judaísmo se había reducido al grupo de los fariseos; éstos, por su parte, habían adoptado una postura intransigente con los demás grupos judíos, y muy especialmente con el grupo de los discípulos de Jesús. Por otro lado, cada vez eran más los cristianos que entendían la fe en Jesús como algo independiente del judaísmo. Estas tensiones provocaron la ruptura entre cristianos y judíos, y dieron lugar a una intensa polémica, que se refleja en este evangelio (véase Mt 23, 1-12; 21, 43).

La situación interna de la comunidad era también problemática. Habían pasado ya los primeros años en los que el entusiasmo era mayor; además, el retraso de la venida del Señor había abierto en la historia un espacio en el que los discípulos tenían que vivir según el ejemplo de Jesús, y la Iglesia tenían que organizarse. Al principio, la mayor parte de los que formaban esta comunidad eran de origen judío pero muy pronto los miembros que no procedían del judaísmo  legaron a construir el grupo más numerosos. En el seno de este grupo mixto había diversas posturas con respeto a la interpretación de la ley de Moisés (véase Mt 5, 17-48; 15, 1-20 y 23, l-7), y también sobre el alcance de la misión cristiana (véase Mt 10 5-6; 15, 24 y Mt 28, 18-20). Algunos centraban su atención en la observancia externa de los preceptos (Mt 15, 1-20) mientras que otros ponían todo su empeño en la alabanza desconectada de la vida (Mt 7, 21-23). Mateo abordó esta situación y buscó un punto de encuentro para todos, reuniendo en su evangelio diversas tradiciones y presentando a Pedro como el gran maestro que recibe una instrucción especial de Jesús (Mt l6, 16-19; 17 24-27) y puede, por tanto, servir de árbitro en caso de discusión.

Según una tradición muy antigua, el autor de este evangelio fue Mateo, uno de los doce discípulos de Jesús. Sin embargo, los datos del evangelio están más bien a favor de un autor cristiano de origen judío perteneciente a la segunda generación, que conocía el griego y que estaba familiarizado con el estudio del Antiguo Testamento.

La fecha de composición debe situarse entre el año 70 y el 110 d. C. En el año 70 tuvo lugar la destrucción de Jerusalén, a la que Mateo alude en diversos pasajes (Mt 21, 41; 22 7; 23, 37-38); y en el año 110 Ignacio de Antioquía cita ya en sus cartas textos de Mateo. La situación reflejada por este evangelio sugiere que fue compuesto entre los años 80 y 90 d. C.

En cuanto al lugar de composición, puede pensarse con mucha probabilidad en Antioquía de Siria. En esta ciudad se hablaba el griego y había una importante colonia judía. Allí se estableció una de las primeras comunidades cristianas (Hch 11, l9-30), en la que pronto se mezclaron judíos y paganos. Pedro desempeñó en ella un importante papel (Gal 2, 11-l4), lo mismo que en el evangelio de Mateo (Mt 15, 15; l6, 16-19; 17, 24-27).

2. El mensaje de Mateo

Mateo responde a la situación que vivía su comunidad mostrando que Jesús es el Mesías, explicando que la Iglesia ha heredado la misión de Israel, e invitando a los cristianos a vivir según las enseñanzas de Jesús.

Para aquellos cristianos, que vivían ana dura confrontación con el judaísmo, era muy importante mostrar que Jesús era el Mesías, es decir, el Hijo de David, en quien se habían cumplido las promesas del Antiguo Testamento. Sin embargo, Jesús no aparece como un Mesías glorioso, sino como el Hijo del hombre que tiene que padecer hasta morir completamente abandonado en una cruz. Sólo desde la figura del siervo sufriente (Is 42, 49, 50 y 53) podía entenderse la forma en que Jesús había encarnado su condición de Mesías. No obstante, para Mateo y su comunidad Jesús es algo más que el Mesías, Es ante todo el Hijo de Dios. Este es el título que resume y da sentido a todos los demás. Así es como lo identifica la voz del cielo en el bautismo (Mt 3, 17) y en la transfiguración (Mt 17, 5); así aparece desde su infancia (Mt 1, 18-25; 2 15); así lo reconocen sus discípulos (Mt 14, 33; Mt 16, 16), y también el oficial romano al pie de la cruz (Mt 27, 54). Cuando sus adversarios quieren poner en tela de juicio su identidad recurren a esta afirmación (Mt 4, 3.6; 27, 40.43). En este título se expresa su profunda vinculación y obediencia al Padre, cuya voluntad es norma de vida para Jesús (Mt 4, 11; 26 36-46).

La Iglesia es para Mateo el pueblo reunido por Jesús, la verdadera descendencia de Abrahán, que ha heredado la misión del antiguo Israel (Mt 21, 43). Jesús dirige su buena noticia en primer lugar a Israel (Mt 10, 6), para anunciarle que ha llegado el tiempo en que debe llevar la salvación a todas las naciones (Is 2, 2-5; 42, 1-4).

Inexplicablemente, Israel no escucha esta invitación y rechaza a Jesús (Mt 11-12; 21, 33-46). Como consecuencia de este rechazo, Jesús convoca un nuevo pueblo, el auténtico Israel, que dará los frutos a su tiempo (Mt 21, 43), y cuya misión consistirá en hacer llegar la buena noticia a todos los hombres (Mt 28, 16-2o).

Los que pertenecen a esta nueva comunidad deben poner en práctica la voluntad del Padre, expresada en las palabras de Jesús. Mateo ha reunido estas enseñanzas de Jesús en cinco grandes discursos (Mt 5-7; 10; 13; 18; 24-25), en los cuales los discípulos pueden encontrar orientaciones precisas para vivir como cristianos en el tiempo que va desde la primera venida de Jesús hasta su regreso al final de los tiempos. Precisamente la certeza de esta venida última de Jesús, en la que se manifestará toda su gloria (Mt 24, 29-31), es una motivación importante para que los discípulos se mantengan en tensión de espera.

3. Estilo y división literaria

El modo de escribir de Mateo es típicamente judío; de aquí la frecuente utilización de recursos literarios cultivados por los escritores de su época (paralelismos, inclusiones, disposiciones concéntricas, agrupaciones numéricas y temáticas, etc.). Su estilo narrativo se caracteriza por la brevedad y la claridad. Comparado, por ejemplo, con Marcos, se advierte que Mateo despoja a sus relatos de todo lo accesorio y marginal. Presenta a sus personajes sin muchos detalles, subrayando sus rasgos característicos; agrupa y ordena los relatos y enseñanzas, como en el caso de los famosos cinco discursos (véase Mt 5-7; 10; 13; 18 y 24-25). Otro rasgo característico de su estilo, que refleja también el ambiente judío de este evangelio, es la constante presencia de citas del Antiguo Testamento, citas que en Mateo son mucho más numerosas que en los demás evangelios.

Podemos dividir el evangelio en tres partes, cuyo contenido se anuncia en el versículo con el que comienza cada una de las tres partes (Mt 1, 1; 4,17; 16, 21):

I. PRESENTACIÓN DEL MESÍAS (Mt 11-4 l6)

II. INVITACIÓN A ISRAEL. ANUNCIO DEL REINO DE LOS CIELOS (Mt 4 17-16 20)

1. Anuncio del reino con obras y palabras (Mt 4 l7-11)

2. Rechazo de Jesús. El reino en controversia (Mt 11 2-16 20)

III. INVITACIÓN A LOS DISCÍPULOS. EL DESTINO SUFRIENTE DEL MESÍAS     (Mt l6 21-28 20)

1. Instrucción a los discípulos (Mt l6 21-20 34)

2. Rechazo de Jesús. Pasión y resurrección (Mt 21 1-28 20)

En la primera parte todo ocurre antes de que comience el ministerio público de Jesús. El hilo conductor es el tema de la filiación divina de Jesús (Mt 1, 20; 2, 15; 3, 17).

La segunda parte está centrada en el anuncio del reino. En la primera sección, tres sumarios (Mt 4, 23-25; 9, 35; 11, 1) dan la pauta de la actividad de Jesús, que consiste en anunciar (Mt 4, 17), enseñar (Mt 5-7) y sanar (Mt 8-9), rematada por el envío de los discípulos a difundir este mensaje (Mt 10). La segunda sección recoge las reacciones que este anuncio y la misma persona de Jesús suscitan, especialmente el rechazo por parte de las autoridades judías (Mt 11, 2-12, 50). Entonces Jesús abandona a los que lo rechazan y se dedica a instruir a sus discípulos (Mt 13, 1-52); al final (Mt 13, 53-16, 20), Jesús abandona definitivamente al Israel histórico y anuncia la convocación de un nuevo Israel, de la Iglesia.

La tercera parte tiene una estructura muy semejante a la segunda. Comienza con una instrucción detallada a los discípulos sobre el sentido de su pasión y las exigencias para ser discípulo (Mt l6, 21-20, 34). Sigue el rechazo de Jesús en Jerusalén (Mt 21-23) y la instrucción definitiva a los discípulos acerca de los acontecimientos del fin (Mt 23-25); y termina con el relato de la pasión-resurrección (Mt 26-28), expresión definitiva del rechazo de su pueblo y motivo para la convocación definitiva del nuevo Israel (Mt 28, 16-20).

Tema 2

Jesús  el cumplimiento de la promesa

La intención teológica capital de Mateo es demostrar que Jesús es el Mesías del AT. Es comparable al nuevo Moisés y al nuevo Israel; es el cumplimiento de la ley y los profetas. Los judíos deberían haberlo reconocido, pero no lo hicieron; la mesianidad de Jesús destaca sobre un fondo de incredulidad y hostilidad de los judíos. Jesús es el Hijo de Dios e Hijo de David.

Mateo cita al AT 41 veces, de las cuales 21 son comunes con Marcos y Lucas. 20 no aparecen ni en Marcos ni en Lucas, y 10 de éstas 20 no se encuentran en ningún otro libro del NT. De estos 41 textos, 37 son introducidos mediante alguna fórmula; la más común es: ‘para que se cumpliera’ (es el desarrollo de una realidad hasta alcanzar su plenitud prevista, no el cumplimiento de una predicción). En cierto sentido se puede decir que Mateo, con su obra, ha compuesto la historia de Jesús como historia del pueblo de Dios.

1. Mateo y el Antiguo Testamento

Instrumento privilegiado de la reflexión teológica para Mateo es el AT. De la genealogía de Jesús (1,2ss), hasta la perícopa conclusiva con el dicho sobre la autoridad, el encargo y la promesa (28,16ss), aparecen y hacen sentir su influencia en el evangelio, de continuo, modelos, motivos, ideas del AT. Particularmente significativas son las citaciones-reflexiones que alguno ha unido a  una ‘escuela de Mateo’ (K. Stendahl) y con las cuales se quiere decir que los eventos de la vida y actividad de Jesús encuentran en la Escritura una de sus prefiguraciones y en tal modo han sido preestablecidos.

En verdad, Mateo distingue sutilmente entre voluntad de salvación y acontecimientos negativos, volviendo a unir los eventos felices directamente a la voluntad de Dios e introduciendo las citaciones relativas en forma final (a fin de que se cumpliera), mientras está bien atento a introducir los acontecimientos trágicos (masacre de los niños en Belén, 2,17).

Para Mateo Isaías es el profeta mesiánico, Jeremías el profeta de la desventura. Con el auxilio de Is 42,1-4:

1) He aquí mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre él: dictará ley a las naciones. 2) No vociferará ni alzará el tono, y no hará oír en la calle su voz. 3) Caña quebrada no partirá, y mecha mortecina no apagará. Lealmente hará justicia; 4) no desmayará ni se quebrará hasta implantar en la tierra el derecho, y su instrucción atenderán las islas

Mt 12,18-21 pinta por decirlo así, un retrato de Cristo. Jeremías había predicho el asesinato de los niños y las circunstancias de la muerte de Judas. Además, el evangelista conoce tradiciones interpretativas judías, tanto que, por ejemplo, en 27,51b-53 retoma una historia de interpretación de Ez 37,1-14 que le interesa. Vuelve a entrar en este ámbito también en 5,43, donde el evangelista reformula el mandamiento del amor de los enemigos (no presente en el AT) con toda probabilidad citado en una confrontación con la mentalidad esénico-qumrámica.

2. El rechazo de Israel

Situación paradógica del evangelio de Mateo: es judío por los temas que toca, por la cultura que respira, por las expresiones y estilo. Pero a la vez, contiene la más dura crítica y polémica antijudía de todo el NT. Se trata de un evangelio abierto a los gentiles.

Las genealogías vinculan a Jesús con David y Abraham (1,1), a diferencia de Lucas que le pone en relación con todo el género humano (3,38).

Mateo tiene citas de cumplimiento que ponen de manifiesto el deseo de presentar a Jesús a la luz del AT., que es enviado al pueblo de Israel, pero al igual que sus padres rechazaron a los profetas y los mataron, así también este pueblo rechaza a Jesús y busca su muerte; sin embargo, este mismo hecho ya lo anunciaba el AT “Será contado entre los malhechores”, “varón acostumbrado al sufrimiento y al dolor”; Isaías lo proclama en los poemas del siervo doliente, en los capítulos 43, 49, 50, y de todo esto sale triunfante, capítulo 52.

En Mt 2,1-12 se vislumbra ya la actitud negativa de ‘todo Jerusalén’ (2,3) y de los responsables del judaísmo. En los caps. 11 y 12 hay una dura polémica de Jesús contra ‘esta generación malvada y adúltera (12,39.41.45) que se opone a Jesús.  Las tres parábolas de 21,28-22,14 han sido especialmente reelaboradas redaccionalmente  y hay un versículo central propio de Mateo: ‘se os quitará el Reino de Dios y será dado a un pueblo que dé sus frutos’ (21,43). Esta es la consecuencia del rechazo de Cristo. No se afirma la oposición judíos-gentiles, sino Israel-nuevo pueblo de Dios. Sin duda que Mateo está pensando en la Iglesia cristiana.

En la comparecencia de Jesús ante Pilato (27,15-26), éste se lava las manos y ‘todo el pueblo dijo: su sangre (caiga) sobre nosotros y sobre nuestros hijos’ (cf. Dt 19,10; Js 2,19; 2Sm 1,16).

Tema 3

Títulos de Jesús

El Cristo, el Hijo de Dios (16,16; cf. 14,33)

Es el título más importante de Jesús, pero también es el más íntimo misterio de su persona. Quizá está relacionado, para Mateo, con la concepción de Jesús de una virgen por la fuerza del Espíritu (1,20-22). La voz de Dios también habilita a Jesús como Hijo de Dios al comienzo de su misión: (17,5).

En la cruz también es tentado tres veces en su calidad de Hijo de Dios (Mt 27,40?). Jesús es Hijo de Dios en la aceptación de la cruz como consecuencia de su fidelidad al proyecto del Padre donde se manifiesta su filiación divina. Estas tres tentaciones del final dicen una clara relación a las tres del inicio (4,1-11). Allí también Jesús, recién proclamado Hijo de Dios en el bautismo, es tentado por el diablo para que use esta filiación en una demostración de poder en beneficio propio. En Mateo, al igual que en Marcos, un grupo de paganos ven todos los fenómenos cósmicos subsiguientes a la muerte de Jesús como una manifestación de la filiación divina de Jesús: ‘verdaderamente este hombre era Hijo de Dios’ (27,40-54).

En 28,16-20 se proclama a Jesús como Hijo de Dios. Otro dato literario corrobora la importancia de la presentación mateana de Jesús como Hijo de Dios: es el evangelio que con más frecuencia habla de Dios como Padre y sobre todo, en el que más veces Jesús habla de ‘mi Padre’, como dando a entender su relación única con Dios. Consecuentemente los discípulos, que se definen por su relación con Jesús, son también hijos de Dios: ?(5,9), hijos del Padre: (5,45) y Dios es su Padre (6,1.4.6.8.9.14.15.18.26.32; 10,20.29). Mateo subraya la obediencia de Jesús a la voluntad del Padre (6,10; 26,39.42). En la narración de la pasión, Mateo subraya especialmente que el destino de Jesús es la entrega libre al Padre (26,1-2.50-54).

Mateo usa con discreción la fórmula de fe ‘Jesucristo’. Ella expresa por su naturaleza, la confesión judeocristiana en Jesús como el Cristo. Según la presentación de Mateo, Simón Pedro pronuncia la confesión de fe adecuada: (Mt 16,16). Sobre este argumento, Jesús le responde afirmativamente al sumo sacerdote Caifás durante el interrogatorio:? (26,63-64). En la escena del proceso ante Pilato, el gobernador pide al pueblo qué cosa debe hacer de Jesús el Cristo (27,17.22) y pone al pueblo en confrontación con el Salvador destinado a tal proceso.

El Nuevo Moisés

En algunos pasajes Mateo designa la imagen de Jesús en términos tipológicos sobre el modelo de Moisés. Así, la historia de la amenaza del niño hecha por el rey Herodes y su admirable salvación por obra de Dios tiene su modelo referido al niño Moisés, que es atestiguada también por el historiógrafo hebreo F. Josefo (Antiquitates Iudaicae 2,205ss). A la par de Moisés, también Jesús sube al monte y desciende de él para comunicar a su pueblo la enseñanza divina (5,1; cf. Ex 19,3; 24,15).

Mesías e Hijo de David

Entre los pasajes en que se encuentra el nexo de Cristo con su pueblo y la espera de éste, es clara. En  Mt 1,1 se introduce una genealogía, que comprueba la proveniencia de Jesús de Abraham, el patriarca, y de David, el rey. En 2,1 se abre el relato del nacimiento, que tiene como presupuesto el nacimiento de Jesús en Belén, la ciudad de David (2,6). La aclamación ‘hijo de David’ aparece como título en aclamaciones e imploraciones, no solamente sobre la boca de los judíos (9,27; 15,22; 20,30s; 21,9.15), sino también sobre los labios de la cananea pagana, conectado con el apelativo Kyrie  (Señor), (15,22). De ese modo entra en escena otro apelativo cristológico que Mateo utiliza de manera adecuada.

Mateo es el texto del NT que más utiliza la expresión Hijo de David. Es el título usado por la gente que le aclama (21,9.15) mientras las autoridades lo rechazan (21,15-16); también lo usa la muchedumbre que reacciona de forma positiva ante el poder de Jesús con confianza en su poder, implorando su misericordia y considerándole al mismo tiempo como Señor (9,27-28; 15,22.25; 20,30-33). El título Hijo de David confirma el carácter judeocristiano de Mateo, pero también es muy ambiguo. Mateo quiere evitar interpretaciones triunfalistas y meramente humanas de estos títulos. Jesús es más que Hijo de David, es Hijo de Dios, así se insinúa en 22,41-45.

El Mesías

El término ‘Mesías’ se repite varias veces al principio del evangelio (1,16.17.18). Mateo quiere presentar a Jesús como el Mesías enviado a Israel y como el cumplimiento de las promesas. Sin embargo, este título aparece poco en el resto de la obra (11,2-3; 16,16; 26,63). En Mateo esta designación es ambigua, pues la introduce para cuestionar la mera filiación davídica (cf. 22,41-45). Mateo previene también contra los impostores que se arrogan esta función (24,5.23).

Señor

Jesús es invocado como Señor por distintos personajes que se dirigen a él. Señor, es Jesús para todos aquellos que lo escuchan, se vuelven a él con confianza, para sus discípulos y para los destinatarios de sus milagros de salvación. El hecho de que estos se vuelvan a él llamándolo Kyrie es más que una simple forma de cortesía. Es ya un reflejo del grito de oración dirigido al Glorificado (cerca de 30 veces). Los lejanos se vuelven a él con ‘maestro’ (6 veces). El apelativo ‘rabbí’ queda reservado sólo a Judas (26,22.25).

Es una expresión en vocativo, siempre en contexto de respeto, de solicitud de ayuda y de fe. Nunca está en boca de los adversarios ni como designación narrativa en tercera persona. Jesús es interpelado como Señor por los discípulos (8,21.25; 26,22) y por Pedro (14,28.30; 16,22; 17,4); por quienes recurren a él con confianza de que puede curarles (9,28; 20,30.31; 8,2.6.8; 15,22.25.27). La designación con el título ‘señor’ podría ser una mera designación honorífica de un maestro o de una persona relevante. Pero su aplicación a Jesús en Mateo indica mucho más: es una invocación a Jesús resucitado, Señor presente y actuante con poder en la Iglesia y que un día se manifestará glorioso como Juez definitivo.

 

Jesús es el Emmanuel: ‘Dios con Nosotros’

Es éste un nombre particular dado a Jesús solamente en el evangelio de Mateo. Este término ha sido tomado del libro del profeta Isaías (7,14): “Pues bien, el Señor mismo va a daros una señal: He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel”.

La promesa de que Jesús está con los suyos (comunidad / discípulos) es tarea permanente y promesa destinada a tener eficacia en el futuro. Tal promesa está determinada por la idea veterotestamentaria de pueblo de Dios, ya que también Yahvé quería estar con Israel. Es claro que la inclusión literaria que engloba todo el evangelio (1,23-28,20) está cargada de importancia teológica. Para Mateo, en Jesús se realiza la presencia de Dios en medio de su pueblo y, consecuentemente, este nuevo pueblo de Dios se caracteriza por su relación con Jesús. Jesús, que por su nacimiento humano era ‘Dios con nosotros’, continúa desempeñando este papel más allá de su vida terrestre. Para Mateo no hay diferencia entre el tiempo de Jesús y el tiempo de la Iglesia, como lo hace Lucas.

El Hijo del Hombre

En los sinópticos  (Evangelios con pasajes similares: Mt, Mc, Lc), hay tres clases de dichos sobre el Hijo del Hombre:

- los que se refieren al ministerio de Jesús (Mt 8,20),

- los que dicen relación a su pasión y muerte (17,22; 20,18; 26,2) y

- los que hablan de la parusía del Hijo del Hombre.

Todos estos dichos siempre se encuentran en boca de Jesús y como una autodesignación. Es peculiar de Mateo hablar de ‘el Reino del Hijo del Hombre’ (13,41; 16,28; 25,31-34). Este título conserva la idea del Hijo del hombre sufriente y resucitado (8,20; 9,6; 11,19; 17,22); pero también elabora ulteriormente la idea del Hijo del hombre-juez que vendrá. Mateo utiliza el dicho sobre el Hijo del hombre para dar expresión completa a la importancia universal de Jesús.

Lo más característico de Mateo son sus dichos del Hijo del Hombre futuro como juez. En la mayoría de los casos es indudable la referencia a Dn 7,13-14: Yo seguía contemplando en las visiones de la noche: Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre. Se dirigió hacia el Anciano y fue llevado a su presencia.14 A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás no sólo en el título, sino en la presencia de otros elementos (nubes, cielos, venir, gloria, reino, juicio: 19,28; 13,41; 25,31-33). El Hijo del Hombre recibe la soberanía de parte de Dios o ocupa el trono de Dios para juzgar.

Tema 4

Jesús y la Iglesia

A Mateo se le ha considerado el evangelio eclesial por antonomasia debido a dos razones fundamentales:

a) Es el único evangelio en que aparece la palabra ekklesia, dos veces referida a la comunidad o iglesia local: (18,17) y una referida a todo el pueblo nuevo del Mesías Jesús: (16,18). En el relato se explica el surgimiento de la Iglesia y su vida más que en los otros evangelios.

b) La obra entera transparenta la vida de la Iglesia. En Mateo se descubren los conflictos de la comunidad. Siempre está presente el interés por la actualización eclesial de lo que Jesús dijo e hizo.

El nuevo pueblo de Dios

El nuevo pueblo de Dios se proclama solemnemente en 28,16-20. Este nuevo pueblo de  Dios se basa en la aceptación de Jesús. Es un pueblo abierto a todas las gentes, pero que no excluye a los judíos. Este universalismo se proclama continuamente a lo largo del evangelio: en los magos (2,1-12) se anuncia la apertura a los paganos y la aceptación de éstos; en 8,10-12 se contrapone la suerte de los hijos del reino con la de los paganos. En el capítulo 10 se prevé una misión en ambientes judíos (10,17.23), pero también paganos (10,18). En 24,14 se cuenta con el anuncio del evangelio en el mundo entero.  Al final del evangelio oímos hablar de la directiva del Resucitado a los Once, de hacer discípulos a todas las gentes: (28,19). La expresión ‘todos los pueblos’, utilizada cuatro veces por Mateo en el contexto del juicio y de la misión, no soporta alguna limitación, y menos que se excluya a Israel (24,9.14; 25; 32; 28,19).

No ha sido Dios el que rechaza a su pueblo; ha sido más bien el rechazo del Mesías por parte del pueblo. Instructiva en este contexto es la reelaboración mateana de las parábolas. Mateo, por ejemplo, en la parábola de los malos viñadores ve indicado en último análisis el nuevo pueblo de Dios: (21,43). Aún más profunda es la reelaboración de la parábola de las bodas reales, en que Mateo inserta no solamente la misión a los paganos, sino también la destrucción de la ciudad de Jerusalén en el 70 d.C. (22,1-14). Tal consecuencia consiste en el fin de la historia de Israel en cuanto pueblo de Dios elegido.

La Iglesia está destinada a ser el nuevo pueblo de Dios que lleva los frutos del reino de Dios (21,43).  En el encargo final de Cristo glorificado se hace clara la voluntad de hacer nacer la comunidad. El mandato de hacer discípulos  en lugar de ‘anunciar’, tiene que ver con ello. El encargo está concretizado con la referencia al bautismo, a través del cual los hombres son acogidos en la Iglesia, y a la enseñanza, a través del cual ellos son confortados en esta Iglesia. Merece atención la fórmula trinitaria del bautismo (28,19s).

Mateo afirma no sólo la ruptura, sino también la continuidad de la Iglesia con Israel. Ekklesía término acuñado probablemente en el judeocristianismo helenista, traducción del arameo qahal, que designaba a la asamblea religiosa del pueblo de Israel. Más precisamente, Jesús, en 16,18 habla de su iglesia, que no significa otra cosa que la iglesia de Cristo ?: Rm 16,16). En esta iglesia se encuentran reunidos todos aquellos que creen en Jesús, el Cristo y el Hijo de Dios. La Iglesia de Jesús está formada por todos los que aceptan a Jesús, y esta es su principal característica. Esto, debido al rechazo que Israel ha realizado de Jesús.

Fundamento cristológico de la Iglesia de Mateo

La comunidad de Jesús es su Iglesia (16,18), en la que él permanece para  siempre y que debe continuar su misión para todas las gentes. Subrayamos tres características:

a) Para Mateo, Jesús está siempre presente en medio e su comunidad. Esta es la fundamentación cristológica de la vida y del ser de la Iglesia.

b) Mateo establece una continuidad muy estricta entre Jesús y la comunidad. En el envío de los discípulos (cap. 10) subraya con mucho detalle la continuidad de los discípulos con el mensaje, las obras, los comportamientos y hasta con los conflictos de Jesús. En 11,2-6, las obras de Jesús y las de sus discípulos son presentadas formando una unidad.

c) La Iglesia es una fraternidad que cuenta siempre con la presencia del Señor. Los que cumplen la voluntad de su Padre celestial forman la nueva familia de Jesús (12,46-50). Entre los discípulos deben abolirse todas las desigualdades, así como los signos exteriores de rango y de poder. Los miembros de la Iglesia son hermanos.

Los discípulos cimiento de la Iglesia de Jesús

El concepto ‘discípulos’ se repite mucho en el evangelio de Mateo y es característico de su teología; en cambio, la palabra ‘apóstol’ sólo aparece una vez (10,2).

Los discípulos son las personas que se vinculan de manera especial con el Jesús terrestre. Ser discípulo es un concepto transparente para dar a entender lo que significa ser cristiano.

Mateo indica que los discípulos ‘entienden’. Esta inteligencia o comprensión se refiere a la enseñanza de Jesús y es un presupuesto de e la fe. La comprensión y la fe son dos aspectos complementarios e inseparables del discípulo según Mateo.

Mateo tipifica a los discípulos, en quienes ve a los cristianos de todos los tiempos. Pero no los idealiza, sino que conoce sus luces y sombras. Más bien mejora la imagen tan negativa que de ellos transmite Marcos, sobre todo, eliminando de ellos la ininteligencia o incomprensión.

A los discípulos de Jesús les afecta la ‘poca fe’, que es un término propio de Mateo. Los discípulos son creyentes, tienen fe, pero ésta se encuentra siempre amenazada. Ante las preocupaciones y dificultades de la vida, titubean y piensan que el Señor les ha abandonado, se hunden, son incapaces de obrar cristianamente, pierden la calma.

Se refleja la situación de una comunidad cristiana. El problema no es como acceder a la fe, sino cómo permanecer fieles. No está en juego el aspecto misionero de la fe, sino el catequético.

La figura de Pedro

Pedro es el personaje más importante entre los discípulos. No se puede prescindir del hecho que -junto con el hermano Andrés- él es el primer llamado (4,18-19; 10,2). A veces Pedro es portavoz de los discípulos; es el que pregunta y el que recibe las respuesta de Jesús. Pide en modo particular instrucciones de carácter halaquico, relativas a las normas de vida cristiana (cf. 15,15; 17,24ss; 18,21; 19,27ss). En Mateo, Pedro es el prototipo de los discípulos. Este papel es muy claro en 14,28-33. En los textos en que hace de portavoz suele ser clave su función de prototipo de los discípulos, porque o la pregunta de Jesús o la respuesta afecta todos ellos.

Pedro es el fundamento de la Iglesia de Jesús: (16,20), es el primero que reconoce al Señor y va a él: (14,28). En Pedro Mateo pretende dar cohesión, fundamentación y permanencia a la iglesia. Ser iglesia de Cristo quiere decir, según Mateo, sobre todo estar orientado a su palabra.

Pedro también tiene defectos y los acentúa: por ejemplo, su incomprensión del camino de la cruz: ??23   (16,22-23); en las negaciones de la pasión, Mateo dice que Pedro negó delante de todos: (26,70); es acusado de poca fe: ?(14,31), de servir de escándalo: ?(16,23). Los pecados de Pedro son típicos de los que acechan a los cristianos según Mateo.

 

Tema 5

Jesús y el Reino

Sobre este concepto Mateo desarrolla una concepción muy propia. Sobre todo sorprende el hecho que él prefiera hablar de reino de los cielos. Se presume que tal solución era ya usada en ambiente judeocristiano. Junto a ellos, Mateo no renuncia completamente a la expresión ‘reino de Dios’ (aún en 12,28; 19,24; 21,31.43). Por tanto, el cambio no puede ser debido a la intención de evitar pronunciar el nombre de Dios. Más bien, la locución ‘reino de los cielos’ pareció adecuada a hacer surgir con claridad la globalidad de la salvación aquí anunciada. El mensaje de Jesús es el evangelio del reino (4,23; 9,35; 24,14).

Los discursos están orientados a la vida futura ?y en este sentido son escatológicos. Esto resulta con claridad en el discurso del monte con las bienaventuranzas, en la cuales se elencan las condiciones necesarias para entrar al reino, y con el final la parábola del río en pleno, mientras en el centro del discurso está el Padre nuestro con la petición ‘venga el reino’ (5,3-12; 7,24-27; 66,10).

Como hemos visto, Mateo introduce la idea del ‘reino del Hijo del hombre’ en el evangelio.

Tal idea tiene origen en la apocalíptica y ya ha sido modelada en Dn 7,14, donde la basiléia (Gloria, Reino y Poder) del Hijo del hombre es ya exaltada como una basiléia destinada a no terminar jamás. Dado que Mateo, utilizando el título de Hijo del hombre, había ya acentuado la idea de la universalidad, el reino del Hijo del hombre no puede más que ser, en manera del todo correspondiente, el mundo entero (13,41). El Glorificado con su señorío está en función de tal basiléia, si bien ese reino esté escondido en el tiempo presente. En él cohabitan el bien y el mal. Esta basiléia no puede ser identificado con la Iglesia, a pesar de que el término ha contribuido a juntar las dos entidades.

El reino del Hijo del hombre hará su aparición en la parusía, de manera definitiva y ante todo el mundo (16,28; 20,21). La reunión de todos los pueblos ante el trono del Hijo del hombre, que en este contexto se dice también rey (25,31s.34.40) ilustra la revelación de su soberanía real.

El reino de los cielos en Mateo sufre una interpretación amplia en cuanto la historia de Israel, a partir de su elección y de la actividad de los profetas se engloba en él. Este aspecto se ilustra en parábolas que el evangelista reformula con retoques de carácter alegórico, haciéndolas otros tantos compendios de la historia de la salvación de Dios con su pueblo y que él pone explícitamente en relación con la basiléia, o haciéndolas preceder de una fórmula introductiva, como en la parábola del banquete nupcial del rey:? (22,1).

 La dimensión escatológica se conserva, en cuanto al pueblo elegido ha sido destinado en primera línea a la basiléia definitiva que Jesús ha venido a anunciar. En el plano salvífico de Dios, la basiléia es tan central y determinante, que de ella se puede decir  que ha sido preparada por el Padre desde la creación del mundo (25,34).               

Teología de la historia

Para Mateo, Juan Bautista, Jesús y los enviados postpascuales pertenecen a la misma época de la historia de la salvación: todos predican el reino de los cielos (3,2; 4,17; 10,7), y todos encuentran el mismo rechazo en Israel. A diferencia de Lucas, Mateo no distingue entre el tiempo de Jesús y el tiempo de la Iglesia, porque el Jesús exaltado, que se identifica expresamente con el terrestre, mantiene siempre la misma presencia entre los suyos  (28,20 y 1,23).

Esto significa que Mateo presenta a un Jesús que ha venido para quedarse; la figura de un Dios que se encuentra con su criatura y no la dejará jamás: es la promesa que el Creador hace a los primeros hombres, descubriendo aquí el cumplimiento de toda promesa, incluida la no separación y abandono.

“Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”, es el final del Evangelio, son palabras que invitan a regresar al principio del evangelio para escuchar de nuevo sus enseñanzas y contemplar sus signos, como enseñanzas y signos del resucitado. Son también una exhortación a comunicar a otros la buena noticia desde la certeza de que el resucitado sigue presente en medio de su Iglesia.

 

 

Parusía

Para los Judíos, cumplir la ley era la puerta de salvación, sin embargo, Jesús, al instaurar su Reino pide una transformación del corazón, que no sea un mero cumplimiento de la ley, pues esta los justifica ante la autoridad de la tierra, pero no así para la entrada del Reino, que no es terrenal, auque ciertamente se inicia en el aquí y en el ahora.

Jesús pide  un cumplimiento de la Ley que salga del corazón y no sea meramente externo (5,27-30); en este sentido la radicaliza. El hombre tiene que dirigir a Dios los frutos de su actuar, pero también lo más  intimo y lo más profundo de su ser. Jesús mantiene una actitud crítica respecto a preceptos aislados de la misma Ley escrita (5,31-32.38-42). Sobre todo, Jesús concentra toda la Ley en el amor, que culminan con el amor a los enemigos y la no violencia (5,38-48), que son la expresión mayor del amor desinteresado y gratuito.  La actitud de Jesús ante la Ley procede de su misericordia ante los hombres que sufren (9,36-38 y 11,28-30; 9,13; 12,7).

Mateo es el único que usa la expresión ‘parusía’ para hablar de la venida del Hijo del Hombre (24,3.27.37.39). Presenta a Jesús como el Hijo del Hombre futuro que vendrá en función de juez universal y glorioso, que dará a cada uno según sus obras. Es también quien más subraya el juicio futuro de los hombres. Los cinco discursos terminan con una evocación del juicio más o menos clara. Sobre todo, la mayor parte del último discurso trata sobre el juicio, la parusía, la venida inesperada del Señor y el comportamiento que todo esto exige (cf. particularmente 24,37-25,36). Habla del juicio fundamentalmente no para consolar a los buenos, sino para exhortar a la conversión y a dar buenos frutos. Es decir, el énfasis escatológico está vinculado en dos temas mateanos que ya conocemos: la preocupación moral y el interés por poner la vida cristiana y a la Iglesia misma bajo la instancia crítica del juicio futuro de Dios, evitando toda falsa seguridad.